martes, 23 de octubre de 2012

GASTÓN


GASTON



El séptimo personaje se embarca, mejor dicho, se abalanza sobre el Maribeltz, dando fin a una increíble huida por un reino y parte de otro, salvando su vida en el último momento posible tras de colocar una buena cornamenta a todo un rey y dejando tras de sí una reina bien satisfecha.








Largaba amarras el Maribeltz de un puerto fronterizo. Habían pasado unas jornadas en las que trapichearon un escaso botín que les supuso una ganancia menuda.
El ánimo de la tripulación estaba encrespado y salían del muelle malencarados con todos los que contemplaban la maniobra, en las dársenas pronto se sabía todo y el mal negociado de aquel barco provocaba risas y chuscadas de los que los contemplaban para escarnio de los piratas.
En esas estaban cuando algo arrolló al grupo que los contemplaba provocando que varios mirones cayesen al agua y por el despejado una figura humana saltó a la cubierta, para al caer sobre ella, quebrarse varias tablas desapareciendo el precipitado hacia la bodega. A los pocos instantes del alboroto, aparecieron en el hueco desatrancado por el autor del guirigay, unos uniformados armados echando espumarajos furibundos por sus bocas. Con amenazas conminaron a los tripulantes del bergantín pirata a que cesasen sus maniobras de desatraque y sacasen al fugado de ellos de la bodega. Con la peripecia, a relámpago se formó una algarabía en la que los que antes se reían en el malecón de los piratas, tomaron parte de los guardias perseguidores y entre todos arrojaron improperios mientras mostraban sus puños y uñas, exigiendo que raudo volviesen a arribar de nuevo el bajel al murallón.
Sin entender nada de lo que decían, ni comprender lo sucedido, ya que nadie había visto con claridad, el visto y no visto vuelo del evaporado, hartos de aquel puerto y encorajados por las amenazas, sin orden alguna y al unísono, mostraron todos en respuesta los brillos de sus armas retando a los de tierra a que tornasen sus advertencias en hechos y descubriesen los filos de sus sables y el humo de sus pistones.
Ante tal situación en la que ya las palabras sobraban, aquella mañana que había comenzado despejada, brillantes cielos y aguas, se tornó en un instante de matutina a vespertina por el humo de los disparos que acompañados de gritos de los contendientes, acallaron súbito los habituales murmullos del agua e hicieron perder del culo plumas al huir despavoridos, los muchos pájaros que un instante antes competían henchidos, signando en el pentagrama del cielo sus estupendas melodías.
Pero el Maribeltz ya embocada la bocana de aquel maldito puerto y con la ayuda a remo de los dos botes que tiraban de su proa, pronto alcanzó la mar abierta para largar sus velas, mientras morían cerca de ellos los últimos plomos.
Por tal hecho confuso,  cambiaron el mal gesto que poco antes arrugaba sus caras por el pésimo negociado y el acribillado verbo de los mirones, por el júbilo de la huida que dejó tras ellos un rastro de juramentos tiznados.
Nadie sabía el comienzo de aquel sucedido, todo había transcurrido muy rápido, unos y otros se preguntaban el porqué de aquella rápida contienda y escape. Al favor ya de una generosa brisa por la que el Maribeltz marineaba alegre, coronando y descendiendo una tras otra las olas que iba encontrando en el derrotero prescrito por Trumoia, se reunieron en cubierta y para sorpresa general, nadie sabía más que la turba de un momento a otro pasaron de mofarse de ellos, a amenazarlos al par de unos aparecidos guardias armados. Requemados ya por la escasa renta por sus mercancías obtenida y las guasas padecidas mientras desatracaban, una chispa lo incendió todo y allí se encontraban preguntándose la razón de lo acontecido…y en eso, Gastón apareció por entre la tablazón.
Gastón era un rústico de tierra adentro que no sólo nunca había pisado un barco, sino que ni siquiera conocía el aspecto de la mar, que al incorporarse ya en la cubierta inundó sus ojos.
¡OH, OH, OH…! exclamaba y como si no estuviesen allí más que el océano y él se acercó extasiado a la borda sin dejar de renovar la “OH” profunda.
El personal callaba sin saber ni que decir ni que pensar, entre ellos se miraban y de seguido al aparecido contemplaban estupefactos, hasta que atronó Trumoia para respingo general: ¿QUE DIANTRES DE DIA AMANECIO HOY?, ¿TIENE NOMBRE EN EL CALENDARIO? ¿Y TU QUIEN ERES Y AQUÍ QUE HACES?
Del bote general que se causó por sus palabras bramadas, todos agrupados que estaban produjeron que casi las tablas cediesen de nuevo y ante el nuevo estruendo despertó de su ensimismamiento Gastón.
Ante la ira de Trumoia que ante él se había situado a un aliento, Gastón exclamó su último OH, menos sonoro ahora. Ordenó el jefe pirata sentarse en la borda al polizón y le conminó a que diese explicaciones convincentes o iría directo a las aguas de la “OH”
Considerando la trascendencia del momento y haciendo un esfuerzo se calmó lo suficiente para contar su historia.  
Empezó culpando de todas sus desgracias a su mano izquierda. Contó como ella por alguna razón para el desconocida, desde pimpollo le había proporcionado momentos unas de las veces de placeres y otras de quebrantos. Contó como en ciertas ocasiones tal mano casi hervía por súbitos calores y como si en los entretantos cualquier piel de persona, no importaba el sexo, entraba en contacto directo con la palma de ella, al poco si no la apartaba, producía un estado de excitación desmesurado en el mismo y en la persona tocada. Ya desde niño padecía o disfrutaba de este estado y pronto viendo tal rareza empezó a usar un guante para con ella, obligado por su propia madre ante las amenazas de la legión de cornudos y cornudas que floreció en su aldea.
Además Gastón desarrolló un arte amatorio muy extenso, teniendo tan cómodas las lecciones, y para rematar la faena poseía un notorio paquete en entrepiernas que pronto fue objeto de veneración y asombro para mujeres y hombres. Gastón era generoso y le daba a todo.
Además Gastón se convirtió en excelente herrero, comprendía los metales como nadie y trabajaba con excelencia todo tipo de herrajes, herramientas o armas, lo que le condujo a tal fama que le abrió las puertas al palacio que ordenaba en las gentes de aquella comarca y que para su futura desgracia, acomodaba en algunos estíos a la propia corte del reino.
Todo iba bien con la protección de aquel guante izquierdo que evitaba, a antojo de Gastón, las ocasiones propicias para evitar los problemas de sus calores, o hacer de sus caprichos algo fácil cuando sentía calor en su siniestra.
Hasta que un día…
Apareció la realeza a pasar un cálido verano en el castillo donde ya trabajaba Gastón como herrero principal. Era la primera vez que la corte se dirigía a veranear estando el en el castillo y así al son de trompetas y timbales se presentó la realeza entera en la fortaleza, todos menos el Rey que guerreaba en otros lares.
Todo fue muy rápido. Durante el viaje el cinturón de castidad de la soberana produjo molestias por un inoportuno fleje que se desprendió de su lugar y así hería la entrepierna de aquella casta emperatriz, que voluntariamente se había hecho  colocar tal herraje, temerosa de las posibles acciones del diablo o de una improbable razzia de los batallados por su monarca. Era famosa por su rectitud y sobre todo por su rechazo al pecado. Pero el largo viaje había producido un gran incomodo en la purísima regenta y no pudiendo la servidumbre solucionar la avería de aquella cincha, exigieron la presencia urgente del mejor herrero. Buscaron y encontraron a Gastón como no, en un lecho con dos féminas que con su gran lanza se disponía a la batalla, ante las caras de estupor y rojas de deseo de aquellas ávidas doncellas. Su mano izquierda lucía un radiante encarnado y sobre ella, por su ardor casi se podría calentar una cazuela.
Bruscamente interrumpieron sus quehaceres, llevándole raudo en presencia de la regenta. Con las prisas y la sorpresa, olvidó el guante protector en el lecho y de repente se encontró ante la imposible tarea de manipular aquel artilugio  protector de castidades. Para más inri, no queriendo que aquel lugareño contemplase su sexo, obligó a el pobre Gastón a trabajar con los ojos vendados, los dos solos a resguardo de cualquier mirada. Y sucedió lo inevitable, al comenzar a tantear Gastón el chisme de hierro, fue inevitable que también el calor de su revoltosa mano izquierda tantease el otro chisme oculto y al poco se empezaron a escuchar los bufidos de deseo de aquella reina fidelísima a su ausente rey, ante los incrédulos oídos al otro lado de la estancia. Ante el primer amago de rescate hacia la de sopetón apasionada mujer, prohibió ella volver a rozar siquiera la entrada. Se sumó el desmesurado deseo de la regente, a la naturaleza voluptuosa de Gastón, y hasta en el último recoveco del castillo, en breve se escucharon los clamores que salían de aquel aposento, ya resuelto el problema del virtuoso cinturón gracias a las hábiles manos del herrero.
¿Había algo que pudiese empeorar los hechos? claro, siempre pueden empeorar las cosas. Por el camino hacia el castillo una larga columna de enseñas y pendones reales que dejaban un rastro de polvo por el galope de corceles, anunció al toque de trompetas la presencia del bravo rey que volvía de la batalla ganada, henchido de gloria con el grueso de sus tropas y los cabecillas vencidos, con intención de sorprender a su amada reina.
Sorpresa si que hubo pero no únicamente una sino que fue un par. Una grande y otra mayor.
Los aullidos de Gastón y sobre todo de la despendolada reina, se elevaban por encima de cualquier sonido incluido el de las trompetas vencedoras. La gran lanza de Gastón seguía en apogeo ensartando una y otra vez a la hambrienta regenta. El total de la población callaba, las trompetas ya no sonaban, los últimos alaridos de aquella mujer eran impropios de un ser humano…y así en ese tono se los encontró el triunfante rey vuelto por sorpresa a ella.
Tras la figura del rey por la puerta abierta asomó un erizo de lanzas y espadas y Gastón comprendió que aquel no era el mejor de los lugares para su descanso y que era poco probable que el cornudo del rey, atendiese explicación alguna.
Así que saltó al foso de agua bajo la almena y comenzó una larga huida que le hizo atravesar un reino y parte de otro hasta de un salto llegar a un puerto en el que partía hacia mejores lugares un bergantín pirata de nombre Maribeltz.
Las peripecias de tal fuga no las contaremos, por lo menos ahora, porque entintarían muchas cuartillas, pero baste decir que provocó una guerra entre dos reinos, al cruzar persiguiendo a Gastón fuerzas del rey engañado del suyo al vecino y que los cantares que de la reina se hicieron fueron ovacionados en todo el mundo conocido.
Pero no solo eso, no. Como antes aquí se mentaba, las cosas siempre pueden empeorar…
Después de relatar a fondo Gastón sus peripecias, en lo que empleó toda aquella mañana, la tarde y noche la entera y que evitó su desborde del navío, al amanecer una espesa niebla, como una manta principió a cubrir las aguas que tanto habían impresionado al ya nuevo tripulante del Maribeltz, Gastón.
A favor del empuje de una constante brisa, el bajel pirata se deslizaba sin esfuerzo sobre las aguas con el rumbo trazado y el mayor de la tripulación dormida, soñando más de uno con los acaecimientos de Gastón.
El vigía, cambió su ojo bueno por el otro tarado para dar uso al catalejo y echar un vistazo, supuesto por la niebla imposible. (En otro capítulo se narrará la increíble habilidad y su porqué de tal centinela, para ser capaz de advertir a través de tormentas y nieblas, los contornos con sus sujetos que pudieran alterar el buen navegar de la nave). Llegado el circular de su ojeada a la dirección que marcaba popa y estela, cesó el movimiento radial y se concentró en tres puntos no muy lejanos que sólo él era capaz de vislumbrar. Arrugó el entrecejo, cogió aire y seguro de sus palabras y de lo que contemplaba su ojo tapado lanzó un grito potente y conciso: ¡¡¡Tres aparejos de barcos de guerra a popa!!!
 

