domingo, 28 de septiembre de 2014

SIDDI AL BATI y NAVAJITA

Cuando dibujé a el siguiente personaje, una vez terminado pensé: ¡Anda, si se parece a Bati!
Bati es el apodo de un amigo, que tiene una manera de escribir, que puede parecer caótica y desordenada, y puede que así sea... o no. No sé.
Podéis comprobarlo si lo buscáis en Facebook, por el nombre de "Siddi al Bati".
Le pedí que colaboráramos en el texto de esta entrada, y el resultado fue el siguiente:



Si la aparición de Gastón en el barco supuso un pasmo para todos, ¡que decir de la de Siddi al Bati!
En el Maribeltz te acostumbrabas a que sucedieran cosa extrañas, pero aquella arribada fue uno de los  sucedidos más desconcertantes.
Así acaeció su llegada:
Nos hallábamos varios barcos celebrando el secuestro de la que sería a partir de entonces nuestra cirujana. Habíamos oído hablar muchas veces de las buenas artes que se le atribuían, y conseguimos hacernos con ella por las duras; se llamaba "Navajita"








Nos encontrábamos cerca de la costa de un mar norteño bien frío, y allí nos apiñábamos todos dispuestos a celebrarlo. Además de aquella india, conseguimos hacernos también con un gran tonel de ron oscuro y disponíamos dar cuenta de el para combatir el frío y celebrar el acontecimiento de tener a Navajita a bordo. 
Alrededor de la barrica nos reuníamos agolpados, tras el carpintero que se afanaba en terminar de quitar entera la tapa para que cada uno con su cazo el  pudiera servirse a granel el apreciado caldo.
Terminado el destape, Trumoia se disponía a inaugurar el bebercio en el centro del corro, y tras de el esperábamos impacientes batiendo los cazos contra las hebillas de nuestros cinturones, produciendo un alegre repiqueteo.
Así estaba la cosa cuando algo cayó dentro del tonel ocasionandonos una buena remojada, a la par de una enorme sorpresa; el zurriburri que se formó fue más que considerable.
Fue Navajita, nuestra nueva tripulante, la única que no se inmutó lo más mínimo. Se limitó a sacar la lengua, como si de una serpiente se tratase, para relamerse los morros con precisa rapidez y habilidad.
Y con todos los ojos puestos en la boca de la barrica, emergió tras las burbujas, Siddi al Bati.
Ahí empezó su discurso incomprensible, que como vimos desde el principio, era prácticamente continuo. Pronto comprobaríamos que ni siquiera dormido dejaba de atenderse su abstruso parloteo.
Como estatuas de piedra nos quedamos todos, cuando vimos emerger la cabeza.
Esta fue su primera retahíla:

"Caído y emergido en tal suntuoso potingue, proclamo mi arribo suficientemente oficiado por los mortales frescos que me acontecen, dando puerta abierta a mi estadía en esta cascarona de apropiada nomenclatura, e indico mi disposición sincera a damasquinar el podrido barandal del puente, a objeto de documentar mi forzado exilio a corriente y barlovento de la infamia, para proclamar falaz mi inserción en la filibustería. Pronto el pabellón de Siddi al Bati helará de nuevo la sangre en las venas de la Gente de Orden. Hágome cargo pues de la posesión de la bella Maribeltz. Así que: ¡alcen sus escudillas y beban hasta que hierban sus gaznates!"


Cuando terminó, nos miramos todos alelados. Permanecimos callados prestando oídos, pero nadie entendió nada. Pero estábamos a lo que estábamos, ansiosos de darle al jarro, así que después de concluido el chachareo dejaron de sonar los jarros, y bebimos. Sin dejar siquiera que el tal Bati saliera de la barrica, bebimos y bebimos aquel excelente ron que nos izo recordar otras latitudes mucho más cálidas.
Según le íbamos dando al jarro nos acostumbrábamos a la presencia del inquilino que se alojaba en la barrica, que por cierto no se le veía ni incómodo, ni deseoso de abandonar el lugar. 

Parecía que el palique del intruso estaba finiquitado, pero el tal silencio no iba a durar mucho tiempo; la mudez y Siddi era como aceite en agua, y ahora ya bien remojado en ron, estalló de nuevo para donarnos su segunda ristra de incomprensiones.
Esto fue lo que farfulló su lengua, ahora más entrapada:

"Pobres gentuzas que no sois capaces de diferenciar el hablar del pensar, porque ignoráis como oír los pensamientos...aunque tampoco las palabras".
-Ahí estaba el, chulo como la muerte, erguido como la desgracia, y recordando quién era, quién fue, mientras el silencio volvía con sus ecos-
"Hoy, aquí, soy Siddi al Bati, termita de Allah, profeta del sorbete de alma indistinta, cíclope entre medusas, Dios de las cucarachas...qué hostias miráis so gilipollas???
...capitáaaan, con la venia organizas una fiesta para hoy, con la chusma plana, el viento no llega, juaaaaajajajaja, pudiendo ser de Venus...vine a caer de Plutón...denso y frío de Mercurio, travestido en rojo, desinfectado, muerto o vivo y aún ocupado...es que no podré nunca descansar de miiii???... hoy invito yo!!! ron y chicas en Quelonia...
¡La muerte es tan poco chistosa...y la vida tan de fuera!..."

Después de interpretar ésta segunda arenga a su manera y sintiéndose ofendido, Neco se dispuso a degollar al intruso, para así continuar con la celebración sin más interrupciones, pero ya con el cuchillo refulgiendo y ante la indiferencia de todos...el enjuto cuerpo de Miracielos se interpuso entre los dos. 
-Espera- le dijo a Neco y mirando al forastero le preguntó: ¿de donde vienes?

- Bati le miró con fijeza y contestó: -de adonde no llegaron el humo de tus hogueras-

El antiguo inquisidor se quedó consternado ante la respuesta. Y después de unos momentos, cuando recobró el habla le contestó:
-Mucho frío traerás entonces, no me extraña que no tengas prisa en salir de nuestro tonel, pero ya es hora de ello-

Como el aparecido ya no estaba para moverse mucho, y no se sentía precisamente a disgusto dentro de la barrica, lo sacaron de allí, y sin ninguna delicadeza lo arrojaron a cubierta.
No estando nada claro que aquel intruso se debiera incorporar, o no, con la aceptación necesaria de la tripulación, éstos empezaron a mirarse entre ellos como si debatieran la cuestión en silencio.
Aquel aparente desprecio a ellos tenía fácil solución; el agua recibía por igual a cualquiera, y si flotara lo suficiente para llegar con vida a la costa o no, no era cuestión importante para ellos, ¡y menos para Neco!, al que se le había metido entre ceja y ceja probar el filo de su cuchillo en el gaznate de aquel desconocido. Navajita zanjó el asunto ayudándolo a incorporarse y advirtiendo con su primera voz desde que pisó la cubierta con estas palabras:
"Se te ve deseoso de dar uso a tu cuchillo blanquinegro" -dijo a Neco mientras se hacía paso con firmeza hacia el-, hazlo pues sin esperar consentimiento.
Trumoia no solía inmiscuirse en asuntos menores, si Siddi al Bati tenía la mala baba de presentarse y comportarse de aquella manera, era cosa suya de salir del charco como pudiera. De tal manera, ni se inmutó ante lo que estaba a punto de suceder, y como espectador, esperó intrigado los acontecimientos que vinieran.
Si en un primer momento, Miracielos se interesó en saber del singular personaje, ahora, después de turbarse y sobre todo sorprenderse ante lo escueta y sangrante de su respuesta, se desmarcó también del asunto. De tal manera, entre las intenciones de Neco y su cuchillo -que ya terminaba de salir del abrigo de la badana- , solo se interponía la pequeña cirujana.
Decidió Neco pues, arrojar a aquel  blancucho por la borda, pero antes le daría varias sajadas; no era de su gusto despertar a su puñal "para nada". Y se dirigió hacia Siddi decidido ya, e ignorando las palabras de Navajita.
Cuando ya el cuchillo de Neco, se disponía a mostrar sangres, ocurrió lo impensable: con endiablada rapidez y precisión, Navajita sacó sus dos manos de debajo de la manta en la que se envolvía; en cada una de ellas blandía dos pequeños escalpelos, que en unos segundos hicieron contra en el cuchillo de Neco, y se oyó como éste cayó en varios pedazos troceado a sus pies, ante la incredulidad de todos.
Después ella comentó como sin dar importancia: "mis estiletes curan, mis estiletes matan ".
¡Lo inverosímil era que ambos se mostraban intactos después de haber troceado como manteca el gran cuchillo de Neco!
Y para concluir zanjó el asunto con estas palabras: "hoy vivirá, hoy por lo menos. Muy mala ventura daría, que el primer arreglo mío aquí, acabara en muerto".
Eso convenció a todo el mundo, y volvieron a lo que estaban: una cogorza monumental se fraguaba, y era momento de seguir en ello...

