miércoles, 25 de marzo de 2015

MIZAR Y DUA

EL MONJE

La misteriosa hermandad a la que perteneció, permaneció tenaz por mucho en el tiempo, pero llegó un momento en el que debido al excesivo poder y fortunas que reunieron, se les temió tanto que se decidió tenderles una emboscada que casi resultó perfecta y por la que se creyó haber acabado con todos sus miembros.
Pero algunos de aquellos monjes guerreros -los más astutos y bragados- consiguieron sortear la trampa junto con los que serían los últimos aprendices, prosiguiendo su quehacer como temidos asesinos y eficientes mercenarios, en lejanos lugares.
No conoció cosa alguna que no fuera como luchar, destruir, calcular sañas y crueldades...y lo hizo bien, ¡vaya que si!.


LOS AQWA

Hacía tiempo que unos belicosos frailes pusieron precio a la captura de un niño Aqwa vivo.
Cuando era posible hacerlo, estos niños se podían convertir en unos maravillosos guerreros. Sus capacidades eran extremas, y aunque su naturaleza no era guerrera, la desorientación que les sumía el encontrarse en un medio contrario, les hacía ser muy moldeables y con habilidad era posible asolarlos en un estado de confusión total del que daban buena cuenta los monjes convirtiéndolos en inmejorables siervos.
Era este el engaño que manejaban los frailes: la adoración a la naturaleza y el éxtasis que les producía sentirse parte activa de ella, para sustituirla por la idea de un Dios furioso, al que se le debía vasallaje por medio de la figura de sus pastores, los monjes.
Los Aqwa eran más admirados que temidos, la espiritualidad arraigaba en ellos y veneraban el entorno en el que habitaban, pero no interferían en la vida de los demás, ni se mostraban cercanos a otros de los muchos habitantes salpicaban aquella inmensa selva, que ellos denominaban como: "Corazón verde"
Era sorprendente su relación con una singular especie de caimanes de gran porte, con los que además de compartir pigmento convivían en total armonía; se les podía ver jugueteando con ellos y transitando por los ríos y marismas sobre sus lomos. Unos cuidaban de los otros y en caso de peligro, los mismos niños se introducían en las bocas de los saurios, encontrando entre las blancas crestas de sus colmillos, protección bien candada.
Pero tenían una gran amenaza en unas belicosas mujeres -las temibles amazonas- para las que capturar a alguno de ellos era un inmejorable botín para su orgullo.
Eran las piezas más codiciadas que demostraban su valor como cazadoras, y con el que podían sacar un buen rendimiento.
Las contadas veces que ellas conseguían dar con alguno de ellos, si era hembra, intentaban darle muerte ya que sentían mucha envidia de ellas. Las peleas eran muy feroces, siendo lo normal que varias amazonas murieran en el empeño y aún y todo eran escasísimas las capturas.
Con los varones el asunto era otro: las amazonas tanto los deseaban tanto como para servirse de ellos como obligados sementales en caso de ser adultos, como para obtener un gran lucro con su venta si fueran niños.
Los adultos no era posible utilizarlos para el comercio, pues si conseguían hacerse con alguno vivo  -cosa harto extraña- a las pocas semanas moría de pena por su libertad perdida.
Eso si, confeccionar una capa con el deslumbrante pellejo de un Aqwa, era de un valor incalculable, y producía un respeto inmenso hacia la persona que lo portara.
Pero cuando conseguían hacerse con un niño. Entonces, si era muy joven, podía sobrevivir al cautiverio...


LA PEQUEÑA AMAZONA

Para las amazonas era una provocación el que fondearan en aquel lugar.
Los asaltaron por la noche,
no querían molestas riquezas que no les servían para nada,
tampoco les interesaban aquellas armas, algunas tan extrañas.
En un santiamén acabaron con todos los que se pusieron por delante en cubierta.
Ya en el interior hicieron lo mismo con los pasajeros y por fin, dieron con la pequeña.
A Nan, le cautivó la chiquilla desde el principio. Esta intentó defenderse con una decisión impropia de una pequeña mimada y protegida, como correspondía a su origen que visiblemente se notaba aristocrático por lo lujoso de las prendas y riquezas que portaban.
Tiempo después Nan, mostraría una y otra vez con orgullo, la cicatriz que le quedó en el brazo después de la mordida que le propinó al tomarla en sus brazos; allí quedaron grabados unos a uno todos sus dientes.
Los pasajeros que además de la tripulación navegaban en aquella nave, de seguro eran de tierras lejanas. Todos ellos, de porte muy distintos a los suyos; altos, de rasgos angulosos, ojos profundos y oscuros, de ademanes elegantes, altivos, los cabellos mayormente ondulados o rizados...eran muy distintos a ellas.