sábado, 29 de septiembre de 2012

ANATAHI


ANATAHI


El sexto personaje de nombre Anatahi,  se enrola en la tripulación del Maribeltz, para emprender un largo viaje de ida y vuelta. Surcarán los mares en el airoso bergantín, en busca de un libro que tiene abrazado entre sus tapas, como no… un tesoro. Pero no será éste de oros ni platas, sino de letras. Letras que su madre, Marama, creía que por estar en papel, eran presas.
Una canción, sobre las ballenas que cuando arponeadas de muerte escapaban entre las luces negras de las noches en agonía, demostró que las letras no padecen por estar en papel estampadas y que en los libros, se sienten acomodadas.










En los sueños de Anatahi una nube solitaria se le presentaba a menudo. El saltaba sobre ella buscando transporte en su mullido lomo, pero una y otra vez caía al agua mientras la veía alejarse hacia destinos inciertos produciéndole desasosiego verla como sin él, de él, se alejaba.
Su madre Marama, al escucharle tales ilusiones le explicó como su padre Sándor “El Magiar” fue un viajero inquieto y que en el de seguro heredado, también estaba contenido, el deseo errante del vagamundos, siempre insatisfecho.
Anatahi suspiraba pensando en aquella pequeña nube que una y otra vez se le aparecía en sus dormidas, para después negarle a viajarlo montado en ella.
Las islas se le hacían pequeñas y la mar tan inmensa le seducía como el canto de una sirena, invitándole tanto con el arrullo de la mar calma, como con el estruendo de sus olas y vientos enfurecidos.
Un atardecer, un Maribeltz en apuros huido de una tormenta azotado y herido, divisó la isla donde Anatahi y sus gentes habitaban y hacia ella aproaron buscando su abrigo.
Fondearon en una cala y con tantas dudas como necesidades botaron un bote y en ella varios de sus tripulantes bogaron hacia la orilla prestas armas y sentidos, conocedores de la belicosidad de los maoríes que habitaban aquellas islas.
Mientras se acercaban a la raya blanca de la orilla, los temibles guerreros tatuados ya les esperaban entre las sombras, ocultos y armados. El único deseo de encontrarse con aquellas gentes de pálido rostro, era el guerrear con ellos para desproveerlos de aperos, vidas e incluso de sus propias carnes.
Desde un alto Anatahi había divisado en la lontananza una rechoncha nube blanca y bajo ella las heridas velas del Maribeltz. ¡Era exacta a la de sus sueños!, he hizo palpitar todo su ser y tras una larga carrera, se plantó en la playa entre navegantes y emboscados.
Su resuelto y amistoso porte, más la petición de la notoria Marama en favor de respeto a la actitud de su hijo, hizo que desembarcasen sin contratiempos siendo amistosamente admitidos en la isla. 
Pasadas unas semanas en las que se saneó los desperfectos ocasionados por la tormenta sufrida causante del arribo del barco pirata, se celebró un festejo en el que la buena comida, las habituales crónicas marinas sobre las incidencias durante las travesías y como no, la oratoria de Marama, reunió en apacible camaradería a toda persona natural y arribado a la isla.
No tardaron mucho en ocupar lugar los bellos cantos maorís que embelesaron a los marinos.
De seguido la tripulación con Ponpon con su voz alegre a la cabeza, dio respuesta cumplida, también a manera de cánticos para el deleite de todos.
Gozaba Trumoia de una sentida y profunda voz y además manejaba con soltura el violín.
Alguien le reclamó que entonara una canción que hacía tiempo había oído interpretar a unos compatriotas suyos, cuando su barco ballenero fue avistado en apuros huyendo de corsarios contrarios, siendo ahuyentado por la presencia del Maribeltz.
Habían celebrado los balleneros la ayuda hermana agasajándoles en un puerto cercano.
En una taberna, al caliente, bien comidos y mejor bebidos, surgieron las canciones como brotan los chorros de agua del lomo de las ballenas; también se relataron vivencias y contó Trumoia como él también en sus comienzos faenó como grumete en un  ballenero.
El patrón de la embarcación socorrida sabía del barco donde marineó Trumoia y recordaba haber escuchado una bella y triste canción a su patrón de nombre Joanes.
Trataba ella de como cuando arponeaban de muerte una presa en horas tardías y conseguía ella huir herida sumergiéndose en el negro manto de la noche dejando una estela roja de sufrimiento, mientras se encaminaba hacia la muerte.
Cuando sucedía tan mal lance Joanes patrón del ballenero, se sumía en una profunda tristeza. El necesitaba de la ballena sus aceites, carnes y barbas y por ello las cazaba, pero desechaba el padecimiento innecesario que se le venía al gran pez, rota la estacha del arpón clavado en ella.
Cantaba entonces una apenada canción con su violín muy bella.
¡Como tantas veces, las grandes tristezas engendran hermosuras!
Trumoia recordaba la melodía, pero no así su grafía, aunque letra y música la guardaba entre sus partituras.
Ya llevaban un tiempo por aquellas aguas y sobre todo Miracielos con su facilidad de aprendizaje dominaba algo de la lengua maorí y se entendía con los isleños.
Por medio de él supieron los tatuados de la canción de la ballena herida, solicitándole que la interpretase.
Trumoia les expuso como su violín a causa de la tormenta, por la humedad se había hinchado y descompuesto, y como éste reproducía como ninguno los llantos de una ballena, fragmentos centrales de la balada.
Le pidieron describiese del violín sus formas y al representarlo dibujado en la arena los nativos reconocieron de inmediato el instrumento, como el que en manos del magiar en no pocas ocasiones deleitó tocando sus armonías.
Contaron que en los últimos meses de Sándor en la isla, no había podido tocarlo ya que las crines de caballo con el que sacaba los sonidos se deshilacharon, no pudiendo encontrar nada para sustituirlas. Así no estaba a mano en su precipitada marcha y quedó en guarda de Marama.
El arco del violín de Trumoia estaba intacto y al poco estaban reunidos violín, arco y partitura en las manos del marino.
Ante las deseosas miradas de los reunidos, Trumoia compuso un atril improvisado para sujetar la partitura y comenzó a interpretar la balada con habilidad y sentimiento.
Cuando Marama empezó a escuchar los primeros compases se quedó desde la primera nota descompuesta, a cada sonido, suspiros y lágrimas le invadieron, su vello se erizó como alfileres sintiéndolos uno a uno como nunca los había percibido. Se le nubló la vista y recuerdos que iba perdiendo, le regresaron nítidos.
Todos los allí reunidos contemplaron en silencioso respeto su llanto, pero no sabiendo la razón de tal los marinos, por medio de Anatahi conocieron el motivo.
Marama era una gran oradora que reunía en su imaginación y memoria, tanto la historia de la tribu, como composiciones orales suyas que relataba en reuniones que también atraían a habitantes de otras islas, tal era su fama.
Sándor había acudido en busca de ella por su notoriedad, por ser el también amante de las palabras.
Él era escritor y recopilaba además de sus fantasías y apuntes de sus viajes, relatos de interés que se encontraba; los de Marama, le hechizaron.
Marama desconocía la escritura, para ella las historias y relatos reales eran fielmente siempre iguales, pero no así los  cuentos...
Las palabras que componían éstos afirmaba que eran seres vivos. Cuando salían en voz por la boca nacían, mientras eran escuchadas vivían y al terminar lo contado y escuchado por los oyentes, morían terminando su natural ciclo. Así como todo lo vivo: germinaban, transitaban y fallecían, para volver a producirse el mismo hecho cada vez que volvían a ser relatados.
Sus conferencias eran muy sentidas, era el poder de las palabras al transitar de la boca a los oídos; en cada persona se introducían conformando sensaciones parecidas pero nunca iguales.
Al estar escritas, creía que no estaban vivas sino presas. No tenían oportunidad de completar el ciclo natural de nacimiento, vida y muerte y por lo tanto sufrían, en el papel escritas. Era una angustia continua que ella no iba a consentir de ningún modo, costase lo que costase.
Tenía mucho amor por sus fábulas y haría lo necesario por ellas, como lo hacía una madre por sus hijos.
Prometió Sándor respetar su creencia y no plasmar en escrito tales…pero no lo cumplió.
Un día Marama lo descubrió y Sándor incapaz de deshacerse de aquellos maravillosos cuentos huyó.
Después de ser perseguido un tiempo, estando cerca de ser atrapado divisó un barco en el horizonte y tomando una embarcación se dirigió a él. No le costó mucho convencer a su patrón de la conveniencia de abandonar prestos aquella isla, -ya se divisaban grandes lanchas repletas de guerreros maoris remando hacia ellos- y desplegando todas sus velas fugaron raudos atemorizados...