Las horas siguientes Siddi y Navajita prácticamente no se separaron. La india parecía entender todo lo que decía el forastero ante la envidia de Miracielos, que curioso por naturaleza, intentaba descifrar las locuciones de Siddi sin mucho resultado. Deseaba entablar conversación con el y así fue su segundo intento:
Se encontraba Siddi absorto con las hebras de un cabo, las miraba, acariciaba, lamía, e incluso les murmuraba.
Tratando Miracielos de simpatizar con el le preguntó:
- ¡Otra vez en Marte Siddi, y se está bien por lo visto!.
Antes de que le diera a el interrogador firmar la pregunta con una sonrisa, respondió Siddi:

- ¿Y a ti que carajo te importa? Vendería mil martes y hasta un  miércoles si me pidieras la Luna denegada y pretenciosa de un lunes. Y una vez que llegaras al hueso de su sombra, que sorbieras el tuétano de su luz, y la enterraras entre arrugas de rencor, chuleada entre carcajadas sin pasado ni futuro, omnipresente en su constante desesperanza, comida y defecada en mil millares de cuentos de hadas de todas las hijas de los muertos, al final de todos, contados y no olvidados, por la sacerdotisa nocturna; una vez y en ese momento: ¿la amarrarías con este cabo para evitar que su fulgor eterno, brindara a las estaciones sobre los siete pelos de tu cabeza?-
Por segunda vez Miracielos se volvió a quedar estupefacto intentando descifrar el sentido de sus palabras, pero no concluyó nada.







Pasaron los días, y Siddi si bien en sus primeros días en el Maribeltz se mostró singular y arrogante, comenzó a incrustar en sus constantes charloteos, cuñas de silencios que se fueron ampliando y aumentando, en tiempo y en frecuencia.
Hasta entonces, Trumoia no se se había dirigido a el para mucho. Admitió que se quedara a bordo, como los demás, sin pensar el como, para qué y porqué se encontraba allí; Trumoia no era en exceso curioso, pero se preguntaba si la melancolía que parecía ir invadiendo a Siddi, haría de el un sujeto molesto.
Desde que llegó, de aquella misteriosa manera como "caído del cielo", había transcurrido el tiempo sin saber nada de el, ni entender nada de lo que decía. Solo Navajita se comunicaba con el, y parecía comprender sus inexplicables comentarios; hacían una extraña pareja.
Hasta ahora, Trumoia había dejado pasar tal situación al comprobar como Navajita desarrollaba con buena disposición sus tareas como médica cirujana del barco. Poseía una habilidad extraordinaria y era un espectáculo ver como operaba a los enfermos y heridos. Además, Siddi le asistía con eficiencia mientras, eso si, parloteaba sin parar mientras tanto.
Pero ahora quería saber algo más de el; veía necesario su integración en el grupo, o por lo menos su no tan constante hostilidad. Si no fuera de tal manera lo abandonaría en cualquier lugar y pronto iban a pisar tierra.
Lo encontró junto a el ancla, cometiendo otra de sus extravagancias: la abrazaba y besaba, mientras le hablaba de esta manera:

-Lo que está, doncella de hierro, es que atravieso una severa crisis -en sentido griego-; una aburrida tormenta que arrasará mi identidad irreversiblemente. "Colaborar con lo inevitable" llegó a mascullar, sólo que "lo inevitable" es de natural tacaño y agrio, y seguir ésta máxima crearía un erial sobre un infierno, cubierto de acidez de ceniza sucia-...
¡Que poco queda en mi de Siddi al Bati, el hijo escupido del ron y la cogorza! Aquel que del vicio licuado y su olor culpable ruidoso, supo parir la sorpresa en "el otro", dando sentido al conjunto de datos pulverizados en saliva analfabeta para digestión de vosotros, seres a medio camino entre bebé y cadáver, pero igualmente consciente que ambos...terminó sentenciando.

Trumoia lo miró oblicuo a través de sus rendijas de serpiente vieja; de lado.
No soportaba las arrogancias, y menos los desprecios, pero no estaba seguro de que aquel hombre estuviera en sus cabales, y era cobarde y traía muy mal fario, castigar a los enfermos.
Pero la decisión ya estaba tomada, lo dejarían en tierra si no cambiaba radicalmente en los días que quedaban hasta llegar a ella; pero a Navajita no, ella se quedaría a las duras, si era necesario, con ellos; y así se lo comunicó:
-Siddi al Bati, te quedarás con nosotros si quieres hacerlo, pero aún que pases el resto de tu estancia en la Maribeltz bajo la lluvia de tus chácharas, como vuelvas a vomitar desprecios de sujetaré una novia del mismo hierro que ahora abrazas y visitarás con ella el fondo marino. No quiero que causes más discordias, así que escoge: o desembarcas, o mantendré lo dicho, si es que antes no te rebana el cuello alguien.
Siddi se quedó meditando una pizca antes de contestarle.
-Lo sabía, todo ha conducía inexorablemente a terminaría como ellos, hablando mucho, diciendo nada, malgastando su única riqueza, malvendiendo o tirando precisamente la única fortuna que poseía. Si, realmente era una posesión, pues la propiedad -si es que realmente alguien era dueño de aquello- excedía cualquier comprensión. No se puede comprender aquello que no te cabe, y jamás se puede amar lo que comprendes -el pensamiento le asaltó formulado-, por eso las derivadas jamás se enamoran de las ecuaciones, y nunca sintió probable, en realidad ni siquiera posible en términos prácticos, que un solo elemento como él supiera mantenerse "él" entre la apabullante grisura de una idiotez sin matices, que se alimentaba de...¿nada?-
Pero sucedía que no se hacía la idea de transitar por ese mundo lo que le quedara, sin estar en compañía de Navajita. Se imaginaba, -y Trumoia se lo confirmó- que Navajita se había hecho imprescindible en la Maribeltz; y con mucha razón no le permitirían abandonar la nave por ningún motivo. Además había descubierto que allí también residían otros entes no tan visibles, que aunque tampoco entendían sus peroratas, se le hacían apetitosas de trabar relación con ellas, como, por ejemplo, aquella doncella de hierro que ellos llamaban "ancla".
También estaba la Náyade en la proa, con la que mantenía vivas discusiones, los mil ratones y ratas tan alegres y chistosos, las velas que se sonrojaban con las últimas luces del día, y chismorreaban de todo y todos a conciencia, las olas que creaba el casco al navegar, que al ser molestadas, juraban de una manera tan divertida, que se pasaba horas y horas desternillándose (tanto que a veces se le desencajaba la mandíbula) de sus quejas y provocando así otros mayores juramentos que solo el podía entender...y cada vez más cosas, si. Estaba empezando a apreciar aquellos contrapesos a su mala disposición para con los humanos, y puede que consiguiera soportarlos lo suficiente, como para mantenerse junto a su indiecita, que tanto le quería, y que además le estaba enseñando a utilizar aquel cuerpo en el que se encontraba. 
Si, se le haría muy difícil mantenerse allí, pero contestó decidido:
-Se deshará lo que se pueda, lo que se pueda-..y siguió conversando con la doncella.


  


    





  




   


    

  




  
    



       

viernes, 18 de abril de 2014

LABIX

 LABIX

Angelas, genias, duendas, diablas...se les denominaba de varias formas, aunque entre ellas se llamaran de otra manera.
No se hablaba mucho de ellas. Siempre eran mujeres y se las temía.
No obstante podían también resultar muy beneficiosas.
Eran las salvajes Melanirias
Cuando surgía alguna de ellas en una conversación, estaba muy mal visto y castigado, mofarse o convertir a cualquiera de ellas en habladuría; más de una vez algún ligero de lengua, terminó raudo su chisme con una cicatriz firmada. Por contra, cuando era persona con crédito, el silencio atrapaba a los concurrentes para dar paso a sus palabras, y como no a tamborileos de manos, castañeos de dientes y otras pruebas que demostraban el temor que se les tenía.
Pero caídos en sus brazos, se las amaba como nunca podría amarse a nada.