Al calor de la hoguera, solo se oía el crepitar del fuego.
Marama padecía una extraña enfermedad por la que iba olvidando sus cuentos, su vida, lo iba olvidando todo.
Ella que había desconfiado de la escritura, en aquellos momentos y gracias a aquella canción escrita y musicada por medio de aquellos preciosos signos en el pentágrama, había recordado y vivido intensamemente aquella balada olvidada, que le entonó Sándor tantas noches tranquilas.
Por ella descubrió que estaba equivocada y que en aquella hoja de papel, aquella  canción escrita le había hecho recordar tales momentos con el que fue su querido Sándor, con resuelta vehemencia.
Sándor nunca le pudo explicar lo que describía aquella melodía. Estaba cantada en una extraña lengua que ni él mismo comprendía. La escuchó, le contaba el, en una taberna a la luz de unas velas, cerca de un cementerio con mucha paz y pocas tumbas, frutos de un naufragio. En una de ellas un tal Joanes descansaba enterrado y la letra de la canción y sus notas en un pentágrama, era lo único que quedaba de él, primorosamente labrado como epitafio en una estela. Nadie conocía el significado de aquellas palabras.
Y ahora, por aquellas letras y signos, lo conocía todo y evocó como nunca a Sándor.
Lo veía huyendo de su furia con el libro protegido entre sus brazos.
Ahora era consciente que su memoria se diluía y con ella se perderían muchos de sus relatos. En algún lugar se encontrarían entre las tapas de aquel libro…tenía que intentar encontrarlo y si daba tiempo también a Sándor, antes que su enfermedad borrase el total de su memoria.
Al día siguiente, Trumoia se puso a limpiar con esmero el instrumento y mientras lo hacía un pequeño papel se deslizó de sus adentros. Lo miró y unas palabras que no comprendía estaban escritas en el. Avisó a Miracielos, que como Sándor era conocedor de muchas lenguas, consiguiendo descifrar su contenido.
Esto es lo que decía:

"De un barco naufragado, rescaté la madera con la que fue construida mi casa, con la misma este violín y con la misma una biblioteca. Así ésta madera de pecio es la casa del mundo viajado, de las canciones escuchadas y de los libros escritos y ojeados."

Todo estaba escrito sobre la silueta de un mapa al otro extremo del mundo y con una cruz marcada, el lugar donde su hogar se encontraba.
Comunicó Trumoia a Marama y Anathai el contenido de la nota y en un instante todo quedó para Marama claro.
La disposición de los acontecimientos se conjugaban, para que el joven Anatahi emprendiese un largo y esperado viaje sobre la cubierta del Maribeltz, en busca del libro escrito por Sándor.
Solo faltaba una razón clara para que los piratas emprendiesen el viaje con decidido entusiasmo.
Al día siguiente, demandó Marama si reconocía aquel lugar y a cuantas jornadas se encontraba. Trumoia consultó la ubicación del lugar señalado a su piloto Cartamago que precisó al instante y sin dudas su lugar, y las jornadas aproximadas que distanciaba.
Durante la siguiente noche, Trumoia fue secuestrado en silencio por varios tatuados. Después transportado con los ojos tapados a algún lugar de la isla en su costa y en sus aguas sumergido, por unos angustiosos momentos, para emerger en una gruta por la que caminaron a la tenue luz verdosa que despedían bancos de peces que allí paraban.
Después de un largo trecho y siempre con los ojos tapados, llegado a un lugar le quitaron la venda y ante el se descubrió un suelo plagado de brillos perlados. Ante su asombro le conminaron a que se agachase y tomara en sus manos una de aquellas luces. Así lo hizo y vio que se trataba de magníficas perlas brillantes y sin defecto.
En tres bolsas con el mismo número de perlas, recogieron un buen puñado por cada jornada de las previstas por Cartamago para llegar al lugar señalado en el mapa. Una bolsa a Trumoia le fue dada quedándose las otras dos en la gruta. Volvieron al poblado, siempre Trumoia con los ojos tapados y al llegar reunieron a la tripulación y comunicaron como le había sido entregada las perlas a su patrón para que fuesen repartidas entre ellos al llegar a destino y como si volvían con Sándor y su libro les serían entregadas las restantes, una bolsa por el magiar y otra por sus textos.
La alegría fue desbordante y a las pocas jornadas y después de un banquete de despedida, desplegó entre vítores el Maribeltz sus bien remendadas velas a la búsqueda de aquel deseado libro, el Libro de Sándor "el Magiar", vagamundos, violinista y escritor.

jueves, 16 de febrero de 2012

NECO

NECO


Este quinto tripulante, encuentra nombre y hermanos tras una carrera entre barcos piratas, después de una regata cuya meta es una isla remota.








Nacido de la atrocidad.
Era joven y hermosa, la que a pesar suyo, fue su madre.
En gran deseo de ella estaba, el ser par de un esbelto miembro de su tribu. Vivían entonces plenos de buenos momentos los moradores de la aldea ubicada en la extensa costa africana. 
Pero en una incursión de oficio, fue violentada por varios de los negreros que repartieron muerte y pillaje antes de encadenar y embarcar a los que para ellos eran animales de interés en su comercio.
Defendiéndola murió entre dolor y sin ninguna gloria su ser querido, pero todavía no amado.
Ella quedó entre los fuegos de la aldea, humillada y herida.
A resultas de tal hecho quedó preñada la bella negra y siendo muchacha de mucho orgullo, por todos los medios intentó que tales semillas  indeseadas, en sus entrañas germinasen sin tener el ínfimo alivio de conseguirlo.
Las pócimas que en sí misma vertió para tal fin, más la ira que le producía el ver su vientre cada vez más hinchado, hizo que en su interior se formase un ser no querido. Como consecuencia de tales hechos formóse en la cueva de su cuerpo un ser en él cuál las pieles negra y blanca moraron juntas, pero entre ellas no se disolvieron, conformando una insólita presencia, similar a unos extraños burros de rayas negras y blancas que en tales tierras habitaban.
Lo que se produjo al final del embarazo, más que un nacimiento, fue una huida de la panza de la madre.
Desde los primeros momentos comenzó para él un interminable destierro que concluyó mucho después en la cola de una gota de agua, en una isla casi ignota, posada en el centro de los mares.
Producto de desprecios y desamparo, se convirtió la tal persona en depósito de crueldades.
Su desquiciada madre ni nombre le puso, discurriendo su existencia entre toda clase de burlas, ensañes y desprecios.
Que tal es la codicia, que el capricho de poderosos lejanos, en sus riquezas aburridos, sin otro hacer que acumular fortunas a costa de sufrimientos repartidos, hace que en otro lugar del mundo se produzcan consecuencias que por el mismo promotor de tales, es después calificada como salvajismos de paganos animales inferiores.
¡Su piel os cubriese avaros insaciables!
La inclusión del extraño sujeto en el rol del Maribeltz, fue condimento de unos hechos que en la misma cazuela cocinaron: la parranda, la avaricia, un envite y el misterio.

Aproaba el Maribeltz la costa de la isla conocida como "La Gota"
Tenía ésta similar forma a la de una gota con gruesa cabeza y en puñal la cola. Orientaba incomprensiblemente siempre el final de su cola al poniente, sin variar nunca un grado, fuese cualquiera la data del año.
Lugar escasamente frecuentado, no figuraba en las cartas marinas y sólo el azar o pilotos exclusivos lograban dar con ella, sin mentar nunca su situación por ser isla de pasmosos paisajes e inusitada fauna y floresta, que ocultaban con su silencio de los estropicios del hombre.
Repostaban en sus pastos de trashumancias, extrañas aves difíciles de ver surcar los cielos. Así mismo habitaban sus aguas innumerables peces de toda suerte de formas y colores.
Estaba poblada de árboles de exquisitos frutos y amplias sombras bajo las que de uno concreto, tan abundante en número como en la amplitud de su copa, se dormitaban en los calurosos días que en frecuente se sucedían, apacibles siestas en las que se sucedían sueños más vividos que ninguno, como consecuencia de sustancias que de las hojas de los tales descendían.
Buscando su costa el Maribeltz estaba, cuando oteó el vigía la arboladura de un bergantín sin enseña, a estribor y con rumbo parejo.
Era el Maribeltz  bergantín de buen pertrecho y aún desconfiando de la avistada, aproó a su encuentro en observancia de que decisiones tomaba.
Pese a la buenas aptitudes de la nave, comprobaron que su rumbo era irregular, y el aparejo no adecuado para los aires que corrían.
Alentando a Trumoia ésas impropias maneras, largó ya decidido todo el trapo, a la caza de la posible presa.
Sin ningún gesto de alarma aparente, siguió en la misma traza la perseguida y al arribar a ella contemplaron atónitos, como su tripulación se encontraba sumidos, en el mayor de los desmadres.
El único tripulante sereno, era un asombroso ser con su piel en dos colores.
Se encontraba amarrado al palo mayor y rodeado de cuchillos y hachas de abordaje, clavadas por su entorno. Había servido como objeto de puntería, pero ni uno solo de los hierros hundía en él su filo.
Componía la tripulación negros cimarrones, que enfrentándose a una expedición a su contra de castigo, lograron apoderarse del barco y obligaron por secuestro a los oficios claves de la tripulación asaltada, a formarlos en sus funciones.
Pasados tiempos y ya como negros piratas, surcaban los mares.
Hacía el "negroblanco" de esclavo en la ya extinta tripulación derrotada. Y ahora en la nueva ocupaba las mismas funciones, al no ser ni negro, ni blanco fue igualmente vilipendiado, aunque siempre se mantenía en una sonrisa, paciente y sereno.
Congeniaron los piratas de ambos barcos y convidaron los cimarrones a una pócima que producía el mencionado desenfreno.
Tal brebaje el amarrado esclavo condimentaba y su éxito, por el momento su vida había salvado.
Surgió en la fiesta una apuesta, por la cual el barco que primero llegase a la cola de la isla de "La Gota", ya a lo lejos avistada y en el punta de su puñal de arena, clavase su enseña, quedaría en propiedad de el botín de la derrotada.
Dicho y hecho los dos bergantines surcaron las aguas bajo todos los trapos, con buena brisa y aguas calmadas.
Tras una dura pugna y a tiro de piedra de tierra, las embarcaciones llegaron al principio circular de la isla y cada una por un costado regatearon el último tramo con buenas navegaciones, entre gritos de ánimo.
Llegado al lugar convenido a la cola en el poniente de "La Gota", cuál fue la sorpresa al no ver atisbo de la competidora, pero mayor aún el asombro, al encontrar al final de la playa tranquilamente sentado el de dos colores esclavo sólo, con sus manos sujetando un hacha de abordaje y un sable afilado, ambos ensangrentados. Del bergantín contendiente...nada, solo clavada en la arena su enseña: el rostro sonriente de un pirata negro con dientes de oro y pendientes con forma de unos sonajeros que ellos llamaban "maracas", sobre un aspa de dos cadenas con  sus grilletes abiertos. Tal era la curiosa enseña del desaparecido entonces "Mambo", nombre del bergantín pirata.






Reclamó su botín pues había él ganado. Y Trumoia acordó con él, en un gesto de respeto, sin hacer caso de las risas de muchos de los piratas ante tal descabellada exigencia, que a cambio de la carga, le admitiría en su tripulación si él así lo quería, y que como capitán le daría nombre y oficio.
Aceptó el negro y blanco, pasando a formar parte de la tripulación y adquiriendo el nombre de Neco, por el negro y por el blanco. 
De la suerte del barco negrero y su tripulación de cimarrones, nunca dijo nada.

    

miércoles, 15 de febrero de 2012

MUSA IBN MUSA

MUSA IBN MUSA


El cuarto personaje se llama Musa Ibn Musa
El texto corresponde a JOSETXO ORUETA, que tiene publicado una novela (histórica), por la que nos conocimos, que hace referencia a la batalla de Roncesvalles, entre las tropas francas bajo mando de Carlomagno y con el héroe Roldán al mando de su retaguardia, enfrentadas, a su vuelta del saqueo y destrucción de Pamplona, a miles de Vascones llegados desde la mar, la montaña y la llanura...
Josetxo liga su personaje en el MARIBELTZ a estos sucesos acaecidos en el año 778.
La novela, "El Cantar de Orreaga", me hizo conocer a Josetxo y pedirle un relato del que después haría el dibujo que aquí debajo ilustra la intensa descripción de su personaje, que ya navega a bordo del MARIBELTZ.