Yago estaba feliz. Era ya mediodía y todos seguían dormidos. Ella también descansaba ahora.
Cando la vio llegar a lomos de su gran serpiente, fue el único que no se asustó. Al fin y al cabo, (ya lo dijo Neco) -Yago es un Djinn, afortunadamente bueno-
El intuyó con antelación que se acercaba algo alarmante, para eso era un Djinn, pero no estaba preocupado.
Estaba feliz porque ahora podría realizar sin trabas su eterna tarea: cambiar las cosas de sitio. Ellos, -los piratas-, no eran capaces de entenderlo, ¡Las cosas tenían que estar siempre en su lugar!, y que los sitios cambiaran de ubicación continuamente daba buena suerte les advertía, pero no le creían.
Después, cuando despertaran, volvería a explicárselo y esperaba que de una vez por todas lo comprendiesen.
Pero mientras iba a aprovechar que nadie le podía impedir que lo reordenara todo a conciencia. Y así mientras Labix retozaba con toda la tripulación dormida uno a uno, el comenzó a mover las cosas al emplazamiento que realmente les correspondía para ese día.
De cuando en cuando se cruzaba con ella y se sonreían, cada uno estaba centrado en su tarea y no se molestaban. Bueno, en realidad ella tuvo que apartarse varias veces con prontitud, al interponerse ella en el camino de Yago y sus muebles, aparejos, herramientas, bártulos y todo tipo de cachivaches. Por supuesto el no iba a esperar a que le dejara libre el camino, mientras ella se entretenía con el pirata de turno, ¡tenía que apartarse y rápido, el estaba trabajando y ella se divertía!, -pensaba el-.
Yago no sabía que lo que ella estaba haciendo era bien diferente.
Otra gran afición del Djiin era la comida, y con todo el mundo dormido, concluida su tarea se encamino al paraíso ¡la cocina! Pero antes se asomó por la borda, para admirar la gran serpiente sobre la que arribó aquella bellísima mujer. Cuando despertase le convencería para montarla los dos y dar un largo paseo. Pero eso sería después.
Pero dejemos a Yago para más adelante, y os contaré la peripecia completa en la que se vio envuelta la Maribeltz y los ahora durmientes, que hasta hace bien poco se sorprendían ante la aparición y posterior arribo, de aquella mujer de indecible belleza que desde muy lejos vieron navegar hacia ellos serpenteando y cabalgando las largas olas, interpuestas entre el horizonte del que surgió, y el brillante casco del Maribeltz.
Lekim, la serpiente de platas y agua, les persiguió sin descanso durante tres singladuras, con Labix cabalgándola enhiesta con sus piernas bien sujetas a su cuello, sin aflojar ni por un momento. La Maribeltz con todo el trapo al viento, surcaba rauda la mar con viento fuerte entrando por popa; todo le era favorable en su huida: viento, oleaje le acompañaban y la inmejorable disposición nave, comandada por un Trumoia experto y con toda la marinería entregada, hacía que el espectáculo resultara eléctrico. La Maribeltz pareciera una potra salvaje a galope tendido por un interminable campo de espigas que por su cabalgada arrojara semillas de resplandecientes gotas de agua, volaba cortándola con su proa como un alfanje bien afilado, las olas parecían azuzarla compitiendo con ella, como diciéndole ¡huye, huye, no te des tregua, huye!
Pero aquella maldita serpiente no cejaba ni por un instante su empeño, cada vez más grande, cada vez más cerca ondulaba experta entre las olas. Por la noche la luz de la Luna al rebotar en sus escamas, hacía cabrillear el agua indicando que ni se perdía, ni se rendía.
Al segundo mediodía la serpiente se puso al alcance de la pequeña pero mortal culebrina de popa, pero ante cada uno de los dos disparos que consiguió hacer, Lekim se sumergió veloz con Labix bien sujeta evitando la escupida; la serpiente ganó a la culebra.
Cuando se disponían ya a enfrentarse con todas sus armas a la amenaza exhaustos pero resueltos, esperando la segunda emergida...la serpiente y su amazona no aparecieron.

Les hablaron de Labix, les advirtieron de su peligro, sabían que era uno de esos temidos seres, pero a pesar de saber de la desaparición de varios barcos por aquellas fechas en las aguas que iban a surcar, no hicieron caso. Tenían algo muy decisivo que hacer después de el episodio en la isla de Marama. Muchas bolsas de perlas les esperaban y la avaricia se impuso y se arriesgaron. Ahora esperaban por turnos intentando no dormirse ante la aparición de Labix.
Pero el sopor los fue conquistando uno a uno, y los venció a todos.

Yago despertó a media mañana. Pidió ayuda a aquella mujer para arriar las velas, a lo que ella accedió. Entre los dos desaferraron las velas y cada uno se dispuso a sus tareas: uno a reubicar las cosas en sus nuevos lugares, y la otra a introducirse en los sueños de los dormidos.
De eso se trataba, Labix necesitaba de los sueños de los marinos.
En ella era como si habitaran dos entes unidos por los sueños, que se alternaban una y otra vez. El prodigioso y el humano.
Deseosa de experimentar el latir su pasado humano, Labix se introducía en el sueño de los dormidos, y así con las soñadas de ellos se hacía mujer carnal en sus sentimientos cerebrales; catarlos era como una droga para ella. Además en los sueños se recopilaban muchos de los temores ocultos, deseos insatisfechos, vivencias notorias, recuerdos, metas y logros, aciertos y errores, virtudes, pecados...eran la esencia de las personas vista de una manera fantástica y sin límite, sin ataduras ni freno; era su faceta espiritual y a ella le apasionaba vivirlos conectada a sus mentes.
A los invadidos, una vez superado el primer pavor que percibían en su inconsciencia, se dejaban explorar sin armadura, se iban relajando cada vez más profundo y lo mostraban todo.
Ya dentro, Labix separaba la paja del grano, y si bien se deleitaba con lo onírico de sus reposos, también apartaba pesadillas sin sentido y temores infundados siendo el resultado de ello bien provechoso. Todo tipo de locuras, trastornos, miedos ocultos... desaparecían
Lo malo era que no siempre despertaban.
Para hacerse hueco en su razón dormida, Labix se tenía que acercar y reposaba sobre ellos aspirando sus sueños, -era lo único que le interesaba de ellos-
Cuando llegó a Trumoia, al tenderse sobre el escuchó algo como un burbujeo, pero no le echó cuenta y se dispuso a contemplar sus pensamientos.
El ojo albino de Trumoia con el contacto aumentó su burbujeo. Aquella mujer (o lo que fuera), contenía dentro de ella conocimientos desconocidos, y no iba a dejar escapar su contenido.
Labix comenzó a notar sensaciones nuevas estando ya sobre el pirata. Intrigada lo observó un rato mientras se preguntaba: ¿que era lo que tenía de especial aquel hombre, para que dilatara en su habitual quehacer?
Estaba comenzando a sentirse diferente a siempre.
Se sentía especialmente contenta sobre el tuerto aquel y algo le iba invadiendo, apoderándose de ella una sensación desconocida.
Poco a poco empezó a jadear, entendiendo cada vez menos lo que le pasaba.
Labix sintió un deseo irrefrenable, que no había experimentado nunca, hacia aquel hombre.
Sin entender porqué, lo desnudó.
Ante la inadvertencia de ella, el ojo brumoso de Trumoia cada vez estaba más luminoso y caldeado.
Ella lo acarició, mesó sus cabellos, aspiró su respiración, lo besó, hurgó con su lengua en el interior de su boca acariciando a la suya, lo lamió, lo abrazó encendiéndose en el y notando que les envolvía a ambos una tibieza desconocida.
Sudaba por primera vez, y sentía como en su entrepierna algo le bullía y le dominaba.
Sin saber porqué lo hacía, liberó sus pechos y subió su falda.
Descendió otra vez hacia el, y sintió como "aquello", la penetraba produciéndola gozo.
Lo sujetó por las muñecas y entabló un ritmo sobre el cada vez más frenético mientras se humedecía cada vez más, y más, y más...
El ojo blanco bullía ahora, mientras Trumoia a su vez se encabritaba y la sacudía de abajo hacia arriba.
Con el traqueteo botaban sobre la madera sonando un cada vez más trepidante: tumbp, tumbp, tumbp......
A cada instante aumentaba el ritmo y la potencia de las sacudidas.
Para Trumoia era un sueño, para Labix una realidad -desconocida hasta entonces- delirante.
Le sudaban hasta las uñas, brillante y chorreando placer encima del pirata, sin tener noción de lo que veían sus ojos perdidos
Algo se fue haciendo cada vez mayor dentro de ella y advertía que reventaría de un momento a otro, era como si subiera al cielo a la carrera.
 ...y al llegar a la cima, estallaron los dos entre gritos y jadeos el, y con un alarido de ella larguísimo y penetrante, que inquietó tanto a su serpiente que izo que asomara su cabeza con agilidad por la borda dispuesta a defender a su ama, produciendo un inquietante balanceo.
Al ver su gran cabeza a su lado, justo pudo hacer un gesto mudo para calmarla, si bien se quedó ella observando erguida su cabeza en la cubierta un rato, escudriñando posibles peligros.