Texto de JOSETXO ORUETA



Musa ibn musa llevaba el nombre de un ilustre antepasado, príncipe del clan Banu Qasi, padre adoptivo del fundador de un reino.
Así fue al menos, como el se presentó, y luego calló. No volvió a oírse de su boca una frase tan larga como aquella que nadie creyó. Pero la incredulidad no fue debida a lo estrambótico de su presentación sino a una costumbre imperante en las islas de los hombres libres: no creer nunca explicación alguna. De esta manera no había fronteras entre la verdad y la afabulación. Todos aquellos hombres, en algún momento y dependiendo de la cantidad de alcohol consumida, provenían de familias ilustres, habían seducido a hermosas y ricas doncellas, y, sobre todo, habían realizado hazañas dignas de entrar en cualquier leyenda.
Pero Musa callaba.
Una sola vez, animado por una prostituta enternecedora y una jarra de licor sin nombre, habló de su tierra, a la que llamó Nabarra, cuyos hijos vivían mirando a la montaña y de donde, misteriosamente, provenían marineros sagaces y testarudos.
Todos rieron ante semejante absurdo. Musa parecía más bien un descendiente de Amilcar cruzado con alguna furcia berebere. Su tez morena y sus ojos de carbón traicionaban su verdadero origen: dijera lo que dijera, Musa era un hijo de Alá.
Algunos lo llamaban "El Príncipe", seguramente por su porte elegante y la finura de sus rasgos y de sus manos. Los aros de sus orejas y aquella barba fina y recortada contribuían a darle un aire aristocrático que contrastaba con la brutalidad del entorno.
A pesar de su aspecto, Musa no estaba apartado del grupo. Gastaba su parte del botín igual que los demás, en alcohol y prostitutas. Bebía, escuchaba y a menudo reía, pero no a grandes carcajadas, sino con una extraña discreción, sin expresar alegrías, como si la propia risa lo distanciara del mundo.
A los compañeros más antiguos de Musa, oír aquella medio risa en el jolgorio de una taberna les helaba la sangre, pues era el mismo sonido que él profería al degollar o atravesar a sus víctimas durante un abordaje.
En combate, el arma más mortífera de Musa era la frialdad. Repartía dolor y muerte sin ferocidad, manejando con destreza una larga cumia encorvada. Él solía ser el único que renunciaba a ingerir alcohol antes de un abordaje. Todos sus compañeros preferían empaparse en licores para sentirse invulnerables en la batalla; él, en cambio, deseaba ser consciente de que cada momento podía ser el último.
La muerte no era deseable ni aterradora; simplemente llegaría y Musa, largo tiempo atrás, había decidido que aquello no importaba. La vida, su vida o la de cualquier otro, carecía de valor.
Mas esta constatación no lo entristecía, al contrario, le permitía seguir viviendo en el ámbito que él había elegido; una embarcación pirata.
Para muchos, el mar era sinónimo de libertad y de espacio; el barco, en cambio, parecía una pequeña prisión. Musa sentía aquella libertad al revés que los demás.
Para él, el océano infinito era una cárcel de una sola pared. No hay prisión más cruel que la falta de caminos, donde avanzar y retroceder son la misma cosa, donde no existen referencias visuales ni temporales, un desierto vacío de promesas, de objetivos, de esperanzas. El calabozo más angosto no está hecho de cuatro paredes, sino de espacio infinito, donde puedes desplazarte siempre, pero nunca ir a ninguna parte.
El barco, en cambio, ese territorio exiguo, limitado, ese espacio truncado y acotado, ofrecía a Musa una licencia para escapar. Allí donde otros hombres se sentían encerrados, él encontraba paisajes humanos que explorar, historias vividas por las que caminar.
Musa observaba y escuchaba. Escuchaba los ruidos y los silencios; veía viajar a Cartamago sobre sus mapas, como si allí, en la mar, hubiese realmente valles, bosques y rutas. Oía los paisajes que sus compañeros cantaban en sus baladas nostálgicas; pasaba por la voz arrastrada del enorme Ponpón.
Las vidas de los hombres eran la libertad de Musa, esas vidas que, en cualquier momento se iban a interrumpir porque el destino invencible lo había decretado así.
Ni el placer ni la angustia formaban ya parte de los días de Musa.
Y una sola norma regía todo su pensamiento: nunca, ni por el día ni bajo la luna, dejarse atrapar por esperanza alguna.

domingo, 4 de diciembre de 2011

MIRACIELOS

MIRACIELOS


Este tercer personaje, Miracielos, encuentra su redención en un largo viaje, tras una estela.








Era Miracielos una persona con una boca de la que pocas palabras nacían, de escaso cuerpo y delgado, contrahecho y de salud bastante perdida. Terminaban sus cortas y flacas piernas en dos pies que con penurias le sostenían y por las zozobras de la navegación descomposturas muchas sufría.
En su contra también sus manos, no apropiadas para la vida marina, así como su mala aptitud para sobreponerse a padecimiento ninguno.
De agrio carácter y suerte esquiva, era notorio que cuando pulgas y piojos le atacaban, al primer sorbo de su mala sangre fulminadas caían.
Como bucanero... calamitoso, no había espada o sable que sus brazos pudiesen sujetar con cierta cordura, ni tampoco pistola que disparase sin poner en peligro los cueros de cualquiera que estuviese en sus alrededores, menos el apuntado.
De estas maneras era dueño, pero también con el tiempo de otras ejemplares lo fue, que aquí después serán referidas.
Lo encontraron sólo, en una pequeña isla, alejado de todo, taciturno y las nubes observándo.
Pasado un período durante el cual se mostró distante y compungido, entabló Ponpon con él primero acercamiento y en posterior su amistad, gracias a su natural risueño y cargado de simpatía, refiriendo sólo a él en confianza su inquietante historia:
Había hecho de su vida profesión, la condena, ya que fue un temible inquisidor. A su paso las gentes se apartaban temerosas, cuando caminaba con paso cansino, siempre por entonces ojeando el suelo. Por dicha actitud y su rango, era en ese tiempo conocido como Mirainfiernos.
Se sabía rechazado y solo una persona existía que mirase por él, e intentaba alejarlo de tan siniestros procederes. Era ésta su única pariente, su hermana, que sabía que malos clavos que ensañan la vida, pueden hacer de una persona de carácter ligero y naturaleza sentida, el peor de los canallas.
Siendo ella en todo opuesta a las creencias del entonces Mirainfiernos, intentaba apartarlo de su nefasta vida, con amor fraterno, nobles pensamientos y en requeridas ocasiones descarados comportamientos, que él a mal soportaba y ocultaba ya que era la única persona que a bien quería.