Yago, que dormía plácidamente después de haber rebuscado en la despensa, para con calma ir masticándolo todo, por el chillido final despertó y acudió a ellos. Al ver al la gran serpiente allí, una sonrisa inmensa se plantó en su cara. Se acercó a la escamada y se miró en ambos ojos; le hizo gracia la disposición lateral de ellos. Después manoseó su morro sin dejar de sonreír mientras resbalaban sus manos por las escamas. Con los dedos levantó una de ellas y al soltarla sonó un ¡clack! al volver a su posición original produciéndole sorpresa; mientras Lekim sacaba la lengua y le alenguaba con delicadeza, acción que produjo una alegría desbordante en el, minimizando sus párpados ya de por si rasgados. Le gustó aquel juego con las escamas y repitió la manera con muchas más de ellas, a cada vez seguía un ¡clack! nuevo, y a la serpiente parecía que le satisficiera, ya que continuaba cariñosa con sus lametones; se entendieron bien desde el comienzo.
Ahora la mujer aparecida también dormía, todo el mundo lo hacía menos el y la serpiente. Pensó Yago, en montar sobre ella para dar un buen paseo, estaba seguro que la serpiente se lo permitiría. Lo estuvo tramando, pero ¡podría ser que no le gustara a la Melaniria hacer esto sin su consentimiento! Como adivinado su pensamiento, Lekim se deslizó hacia el agua.
Pensó en como pasar el tiempo de otra manera mientras se despertara alguien, y después de hacerlo un escaso minuto decidió que haría: cambiaría de lugar más muebles.
Después de emplearse en la tarea, se fue a dormir. Eso igualmente le gustaba mucho y estaba fatigado.
Al despertar todo seguía casi igual, únicamente Labix estaba levantada, aún aturdida por algo que ella no recordaba bien. No entendía lo que había sucedido, siempre que abordaba un barco y en cuanto se empapaba de los sueños y pensamientos de los tripulantes, sin más lo abandonaba. Pero en aquella ocasión se había quedado como ellos ¡dormida!, además algo le pasaba ya que se encontraba algo débil y perdida. Soñó que retozaba gozando con aquel marino, mientras una gran esfera blanca giraba a su alrededor jaleando sus movimientos con el. Ese mismo proceder más habitual entre hombres y mujeres los conocía y nunca había podido entenderlo, ni siquiera en sus narcosis propias de todas las Melanirias.

Ya antes de divisar al Maribeltz, Labix sentía la presencia de un ser especial a bordo. Eso le incitó incluso más de lo habitual a emprender aquella persecución. Perseguía las presas, con objeto de atrapar los espejismos deslumbrantes de los sueños de los navegantes, pero también estaba intrigada de saber quién otro diferente navegaba con ellos. Cuando por fin los abordó, dejó para el final entablar con el Djinn conocimiento. Ahora era el momento aunque se encontrase extrañamente tan cansada.
El la esperaba junto a la serpiente -que asomaba por la borda-, con su perenne sonrisa y su pícara mirada, que alternaba entre ella y Lekim. Mientras, la acariciaba con su mano, y levantaba sus escamas para producir los sonidos que tanto placer le daban tanto a el como a la serpiente; Labix también sonrió. Se comunicaron con claridad entre ellos sin palabras. Yago quería no solo dar un paseo sobre su serpiente, sino que además había decidido irse con ella.
Desde que se hizo a la mar, siempre fue bien tratado y apreciado, pero sentía que su tiempo allí se acababa. Los recordaría con mucho afecto pero estaba decidido, y ¡quién sabía si volverían a encontrarse ! Por otra parte su instinto le indicó que acompañara a la Melaniria.
Labix se fatigaba dando signos de una cada vez mayor debilidad.
Algo había en aquel navío que la instaba a que se alejara de allí, y tanto el Djinn como Lekim lo advirtieron.
Labix desfalleció y cayó al suelo, ¡tenían que largarse de allí y bien rápido!
Yago la encajó en un hueco natural que tenía la serpiente en su lomo, y ya en el agua recostada sobre la cabeza, y sujeta por la larga lengua bífida se alejaron unos metros del casco y esperaron. Yago tomó una soga para sujetarse ambos a la gran serpiente por la boca y después de echar un vistazo, corrió a coger su esponja de la suerte, -aquella que cuando aprendió a sumergirse sin tragar agua, encontró bajo las cristalinas aguas de una cala-
La serpiente estaba impaciente, se cansaba de sujetar a Labix con la lengua y le entraba agua por las comisuras de la boca. El Dijnn saltó al agua y antes de incorporarse al lomo, y después de pasar la soga por la boca, sujetó bien a Labix por la espalda y manos.
Se encontraban a corta distancia de la proa, y mientras terminaba de anudar la soga, Yago sintió una mirada en la nuca.
Se volvió y supo la razón de el mal de Labix...
Naydet, protectora del Maribeltz había hecho su trabajo, alejar a la Melaniria de allí, aunque lo suyo le costó conseguirlo. Pero faltaba algo y se lo recordó al Djinn: la tripulación entera seguía dormida y no era seguro que despertaran.
Yago, condujo algo más lejos a la serpiente del casco por la soga, y después la colocó orientada a la proa, y mirando fijamente a uno de sus ojos le dijo: -espera-
Pensó como hacerle entender sus intención de volver para irse con ellos, y se le ocurrió dejar su "esponja de la suerte" entre dos de sus escamas de su morro, confiando que entendiera que era su objeto preferido y que lo perdería si se iban sin el; puede que fuera ser demasiado entender para una serpiente, pero no se le ocurría otra cosa, así que después de hacerlo nadó hacia el barco.

Varias embarcaciones desaparecieron por el hacer de Labix por esa zona. No era intención de ella que sucedieran estas cosas, pero así eran ellas las Melanirias. No buscaban causar calamidad, pero muchas veces lo perpetraban sin ser conscientes de ello.

Yago tenía que despertar a la tripulación que continuaba toda ella inmersa en sus sueños, con serias dudas que los abandonasen. Las alucinaciones causadas por la invasión de Labix en ellos, las gozaban tan vividas en sus adentros como lo demostraban sus rostros, que denotaban una total relajación y gozo.
Ya en cubierta y sin dejar de vigilar la espera de Lekim, pensó como despertarlos sin causarles sobresaltos y a su vez no pusieran pegas a su decisión de marchar en busca de otros rumbos diferentes a los suyos.
Y siendo pícaro por naturaleza sonrió al iluminársele la manera. Extrajo la pluma que portaba en su sombrero, y con ella, uno a uno les fue cosquilleando los pies, narices, orejas...
Mientras, Labix ya fuera del barco se iba reponiendo poco a poco y la serpiente esperaba algo más calmada.
Se entretuvo un poco si, pero veía que le esperaban, así que mientras los piratas comenzaban a abandonar su sopor, el se reía divertido con su juego.
Esa sería la imagen de el que mantendrían: una última broma, su perenne sonrisa y verle alejándose a lomos de la serpiente en compañía de Labix agitando hacia ellos su mano.
¿Que fuera asombroso que los despertara con una simple pluma? Bueno, al fin y al cabo, el era un Djinn.

Al abandonar el barco, la serpiente intuyó que algo había cambiado en Labix. Su fino instinto le indicó que ella iba a necesitar un lugar tranquilo para reposar y por primera vez la desobedeció. Sabía de un lugar donde estaría tranquila y segura, y tomó aquella derrota sin obedecer la órdenes de su ama. No entendía el porqué, pero intuía cambios importantes para con ella, y que necesitaría de su total protección por un tiempo. Labix que era todo coraje y brío se haría indefensa, aunque también tendría la ayuda de el Djinn.
Ahora sin saberlo, le esperaba la preñez y el parto de la que sería hija suya, Stella. Por un tiempo se convertiría en una humana transitoria, aunque gestaría más rápido de lo habitual y a su vez Stella en sus primeros años se desarrollaría mucho más rápido de lo que dicta la naturaleza humana. Sería hija mestiza entre Hombre y Melaniria, pero no la única ni mucho menos. Así mismo Stella y Yago no se separarían nunca.
Pero no es momento de contarlo ahora.
    