Pero la compañera de amor de su hermana, resultó ser acusada de brujería y por su orden fue maltratada y muerta a fuego junto con otras de sus allegadas, en un terrible proceso llevado a cabo en una tierra de hermosas montañas, en la que en una gran caverna se reunían al gozo de la existencia, personas que entendían la vida como un regalo hermoso, del que era menester desentrañar y aprender del gozo de sus misterios, no sintiéndose dueños sino parte de aquel privilegio.
Acudió su querida hermana en auxilio de su amada y atrapada en el discurrir de los acontecimientos, sucumbió también ella, así llameada en la pira, dejando mensaje a su hermano, ausente ya del lugar del suceso e ignorante de la relación de ambas y el estropicio causado.
Dicho mensaje exponía:
"En tu estúpida, retorcida y tenaz ignorancia has dado fuego a la sola persona que te quería y a la sola persona también, a la que tu correspondías.
Nos han hecho carne quemada y humo, junto con nuestras gentes que no pretendíamos riquezas ni maldades, sino únicamente recorrer la senda de la dicha que el conocimiento proporciona, para mostrarla a propios y distantes.
He venido aquí en ayuda de mis segundos hermanos y me he encontrado la feroz e injusta obra, del que ahora yo condeno que eres tú, mi verdadero hermano.
Porque así lo hago y lo cumplas, te condeno a que dejes de mirar al tenebroso infierno y contemples ahora el cielo, tan pleno siempre de luz y ensueños.
Que al sufrimiento, siga cumplimiento y por labor de ellos, el recorrer de tus pasos, torne"
Aceptó Miracielos el castigo y dirigió sus ojos al cielo, vislumbrando una estela constante que siguió, pues dedujo que era obra de su hermana y allí estaría en ella.
Le condujo hacia el poniente, atravesando primero tierras, hasta que llegó un día que cielo y mar se presentaron fundidos ante sus ojos. Continuó después por mares y más tierras, siempre al oeste, buscando el refugio del Sol, la cuna de sus últimos rayos.
Confiaba indicase la estela, un final, un destino, pero no lo hacía y a la siguiente jornada después de cada noche, allí arriba, en el cielo otra vez se mostraba ella apremiante y hermosa, recordándole así sus hechos y haciéndole gastar pies y espaldas, por aquel saco de gruesa tela que soportaba, contenidos en él sus penas. 
Pensaba que llegaría a un punto finito, pero se dio cuenta que ni el oeste ni el este lo tenían, tan sólo eran direcciones y que el final del viaje lo decidía el viajero, lo hizo en aquella pequeña isla. Allí terminó de purgar sus culpas y un amanecer mirando el cielo, sus sentidos perturbados sintió que como la estela, desaparecieron. 
Esa misma mañana, aparecieron al oriente las velas del Maribeltz henchidas de blanco, con su bandera riendo en lo alto.
El barco tuvo un nuevo tripulante.
Miracielos, hablaba poco y repetía menos. Pasaba largos periodos callado, pero en cualquier momento de improvisto, describía con imaginativa fantasía momentos, situaciones, estados u otras capítulos generales de emoción que se vivían en los trayectos, con dicción esmerada.
Por ejemplo en la primera noche que Miracielos contempló el espectáculo que daba lugar, cuando bancos de algunos tipos de peces coincidían con el barco rodeándolo y el fulgor de sus escamas producían un lecho verdoso fluorescente, Trumoia lo llamaba "ardora", sobre el que discurría plácidamente el barco, dando luminaria al casco, a los bajos de las velas y a las caras que se asomaban extasiadas ante tanta belleza, se oyeron lentas y sentidas las palabras de Miracielos: "Quisiera, del barco ser su estela, para poder así acariciar esos verdes lomos y de vuestras bocas sentir su burbujeo, de placer estremecido."
Quedaron todos en silencio, tallado dentro de cada uno ése momento ahora tan bien descrito, pensando que cuando lo contaran a sus hijos, mujeres o amigos, debían acordarse de las palabras una a una que pronunció el pequeño Miracielos.
O cuando llegando el huracán, todos se aprestaban tensos e intranquilos y con los cometidos de cada uno bien dispuestos. A poco de ellos, las grandes olas y el viento amenazando rasgar la arboladura en cualquier momento.
En un lapso de calma, como tomando la tormenta más impulso, se oyó la voz de Miracielos clamar:
"Nuestros rumbos se cruzan airosa gran tormenta, pero no te tememos sino por contra te deseamos.
Tú nos haces en tus brazos más fuertes, así que ahora no nos esquives que te queremos tal como te apareces, fuerte y brava, de la mar la más hermosa."
Y así se enfrentaban a ella más resueltos si cabía y convertida la tensión en alegría.
Era persona mal leída, pero recordando a su culta hermana, entró en ansias de otras lecturas que no fuesen de santos, dogmas, dioses y castigos y cada vez que de un transporte hacían presa, el papel de las hojas de los libros se convertían en el botín por él preferido y así también cualquier pasajero docto en no importaba materia, en su protegido se convertía.
Pero el más valioso y práctico de sus legados fue el que sigue:
La tripulación del Maribeltz estaba compuesta de toda suerte de gentes de procedencias variadas con sus colores y lenguas. Esto hacía dificultoso el entendimiento. Amigo Miracielos de grandes silencios en los que parecía estar ausente de todo, escuchaba y observaba los hechos que seguían a las palabras para entender sus significados. Comparando, lo mismo dicho, en diferentes lenguas, fue escogiendo de cada una las más bellas y sonoras para los oídos,  lo cual las hacía más recordables y así compuso un lenguaje cantarín y eficiente para lo relativo a menesteres náuticos.
Después con la colaboración de Trumoia y Ponpon, en los habituales duelos de versos y ocurrencias que tanto abundaban a bordo, incorporaban dichas palabras que por el contexto o si era menester la traducción, todos fueron entendiendo y parloteando.
Como bien es sabido, el canto y la atención hacen memoria y así quedaban retenidos los nuevos vocablos que en momentos de importancia eran comprendidos por todos a primeras, conformando un dialecto común, hermoso y sonoro, muy conveniente cuando lo poco que se puede decir por circunstancias difíciles de la vida marinera, era importante entenderlo sin dudas.
Así mismo estas palabras conducían a un mejor hermanamiento.
En algunas ocasiones aparecía una estela solitaria en el cielo, pero ya no marcaba ninguna ruta.
Solamente llegaba al Maribeltz y en sus velas blancas se posaba.
Cuando ocurría, las miradas de Miracielos y Ponpon se encontraban y sus bocas sonreían.  