        


sábado, 8 de marzo de 2014

ARTRITA

 ARTRITA

Angelas, genias, duendas, diablas...se les denominaba de varias formas, aunque entre ellas se llamaran de otra manera.
No se hablaba mucho de ellas. Siempre eran mujeres y se las temía.
No obstante podían también resultar muy beneficiosas.
Eran las salvajes Melanirias.
Cuando surgía alguna de ellas en una conversación, estaba muy mal visto y castigado, mofarse o convertir a cualquiera de ellas en habladuría; más de una vez algún ligero de lengua, terminó raudo su chisme con una cicatriz firmada. Por contra, cuando era persona con crédito, el silencio atrapaba a los concurrentes para dar paso a sus palabras, y como no a tamborileos de manos, castañeos de dientes y otras pruebas que demostraban el temor que se les tenía.
Pero caídos en sus brazos, se las amaba como nunca podría amarse a nada.

En el origen de los antetiempos de los humanos, antes de que los grandes dioses se adueñasen de las fabulaciones y designios de las personas, ellas ya presentaban forma humana. Una creencia afirmaba, que todas las razas provenían de ellas, y de ahí su afecto y ocasional acercamiento a las personas. Eso si, su mentalidad era similar a las de las bestias, careciendo de capacidad de distinguir bienes o males. Actuaban por impulsos primarios y cuando deseaban algo, lo mostraban puro, sin engaños. Su cristalina voluntad provocaba por ello repartidas, dichas y desgracias.
Los posteriores dioses y diosas -caprichosos y siempre prestos a jugar con los mortales-, se adueñaron de los limbos y con engaños las desterraron a los mares
No les fue muy difícil confundirlas y evitar así enfrentarse a ellas, su naturaleza franca no les complacían y no dejaban de inquietarles sus poderes.
Aparecían de distintas maneras. Se mostraban a los ojos de todos, algunos, o un solo miembro de la tripulación, y aquellos que recibían su deseo, ya nunca eran abandonados por ellas.
Por una parte serían protegidos ante muchos contratiempos. Raro era el que se ahogara alguno de sus elegidos en un naufragio (se sabía de algunos que sobrevivieron sin agua ni alimentos, ni siquiera un flotante al que aferrarse durante meses sobre las aguas), que muriese por balas u otro tipo de armas (entraban y salían de sus cuerpos sin dejar más que un pequeño rastro en forma de caprichosas cicatrices), no padecían en exceso enfermedades comunes en otros compañeros...pero no todo eran buenaventuras.
Como una fiera que con su presencia ahuyenta a sus enemigos, pero que a su vez al ser acariciado, por sus garras son heridos, los escogidos también sufrían de diversas maneras sus protecciones; ellas, no eran conscientes de ello y a la vez protegían y lastimaban.
Yo vi una, pero para mi fortuna no se interesó por mi.
Su nombre era ARTRITA




ARTRITA se apareció en la estela del barco, y permaneció allí varios días. No hubo manera de despistarla ni de deshacerse de su presencia.
Se vertió aceite hirviendo sobre su reflejo, se hizo arrastra un gran trozo de vela tapando la estela durante un día entero ocultándola, se le lanceó, se le disparó, se colgaron trozos de carne que atrajeron a los tiburones esperando que acabaran con ella, se botaron a su presencia toda clase de inmundicias, y por fin se invocaron a todos los dioses conocidos implorando para que desapareciera...pero nada surtió efecto.
Finalmente su inquietante reflejo se incorporó a cubierta de una manera tan sobrenatural, que describirla sin haberlo visto resulta harto difícil, pero lo haré de la forma más precisa posible:
Después de intentar evitar su imagen por las formas descritas, y cuando aún se maquinaban nuevas maneras en pos de conseguirlo, un atardecer después de un día bien soleado, el rostro que se vislumbraba en el reflejo que tercamente se aferraba a la estela de aquella nave en el que estaba embarcado, abrió sus ojos que hasta ese momento habían permanecido cerrados.
Todos quedamos prendados de inmediato de aquellos maravillosos ojos verdes, que contrastaban con su faz de un inquietante color encarnado.
Temblando como la luz de una vela se incorporó sobrepasando la popa para eclipsar el último alumbrar del Sol ya maduro, fundiéndose entre sus sangrantes colores. Emergieron al pronto de sus ojos dos volcanes verdes del color de la fruta joven, rodeados por fulgores deshilachados como brillantes manojos de hierbas que palpitaban; sobrecogía su mirada fantásticamente intensa.
Todo comenzó a latir, parecía que el mundo barruntaba un inmenso terremoto, cada uno se aferró a lo que tenía más cercano, nuestros corazones se aceleraron hasta lo imposible, nuestras pupilas se agigantaron pareciendo que iban a reventar, los cabos y maromas se tensaron, los herrajes se calentaron, y por fin las velas se hincharon repentinamente hasta casi volar de los mástiles.
Ella por fin se situó en la mayor, desde allí y por sus dos caras nos observó a la vez a todos dejándonos como clavados a cubierta incapaces de realizar ningún movimiento y prendidos de sus ojos fantasmagóricos. Un halo verde lo invadió todo y por fin escogió...
Menos apenas tres marineros y mi persona, toda la tripulación fueron iluminados por el fulgor verde de los ojos de ARTRITA. Uno a uno se fue acercando a sus rostros petrificados para besarlos apasionadamente y así quedar marcados por sus labios.
Los elegidos quedaron extasiados, y narraban una y otra vez la fascinante sensación de aquel trance. A partir de aquel momento algunas noches soñaban con ella, para contar entusiasmados por la mañana, las plenas sensaciones que les causaba su compañía.
Su halo cálido les calentaba la nuca en las guardias frías, advertían los peligros con la antelación suficiente para enfrentarse a ellos con una serenidad que anteriormente no poseían, no se sentían el uno celoso de los restantes escogidos, sino que quedaron hermanados.
Los días siguientes todo fue felicidad en la nave, toda la tripulación se sentía alegre y todo a bordo marchaba literalmente viento en popa, mientras transcurrían uno tras otro, espectaculares días y noches dentro de un ambiente amable y dicharachero. ¡Hay si hubiesen sabido lo que les esperaba!
Llegamos a puerto, desembarqué y me despedí de todos sintiendo cierta envidia de la alegría del grupo recibido de ARTRITA, ¡se les veía tan dichosos!
Pero unos años después supe de su infortunada suerte y de las consecuencias de las querencias de ARTRITA.
Esto es lo que me contaron:
Aquella nave fue a menudo aludida por sus logros y tomo el nombre de la aparecida, encomendándose con devoción a su imagen que la decoró como mascarón su proa.
ARTRITA, conseguía transportar sus mercaderías en tiempos bien cortos, a pesar de las condiciones que se encontrasen durante sus travesías. Era ahora más marinera en su navegación y lo hacía más rápido que antes, no habiendo barco pirata que se hiciera con ella. Los temporales que se encontraban no la doblegaban, ni conseguían quebrar sus mástiles, ni hacían variar su rumbo. Todo eran buenaventuras.
Pero una noche ARTRITA se apareció en sus sueños.
Contaron como aquella noche la soñaron con una intensidad desmedida. Sus artes, fueron salvajes como nunca imaginaron. La bestia que había en ella, los tomo como muñecos sin consideración alguna, y como resultado de ello salieron exhaustos y maltrechos. Algunas de sus articulaciones resultaron dañadas en el fregado soñado, y ahora padecían entre grandes dolores las consecuencias.
Unos no podían andar, otros utilizar sus manos. Hombros, empeines, tobillos, rodillas, codos...todos padecían algo en su cuerpo. ARTRITA les hurgaba en sus huesos ocasionando grandes dolores, sin ser consciente de ello.
El barco sin poder ser gobernado, ni marineado, quedó a merced de las corrientes y vientos.
Un marinero que se embarcó en aquel último viaje consiguió huir despavorido por lo que contempló, -portaba tatuado el rostro de ARTRITA en uno de sus brazos-. No había conseguido borrarlo de ninguna manera y lo solía llevar tapado. Me dijo como a pesar de no estar señalado por ella, cada vez que se acercaba a la costa, le hormigueaban los huesos.
El fue el que me relató los acontecimientos mucho más tarde. Después de los sucesos abandonó su profesión.
Del barco, nunca se supo más nada.





martes, 18 de febrero de 2014

El CATALEJO DE HUACA

Oí hablar del catalejo varias veces pero nunca lo pude ver, aunque sí me lo mostraron dibujado.
Pero... aquel diminuto pájaro sí.
De aquel pequeño cantor os contaré más adelante, pero ahora, sabed de dónde procedía el mágico instrumento:

EL CATALEJO DE HUACA.