     

martes, 15 de noviembre de 2011

CARTAMAGO

CARTAMAGO


El segundo tripulante que dibujé es este.
Es, hasta ahora que tengo ya dibujados unos cuantos, el que más magia tiene.
Lo que más me gusta de él son sus ojos.








Piloto de la nave
No gustaba patear tierra de continente, solo pequeñas islas y como condición a ello, su vista debía poder abarcar principio y final de la isla a pisar.
No era lugar para en lo habitual sus desnudos pies, otro que no fuese la tablazón de madera de un barco.
Necesitaba sentirse rodeado de agua salada, degustar el salitre en sus labios.
Decía tener pájaros marinos dentro de su cabeza que le procuraban bienestar y recomendaban no hollar tierra firme más tiempo del necesario. No era extraño que durante sus turnos de guardia nocturna, se posasen a su vera algún albatros viajero o blancas golondrinas marinas.
Cartamago tenía una extraña relación con las cartas de navegación, cuidaba mucho tenerlas siempre protegidas en cajas bien barnizadas y envueltas en telas enceradas, que si bien dichas cartas describen con ornamentada precisión la geografía de la mar y algunos de sus actos, tienen en la humedad de sus aguas, tan bellamente ilustradas, el enemigo más fiel, cuando empapan sus vahos el rugoso papel descriptivo.
No buscaba tanto el marino en las cartas, destinos precisos sino ocultas singladuras. Poco le importaba a donde se dirigían ni donde se encontraban. El era piloto de navegación y lo único que deseaba era navegar sin concernirle destinos. El capitán ordenaba "a donde" y él proponía "el como". Cartamago amaba escuchar la orden de Trumoia decidido ya el destino: ¡Haz bien tu trabajo y marca una buena ruta, piloto!
Poseía Cartamago increíbles habilidades, nadie se explicaba como era capaz de encontrar islas no habitantes de ninguna de las cartas conocidas. También hallaba brisas de las que nadie sabía nada.
Que decir de aquellos inmensos borbotones de agua dulce que emergían en cualquier lugar, abriéndose paso entre el agua salada, que llegaban a transportar peces de aguas dulces como truchas y salmones. El las hallaba con precisión ante las atónitas caras de la tripulación y en diversas ocasiones ahuyentaron la sed general en jornadas de mucho calor y velas desinfladas.
No consentía compañía cuando rebuscaba en sus cartas. Afirmaba que ellas eran tímidas y solo en confianza mostraban, nunca todo, lo que oculto contenían. Los pocos que en contadas ocasiones y en alguna sombra ocultos le habían visto trajinarlas, describían de sus búsquedas lo que sigue:
"Desplegaba en una mesa limpia a conciencia la carta escogida bajo varias velas que no apestosos candiles. Colocaba sus delicadas manos sobre la mesa a los bordes de la carta durante un silencioso tiempo. Pasado un rato, acercaba sin prisa su rostro al papel, con los ojos cerrados. Cuando estaba de cerca como a un palmo, quedaba otro tiempo quieto y casi ni respiraba. Después iba, a pocos, separando los párpados dando luz a aquellos ojos suyos. Las yemas de sus dedos ya rozaban los bordes de la carta. En susurros pausados empezaban a brotar entre su aliento, primero leves sonidos, luego algunas letras sueltas, después palabras y al fin frases que se convertían en preguntas, deseos, ruegos y baladas que se iban depositando en ella, mientras que sus tibias manos ya con levedad acariciaban su piel blanca. El aliento se hacía bruma ocultando el papel y bajo todos éstos apremios la carta se estremecía, erizándose como cabellos sus fibras. Seductor empleaba silencios y palabras lo justo, ni uno faltaba, ni una sobraba. 
Sus ojos, ya abiertos del todo, mostraban azules círculos marinos, fácil en ellos sumergirse deseándolos profundos, muy profundos.
Al fin en sus persuasiones Cartamago demandaba y apartándose el brumoso vaho de su aliento, la carta respondía mostrándose en sus espacios sin tintar, a espasmos: la isla desconocida, el hondo canal entre los ariscos arrecifes, la brisa salvadora que los sacaba de la calma chicha, la salvaje borrasca que los buscaba para sus juegos, el agua dulce imposible que burbujía en mitad del océano y como no, mostraba la estela del barco por su carga codiciado que entonces sería perseguido a todo trapo hasta darle caza para enfrentarse a él bajo duelo a hierro y pólvora, para sacar de sus tripas la presa codiciada ojalá fuese oro y plata"
Después, la carta en su caja, se dormía complaciente y complacida.  
  




 

viernes, 4 de noviembre de 2011

PONPON

PONPON


Hoy comienzo este nuevo blog.
En este subiré fotos y textos de unos personajes que serán la tripulación de un barco pirata llamado MARIBELTZ (Marinegra).
Los dibujos, serán míos, pero con los textos espero tener colaboraciones externas (de momento ya tengo una y un par más en camino).
Con los personajes, (cualquier parecido con la realidad...) no pretendo hacer una novela ni algo parecido, pero sí hacer una descripción de cada uno y describir un hecho, habilidad, procedencia... o escena que a su vez podrá ser dibujada.
Pensaba llamar al capitán de la nave "Tximista" (relámpago), en recuerdo de un personaje de Pío Baroja, protagonista de varias de sus novelas, pero al final he decidido llamarlo "Trumoia" (trueno).
Son similares la imagen del pirata y el bandido, tanto unos como otros se rebelan y dan fuga hacia montes o mares, formando parte de nuestros recuerdos y sueños en los juegos de niños y en una porción de los ensueños de nuestros cabreos, de adultos.
Con leyenda de crueles y ladrones, no serían tan diferentes de aquellos que los ponían en la picota en cuanto les daban caza.
De hecho si estaban al servicio de su monarca los llamaban corsarios y compartían beneficios.
Pero hay de ellos si osaban no dar su parte al rey, cuando así lo decidían se convertían en crueles alimañas a las que era menester dar caza y muerte... sin cuartel.
Aquí está el primero de los piratas del MARIBELTZ, su nombre es:
PONPON





Esta es su historia:
Ponpon era un pirata cabezón con un tambor tatuado en la frente, de gran estatura y amplias y prietas carnes.
De natural bonachón y excelente compañero, eran de él imposibles en lo cotidiano, actos de agresión a pesar de su imponente aspecto.
Ya de lejos llamaba a atención su bruñido e inmenso cuerpo que intimidaba a quien no lo conocía. Producía intensas palpitaciones encontrárselo durante la noche en cualquier lugar, sobre todo en callejones oscuros. Quien de él no sabía, suspiraba aliviado ya en el primer contacto, pues era en habitual ingenuo y sonriente, tanto con amigos como con desconocidos.
Fácil de embaucar y teniéndole la tripulación infinito afecto, cuidábanle  con vehemencia de malas gatadas que su inocencia atraía y de los que pasada la primera impresión, querían hacer de él blanco de sus malas chanzas.
Otra cualidad suya innata, era su vasta habilidad para el canto. Muchas baladas recorrían el Maribeltz a todas horas y siendo su tripulación de diversos orígenes y colores, un variado  jardín de voces y componendas musicales se entremezclaban a bordo, acoplándose con buen discurrir y mucho ingenio entre ellas, produciendo abundantes momentos de divertimento.
Eran los duelos de ocurrencias, unos en ingeniosas frases y otras en improvisados versos, heredados éstos modos de su capitán Trumoia, el territorio donde Ponpon mejor se desenvolvía y  una de sus frases quedó en la proa  del "Maribeltz" tallada: ”Qué nos importa la muerte, si bien vivida es la vida”.
En todos común la dureza marina, ésta en sus voces hacía mella arroncando sin piedad las gargantas cantarinas. No le afectaba al gigante tal medida y de él siempre brotaba aguda y bien templada, una voz dulce en versos y melodías.  
Amigo a más, del casi siempre triste Miracielos, reían y disfrutaban enormemente los piratas los  ratos, en los que colocaba Ponpon sobre sus hombros a su flaco compañero, para malamente dirigir éste con sus esmirriados brazos, sin ningún compás y con frenéticos aspavientos los cánticos, produciendo alegría general y a resultas, anárquicos pero bellos cantos.
Pero todas estas maneras de alegre corsario se esfumaban llegado el gran momento: el abordaje pirata,  daga en boca y espada en la mano.
Era entonces cuando Ponpon se transformaba en supuesto terrible y temible pirata, pasados los humos de los cañonazos, a ya escaso en distancia el barco acosado.
Buscaba entonces y encontraba, ¡todo teatro!, causar pavor entre los abordados y con el siguiente proceder lo conseguía:
“Se colocaba a proa recogido en sí mismo hecho una bola, con la tripulación en total silencio oculta y protegida, ya a última distancia, en manera de maniobra de abordaje definida. Se iba irguiendo retador, tan grande, tan gordo, tan sin vello, tan su piel brillando, ante los arcabuces de los hostigados, con muchos y destemplados nervios mal disparados.  
Sus aballenados brazos estiraba, mostrando planas las palmas de sus manos, ocultos los redondos rasgos de su rostro tras ellas.
A casi distancia de abordaje, en tanto silbaban los plomos y brotaban sudores de miedos e inquietos los barcos se acercaban, Ponpon separaba sin prisas los brazos, mostrando tras ellos su cara con aquella enorme boca abierta, para proferir un espeluznante grito tan potente como agudo, que recorría la poca distancia entre las bordas, para descomponer y hacer temblar todo lo que se interponía en su camino: voluntades, corajes, espíritus, órdenes y hasta las velas del barco amenazado.
Terminado el huracanado aullido, comenzaba a dar, primero pequeños y poco a poco cada vez más grandes saltos y era entonces cuando se sabía el porque del nombre por  el que se le conocía. Sus grandiosas carnes al entre ellas chocar emitían un peculiar sonido: PON, PON, PON…
Esta era la señal convenida y volaban los garfios de abordaje, silbando las cuerdas y emergiendo los piratas feroces o asustados, pero todos decididos, entre gran algarabía mientras saltaba y resaltaba Ponpon causando infinito descompuesto entre los enemigos".
Volaban ya los piratas, el abordaje había comenzado.