Se dice que en toda la mar sólo hay un catalejo capaz de mostrarte el futuro. Este, al ser un aparato encantado, funciona únicamente en manos de un corazón puro, por lo que nadie está seguro nunca de si lo que le muestra es el presente o el futuro.
Huaca, cuando era joven, usaba el catalejo, regalo de su padre, para ver cómo su progenitor volvía de lo que él pensaba que eran largas temporadas de pesca.
Era realmente precioso, con el exterior dorado y en él labradas batallas que Huaca pensaba que eran de tiempos remotos.
Pero todo cambió. Una mañana Huaca fue al puerto, como todos los días, por si su padre volvía; miró por el catalejo y se quedó asombrado de la escena: al fondo, un grupo de piratas traían el cadáver mutilado de su padre. Esta vez se habían olvidado de bajar la bandera negra que ondeaba en lo alto de la embarcación, por lo que Huaca descubrió la verdad.
Su padre era un pirata, no un pescador, y su catalejo no estaba labrado con batallas de un tiempo lejano, sino con las conquistas de su padre antes de que él naciera.
Entonces las lágrimas del joven brotaron de sus ojos, empañando el catalejo, mientras juraba a los dioses que nunca más sería engañado, que se anticiparía al futuro viéndolo antes; así, el mecanismo quedó embrujado al derramarse sobre él lágrimas de un inocente.
El artefacto corrió distinta suerte que su dueño, pues Huaca se echó a la mar con la esperanza de vengar la muerte de su padre, pero, al ver por su aparato que quien lo mató fue el hijo huérfano de una víctima de los piratas, decidió quitarse la vida, mientras su mágico catalejo fue engullido por una gran ballena blanca.
El mamífero expulsó en sus excrementos el ansiado tesoro que muchos buscaron durante toda su vida y que, tarde o temprano, tendría que encontrarse...




Texto de Roberto Ramos Rodríguez

sábado, 23 de noviembre de 2013

MARAMA Y SÁNDOR

SÁNDOR

Se dice que todas las personas tienen una historia, pero hubo una vez un hombre que tenía miles. Algunas las ideó él mismo, otras las vivió y otras las tomó de unos labios amados por él, robando una con cada beso que le daba. Pero contar esto es comenzar por el final y así no debe empezar ningún relato.
Nació en Hungría y allí vivió su infancia. De su tierra natal recibió el regalo de un profundo amor por la música y de sus padres, que le contaron sus primeros cuentos, la fascinación por la palabra. Le llamaron Sándor, forma húngara del nombre Alejandro. Tal vez por ese motivo, por honrar el nombre que llevó el más grande de sus tocayos, quiso desde muy joven recorrer el mundo y realizar conquistas, aunque él no soñaba con oro o posesiones: solo quería conquistar historias. Era apenas un niño cuando huyó de casa. Con las manos vacías y a pie, emprendió el largo camino que le separaba del mar. Conoció el hambre y la sed; sus ropas se ensuciaron y rasgaron; sus pies descalzos se llenaron de ampollas y heridas sangrantes, pero nada pudo detener su marcha. Cada penuria era para él un capítulo de su Libro de Aventuras (al que otros llamaban “vida”) y lo aceptaba con el convencimiento de que tendría un final feliz. Tras muchos días de viaje, cuando ya no sabía si hacía semanas o años desde el momento en que partió de la casa paterna, lo vio. Estaba allí, lejos aún, más azul que el cielo, más brillante que la plata y, pese a que lo veía por primera vez, lo reconoció: el mar; esa porción de agua que se convertiría en su hogar y, probablemente, en su tumba, porque una vez encontrado, no quería abandonarlo ni siquiera tras su muerte.
Encontró a unos campesinos a los que preguntó por el nombre de aquella franja azul. Es el Adriático, le contestaron y el repitió el nombre. Adriático, dijo, como empapándose de él al tiempo que lo colocaba en su lugar apropiado dentro de la historia que empezaba a nacer en su corazón. Encaminó sus pasos hacia la orilla, sin dejar de mirar al mar, ajeno a todo lo que no fuera ese brillo húmedo que llenaba sus ojos. Su andar se volvió lento, reverente, como si se dirigiese al altar de su dios a realizar un sacrificio. Llegó al borde de la playa, se arrodilló junto al agua y la acarició con sus manos, saludando al líquido, al tiempo que sus ojos derramaban lágrimas de emoción y alegría sobre las olas. El mar aceptó su ofrenda y le invitó a entrar en él. Apenas unas horas después, se había enrolado como grumete en el primer barco que salía del puerto, un mercante que llevaba aceite y vino para cambiar por oro con los comerciantes de los puertos en que recalaría.
Aquel barco fue su primer hogar marino. En el aprendió a reconocer las mareas y los vientos, las partes del barco y los distintos oficios que en él se practicaban. Por las noches se sentaban todos en la cubierta a descansar, fumar sus pipas y contar historias de otros viajes y otros tiempos. Pronto el joven Sándor conquistó a todos por su imaginación y su gracia al relatar, llegando especialmente al corazón del capitán del navío quien deseó hacer algo en favor de aquel jovencísimo cuentacuentos.
Una mañana el capitán le llamó a su presencia y, aunque Sándor sabía que cumplía bien con sus tareas y que todos le apreciaban, no pudo evitar un cierto resquemor que se fue convirtiendo en pánico conforme se acercaba al camarote. Nada más abrir la puerta, el capitán le invitó a tomar asiento, al tiempo que le preguntaba si ya sabía leer y escribir. Cuando respondió afirmativamente, el oficial sonrió y, tomando de su mesa una caja de madera, se la entregó diciendo “Anota tus historias, para que no se pierda ninguna”. Luego le despidió y el grumete corrió hacia su litera, casi sin aliento, deseando descubrir lo que había dentro. Al abrirla encontró un pliego de hojas de pergamino, una pluma de cisne, debidamente despojada de sus barbas y recortada para escribir, y un bello tintero de plata. Esos serían sus primeros bienes y, quizá por ello, los más preciados que tuvo nunca.
A partir de aquel día fue llenando páginas de historias, mapas y dibujos, reteniendo en ellos cuando se presentaba a su vista o a su imaginación. Tuvo que comprar muchos pliegos más y un día pudo incluso coserlos, envolviéndolos en una cubierta de cuero, hasta convertirlos en el libro más maravilloso y fascinante que un ser humano haya escrito jamás. Pero mientras llegaba ese día, ocurrió algo que llenaría su libro de belleza y cambiaría su vida para siempre: las palabras se transformaron en mujer y Sándor encontró el amor. Una mujer que nada común que con sus palabras le enredó en columnas de aire fresco, le hizo subir al cielo y bajar a las profundidades de la tierra; entrar en un volcán, quemándose en su lava ardiente; sumergirse en un río de aguas cristalinas; volar, nadar y correr. No pudo evitarlo, se enamoró perdidamente de la narradora...

(Amparo Kreysa)


Ojead el libro y escuchad en silencio. Diréis que el leer no puede ser oído pero os equivocáis. Los relatos de Marama plumados por Sándor, son únicos y pueden ser escuchados. Su voz está viva en las sombras de sus signos esperando alborotar a cualquiera que pose su atención en ellos.
Pero antes de abrir sus recias tapas, conoced algo más de Marama y Sándor.

MARAMA

El rostro de Marama estaba rojo como el ocaso, la cabeza le bullía… había llegado la hora. Caminó hacia la orilla de la playa que absorbía las luces del día. Se amoldaba la arena tostada a sus pies, siguiéndola tras de sí sus huellas. Llegada a las aguas que repartían fulgores no se detuvo y se introdujo decidida en ellas. A unos metros dentro el agua bullía, varios grandes tiburones, con sus aletas espumaban surcos blancos en la superficie del agua. Mientras avanzaba, el nivel del agua fue trepando en Marama y llegado a su barbilla la mujer se detuvo y esperó. Las brillantes aletas fueron acercándose, la rodearon formando un círculo completo y se mantuvieron quedas. El último Sol se sumergió y sincronizada con él, la cabeza de Marama se ocultó bajo el agua. Dentro de su silencio se acercaron pausados los tiburones y la mujer fue a cada uno mirando a sus pequeños ojos. En la playa todos los habitantes del poblado observaban la escena. Unos instantes después partieron raudas las aletas dejando efervescentes trazas blancas sobre la superficie del agua.
Cuando salió del agua Marama…sonreía, ahora tranquila...



SANDOR, el vagamundos magiar, desde muy joven fue un viajero solitario. Cualquier vereda o travesía despertó siempre su deseo perpetuo de agregar etapas y singladuras. Afirmaba que el mundo no tenía principio ni final ya que estos lo determinaban el hogar de cada uno y el suyo estaba en sus huellas o en la estela del barco que lo transportara. En uno de sus viajes arribó a dominios maorís como tripulante de una embarcación, que en la barra donde rompen las olas fue cruzada y hundida a poca distancia de la playa ante los muchos ojos que observaban.
Los isleños no bienvenían a aquellos diablos blancos y los atacaban duramente, sin piedad alguna. No los querían allí por ningún motivo, les producía rechazo todo de ellos menos dos cosas, batallar contra ellos y zampar sus carnes.
Dos circunstancias salvaron su vida. La primera, que fue el único en no ser devorado por los grandes tiburones y la segunda, que al llegar a duras penas a la orilla ya sin ropas, su espalda se mostró primorosamente tatuada, con la representación de una biblioteca con sus estantes plagados de libros, ante la cual los nativos quedaron pasmados. Solo tres pertenencias libró a duras penas del naufragio, un violín con su arco, una pluma con su tintero de plata y un rollo de papeles con sus escritos, todo ello a salvo en una mochila cosida y encerada que portaba bien sujeta a su espalda.
Al llegar a la orilla totalmente desnudo, con mucha agua tragada, sus músculos hinchados y su piel encarnada por el esfuerzo, ofreció a los que ya se disponían a acabar con sus días en aquel arenal una imagen que no olvidarían, ya el Sol se ocultaba entre nubes y unos pocos de sus últimos fuegos se abrieron paso entre las nubes iluminando tenuemente el espacio donde en la orilla, Sándor se incorporaba. Luego se quitó el bulto de la espalda y apareció en su piel colorada y tensa la hermosa geometría tatuada, por el Sol magnificada. Antes de lancearlo, alguien sugirió despellejarlo para conservar su torso tatuado y la propuesta fue aceptada. Esa misma noche, intuyendo su escaso futuro, sacó su mejor arma para terminar de calmar a sus captores, su violín. El escuchar los sonidos de sus cuerdas y la templada voz que gozaba, hizo que al día siguiente los fieros maorís continuasen con sus dietas habituales, respetando su cuerpo blanco; eran demasiadas señales como para ignorarlas: su salvación del siniestro, los rayos del Sol haciéndose hueco entre las nubes para iluminar su espalda tatuada y aquel extraño instrumento que acompañado de su voz ocupó con gentileza sus oídos. Por este cúmulo de circunstancias Sándor fue respetado e inició su convivencia entre aquellas personas.
Amaba la retórica en todas sus formas y aprendió pronto la lengua maorí, al igual que lo hizo con otras en los muchos lugares que visitó. Su sabiduría y capacidad para el relato, y su bella voz profunda dispuesta también siempre al canto que tan bien hermanaba con su preciado violín, hicieron que pronto fuera estimado por ello...

Se encontraba en otra isla mayor y más poblada cuando se produjo “la llamada”. Estaba al tanto de que en cualquier momento se originase el que era mayor acontecimiento de las islas. Sabía del poder de atracción que tenía cierta mujer de nombre MARAMA, que en secreto ocultaban el lugar donde moraba. Los isleños le dijeron que era ella guardadora de la historia de su pueblo e inigualable cronista de todo tipo de relatos. De tiempo en tiempo, comunicaba a los habitantes de otras islas su intención de referir hechos, memorias y fábulas de todo tipo, que hacían que el suceso vaciase las islas vecinas, cuyos habitantes acudían en tropel y excitados a caer cautivos del poderío de las recitadas.
No era conocida asistencia de ningún forastero a la isla que en tiempos posteriores sería arribo de un desmantelado Maribeltz y hasta la llegada de éste, ningún otro hombre extraño puso sus botas o pies desnudos en sus calas, sin recibir andanadas de flechas y ataques en las orillas de los imponentes tiburones, que según decían los habitantes tatuados de aquellas islas protegían con celo a su señora. Sándor fue el primero, Marama ya había sabido de él y deseaba conocerlo.
Eran estos silenciosos escualos afirmaban, los que comunicaban las intenciones de Marama para sus convocaciones. Lo hacían portando el mensaje a las otras islas, por el modo de transmitir la noticia a selectas personas, en las que también habitaba el germen de las palabras, narradoras también ellas, aunque sin la grandeza de Marama. Conseguían entre todos que ellas naciesen en incontenibles oleadas de saberes, recuerdos, representaciones, fantasías y todo tipo de construcciones orales. En aquella convocatoria requirió Marama la presencia del magiar tatuado y por mutuo deseo se encontraron.
El encuentro entre Marama y Sándor fue seguido con mucho interés de los reunidos. En silencio contemplaron como Marama se acercó al extraño visitante y le pidió se levantase y descubriese los tatuajes que portaba en su espalda. Conocía ya Marama muchos aspectos de Sándor y observó con detenimiento sus libros tatuados, sin demandar explicación alguna ante tales refinadas marcas. Después de hacerlo le dedicó una sonrisa y en silencio se dirigió al centro de la gran cabaña donde sin dilación invadió el gran sigilo contenido para comenzar a expandir la magia de sus palabras.
Por el influjo de ellas, los asistentes reían, bailaban, se sumergían en largos silencios en los que las historias de sus ancestros les instruían en conocimientos de antiguo, como llegaron a aquellas islas y las vicisitudes del tan largo viaje, como estaba en los cuentos latente la sabiduría, relataba otros nuevos que boquiabrían a los oyentes depositándose en ellos muy dentro, la voz pausada de Marama, haciendo brotar de sus ojos tanto lágrimas de tristezas como relucientes destellos de alegría. El vigor y la extenuación, la dicha y el abatimiento, la armonía y la hostilidad, el arrojo y el espanto, la observancia y la premura, el sosiego y el trance, la historia y la fábula… todo invadía el recinto por el florecer de sus vocablos y sobre la cubierta de ramas de palma, iban transitando las horas y las diversas luces del día hasta llegar la negrura nocturna.
Llegada la noche, los reunidos habían viajado sentados a lo más lejano y cercano, transitando por el interior de la mente de aquella mujer menuda y hermosa.
Sándor sentía aletear nerviosas las hojas de sus libros tatuados. Parecía que las páginas demandaban recibir las sombras de sus palabras en la albura de sus hojas. No era capaz de asimilar toda la intensidad de aquellas largas horas, ocupadas por el lenguaje sencillo y directo de Marama que facilitaba su total comprensión y sentimiento. El vello erizado desde casi el comienzo, no cejó en su virilidad e incluso sintió como algunos de sus cabellos caían por no poder soportar la presión a momentos. Cuando acabó la reunión estaba al igual que todos, exhausto y subyugado.
No tardaron mucho Marama y Sándor en atraerse y amarse. Uno de otro saciaron su sed de conocimientos y ambos se embelesaban llenando los días y las noches con sus ciencias e ingenios.
Cuando uno hablaba el otro escuchaba prendado y acariciado por sus palabras, pasaba el tiempo y éste hacer continuo causaba regocijo entre los isleños que contemplaban -como se hace con un tesoro- la atracción de los dos personajes con gran complacencia, porque para todos ambos representaban un orgullo siendo la envidia de todo el archipiélago.
Muchas noches, se reunía todo el grupo en la playa cercando el fuego de una hoguera a escuchar sus fantasías y la dicha fluía a borbotones impregnándolo todo. Hasta los feroces tiburones parecía que atendían cerca de la orilla, sobresaliendo sus hoces en pausada armonía, mientras segaban en silencio las aguas.
Por entonces Anatahi ya gestaba en Marama.
A Marama cuando vio el tatuaje en el cuerpo de Sándor, le pareció bello. Un día le preguntó por el y Sándor le explicó como las palabras podían ser escritas y guardadas, en libros. Le dijo como aquel tatuaje representaba un depósito de libros, una biblioteca con sus estantes. Así esos tatuajes representaban los relatos que él iba, unos recopilados y otros propios, escribiendo. Le contaba como algo tan contrario como la experiencia del escritor y el ojeo del leyente, al pasar por el tamiz de las hojas escritas, los unía. Le explicaba que cada vez que un relato se leía era como que un nuevo libro se escribiese, ya que lo imaginado por el lector de ningún modo se correspondía en su total con la intención del escritor. Un libro era algo inacabable que no dejaba de crecer, según se iba leyendo por diferentes personas caminaba, pero siempre circunvalando al original. Cada libro era un mundo sin terminar de descubrir.
Marama desconocía la escritura. Para ella las palabras relatadas eran seres vivos. Cuando narraba algo nacían, vivían mientras eran contadas y cuando acababa el relato morían terminando el curso natural, esa era la secuencia de la existencia; cada vez que volvía a contar sus historias, se repetía el ciclo.
Sus conferencias eran tan sentidas por el poder de las palabras contadas en viva voz. Afirmaba que por los oídos penetraban las palabras, recorrían el cuerpo produciendo sensaciones y por los poros de la piel salían después para morir en el aire, por esa causa se erizaban e incluso caían los cabellos. Dedujo que al estar las palabras escritas, no estarían ni vivas ni muertas sino presas. No tendrían oportunidad de completar el ciclo natural de nacimiento, vida y muerte y por lo tanto sufrirían en el papel escritas. Ella concluyó de tal forma y prohibió a Sándor escribir nunca sus historias en libro alguno. No estaba dispuesta que sus historias pasasen tales sufrimientos, era mucho el amor que tenía por las palabras y haría lo que fuese necesario por ellas, como lo haría una madre por sus hijos. Sándor, escritor apasionado, intentó convencerla de su error… inútilmente.
Prometió que no lo haría, que solo escribiría los suyos. Utilizando algas y ceniza de las hogueras confeccionó un libro en el que escribió sus relatos y…los prohibidos por Marama; el también actuó con arreglo a sus convencimientos, aquello que escuchaba de Marama no podía perderse.
Un día ella lo descubrió y los días para Sándor en la isla tocaron a su fin.
Sabía que Marama no le permitiría que sus relatos continuasen en su libro y huyó. Evadido con su libro bajo el brazo y cerca de ser apresado apareció un barco en la isla. No lo dudó y se embarcó después de robar nadar el trecho que le separaba; de tal manera se despidió igualmente de la isla a como arribó como llegó a ella, nadando y una vez más respetado por los tiburones.
Lo le costó mucho convencer a su patrón de la poca conveniencia de arribar a tierra. Los maorís ya los acosaban de cerca y su vista atemorizó a la tripulación lo suficiente como para largar todo el trapo escapando de su amenaza. Así cada uno quedó solo del otro por sus convencimientos y Sándor continuó así su vagamundeo.

Acumuló un gran número de años, gran cantidad de ellos intensamente vividos, pero nunca olvidó a Marama ni dejó de amarla un instante. Tan fornido era su recuerdo que cada vez que leía alguno de sus relatos en su libro o en su memoria, perdía algunos de sus cabellos. Continuó su transitar sin casi paradas. Muchas veces pensó en volver a ella, pero al romper su promesa, desgarró lo que ella más quería de el, su confianza y para cuando quiso volver ya le pesaban los años y su suerte le negó el volver a verla.
Así se frustró el reencuentro:
Se encontraba al otro lado del mundo, ya era viejo y su cuerpo no estaba para muchos trotes, pero decidió intentarlo. Hacía tiempo que su cuerpo cansado le pedía un sitio en el que reposar hasta sus finales. Se encontraba en un lugar ajusticiado permanentemente por el Sol en compañía de un clan de temidos reductores de cabezas. Por alguna razón Sándor tenía una curiosa propensión a reunirse con los pueblos salvajes más temidos; sería pensaba el, porque eran más libres que los que de donde el provenía, eran de pensamiento sencillo y el hábito templado era más frecuente en sus vidas.
Para ellos Sándor representó conocimiento. Aquel hombre era ducho en materias para ellos desconocidas y su carácter sosegado produjo cercanía inmediata entre ellos. Los pocos hombres de aquel extraño color blanco como los puercos, para lo único que se aventuraban por allí era para hacerse con sus personas y encadenarlos para hacerlos desaparecer para siempre. El les hizo comprender que era mejor evitarlos que enfrentarse a ellos, pero las veces que aquellos hombres lograban sorprenderlos en sus razzias y capturaban a alguno de ellos, era el primero en ayudarles a perseguirlos y aprovechando su similar color de piel con cualquier argucia engañarlos emboscarlos, acabar con ellos y liberar a los raptados. Tampoco se oponía si se daba el caso, de que les cortaran y redujeran las cabezas con las que atemorizaban a sus enemigos y honraban a sus dioses y antepasados.
Cuando les comunicó que deseaba marcharse, aun causándole mucha pesadumbre la decisión, y sin intentar siquiera hacerle cambiar de opinión le ofrecieron ayudarle en su viaje por su edad y gratitud hacia el. Pero aquel viaje no pudo lo pudo realizar.
Cuando ya estaba todo dispuesto y ajustada su vieja mochila en la espalda, divisaron una pequeña nube que muchas veces se le había presentado en sus sueños. Esta nubecilla, a menudo se presentaba antes de disponerse a comenzar una de sus andanzas. Al principio se alegró pensando que era un buen augurio que se le presentase viva y se acercase a ellos.
Se encontraban en lo alto de una atalaya contemplando aquellas tierras que le ofrecieron tanto nuevas e intensas vivencias como bellezas y un corro de personas entre los que fue bien acogido y respetado. La nube se aproximaba sorteando unos riscos más bajos que daban al pie del picacho desde donde la contemplaban. Así a vista de pájaro se encontraba absorto contemplándola, cuando ella se detuvo a poca distancia y se deshizo en gotas lentamente desapareciendo mientras creaba unas fantásticas imágenes en movimiento con sus gotas, unas imágenes claras en la tierra seca mientras caían.
Contemplaron claramente en las secuencias, como primero se mostraba un libro cerrado, el suyo, después el libro se fue abriendo y corrieron sus páginas una a una de un lado a otro, cuando lo hicieron todas, el libro se cerró y en la contraportada apareció una Marama ya anciana sonriente. Después ella cerró los ojos y las gotas se evaporaron desapareciendo todo en un instante.
Sándor dedujo que Marama había muerto y que el no volvería a escribir una palabra más, ni marcharía a ninguna parte.
Les comunicó a sus deslumbrados compañeros el significado de todo aquello y supo que no volvería a ver aquel libro que se encontraba tan lejos, aquel libro en el que junto a los suyos se encontraba todo lo escuchado a Marama, aquel libro que el no podía imaginar que se encontraba acunado entre los brazos de ella cuando exhaló su último suspiro pensando en el, como postrero recuerdo de una vida casi del todo olvidada, aquel libro que un hijo suyo seducido por la misma nube blanca, fue buscado y encontrado después de embarcarse en un bergantín pirata de nombre Maribeltz, para tras un largo viaje hacia el otro confín del mundo conseguir que volviese a la isla de la que antes había huido de la ira de la que entonces lo reclamó.
Sándor sin embargo no se sintió lo apenado que se supondría después de aquella visión. Esa misma noche estando tumbado al fresco recordando sus vivencias en la isla de Marama, recordó cómo una vez ella le regaló un relato que comparaba a la vida con un nudo. Al no entenderlo le pidió que se explicara y ella le dijo que para hacer un buen nudo, hacían falta una cuerda con muchas pequeñas hebras; el nudo con sus hebras lo componían las vivencias todas, buenas y malas, como la vida.
El tuvo la dicha de conocer a una Marama plena y la tristeza de su ausencia, estaba más que compensada con la alegría de su memoria.





Mucho después, un extraño hombre con todo el cuerpo tatuado se presentó en aquel poblado. Al ver sus tatuajes, todos supieron que aquel era el hijo del que Sándor les habló tantas veces, Anatahi. Lo acogieron con agrado y al preguntar por su padre y si aún vivía, le contaron como murió al poco de producirse un hecho insólito. Le enseñaron después aquel último libro en el que se relataba como epílogo la aparición de aquella pequeña nube y lo acontecido. Pero Sándor sigue entre nosotros, le dijeron. Preside nuestra cabaña principal, en donde guardamos nuestros mayores tesoros. Estos son los conocimientos, los cuentos, la historia de nuestros antepasados, el lugar donde nos reunimos a debatir, a curar a nuestros enfermos, donde las mujeres alumbran a sus hijos, donde reposan las cenizas de nuestros muertos y, el sitio donde Sándor tantos y tantos ratos regaló a nuestras mentes y corazones con sus relatos y ciencias. En esa sombra, al dormir se pueden escuchar sus recitaciones, como si las palabras estuviesen vivas. Y además no está solo el, también se escucha, entre un rumor de aguas, la voz pausada de una mujer. Al invitarle a ver el interior de aquel pabellón entendió sus palabras. En un marco de madera se encontraba presidiendo en lo alto la estancia, la cabeza de Sándor refinadamente disecada. Supo por ello Anathi, lo mucho que aquellas gentes reverenciaban a su padre y se alegró por ello.
No obstante una preciosa pluma con su tintero y el resto de sus cenizas le fueron dadas. Aquel último libro escrito, lo conservarían ellos. Anatahi contempló largo rato el rostro de su padre y durmió esa noche en aquel recinto.

Durante la noche, soñó, soñó y soñó, asombrosas historias...


(Mikel Barrero)