La niña se fue adaptando a su nueva vida. Su instinto hizo su cometido y le hizo olvidar lo necesario para superar la situación y dejar grabado a fuego algunos pocos recuerdos para mantener la esencia de sus ancestros en ella bien dentro, a resguardo de todo, esperando.
El barco quedó abandonado a la deriva y se perdió en la enorme lámina del río.
A las amazonas les impresionaban los barcos, creían que las gentes que en contadas ocasiones aparecían por su río, eran pasajeros del tiempo y a aquellas enormes piraguas -con sus mástiles como árboles de ramas blancas- las respetaban y aunque secuestraran o acabaran con sus ocupantes, nunca las hundían.
Creían que tomando la dirección río abajo, llegaban a un gran remolino en un lejano lugar que no conocían más que de oídas, en el que eran atrapadas gentes de todas las procedencias y eras.
Les contaban que en aquel sitio todas las aguas dulces se convertían en saladas y que era infinitamente más grande que, juntos todos los ríos que existieran.
El remolino lo atrapaba todo, hasta el mismo tiempo que se detenía, y no sucedía otra cosa que estar siempre dando vueltas y más vueltas sin fin a una velocidad vertiginosa.
Pensaban que las naves eran samaritanas enviadas por un Dios extranjero que rescataban a los que podían liberándolas de su cautiverio, así que cuando alguna caía en sus manos, después de acabar o secuestrar a sus tripulantes la dejaban partir de nuevo después de limpiarla y repararla, río abajo de nuevo.
Las amazonas no eran samaritanas y allí no eran bien recibidos.


LA CAZA

Tres amazonas adultas y una niña caminan en total sigilo por la marisma, ni siquiera el fino oído de los caimanes las percatan. Un hedor de un aceite elaborado con excrementos animales las cubre por completo y se hallan perfectamente camufladas con pinturas adecuadas.
Llegadas a un lugar establecido de antemano, y antes de separarse cada una de ellas a donde les corresponde, llega una de las pocas situaciones en el que muestran la humanidad de la que como guerreras tan pocas veces hacen gala. La mayor de ellas -Nan- las arenga con unas pocas palabras. En especial se dirige a la discípula que ella misma secuestró no hacen dos años todavía del barco donde se encontraba, que tuvo la mala fortuna de fondear cerca de su territorio.
Para la pequeña, la corta vida que llevaba hasta entonces tomó un giro inesperado y absolutamente radical; pasó de tener un modo de vida pausado, como se correspondía a su ascendencia noble, a en el que ahora se encuentra.
Se encuentran ahora allí encaminándose cada una a su lugar, después de haberse despedido con la ternura de una caricia -sabiendo que era muy probable que no se vieran más con vida-, y con un choque de sus cabezas -mostrando de esta manera su determinación en el cometido hacia el que estaban comprometidas- ...
Nan -protectora de la pequeña amazona- llevaba varios años persiguiendo hacerse con el niño Awqa.
Reconoció a un bello macho como blanco de una anterior caza frustrada. En aquella ocasión Nan perdió en el lance a sus dos compañeras por la lucha que les enfrentó.
Pasado un tiempo nuevamente lo avistó junto a una bella esmeraldina preñada subida a lomos de un gran caimán, y comenzó a acecharlos con cautela.
Nan odiaba a aquel ser, ya que además de perder a sus amigas, sufrió el desprecio de el resto de la tribu, y fue castigada por comandar tal expedición fracasada; por ello, la obligaron a tirar su preciado arco al fuego, y a cortarse ella misma los dedos por los que erraron sus dardos. Era el castigo habitual por ser guía de una expedición sin el consenso de las jefas y encima fracasada.
Esta condena no impidió que retomara su actividad como guerrera, aunque le supuso un coste adicional al tener que cauterizarse el pecho que le quedaba.
Después de deshojar los tres dedos centrales de su mano diestra y repuesta de sus quemaduras, se puso a entrenar con un nuevo arco de manera inversa, y gracias a su natural empecinado y virtuoso, se convirtió -otra vez más- en una de las mejores arqueras.
Ya se encontraba pues en disposición de reponer el honor perdido, pero primero tendrían que ver como se presentaba la situación.
Si el padre las acompañaba, el éxito sería demasiado improbable y deberían esperar mejor otro momento en el que se encontrara ausente, no quería errar su cometido por un excesivo arrojo.
Ella era orgullosa y capaz y lo que menos le importaba era perder la vida en el envite, si a cambio recuperaba la honra perdida y demostraba a su ahijada como las gastaba una amazona de su alcurnia.
La pequeña aprendiza de amazona, sabría que el separarla de sus allegados iba a ser para vivir una existencia mucho más plena e intensa de lo que nunca podría haber imaginado, esa era la costumbre entre las amazonas cuando secuestraban a una pequeña, hacerse maestra de ella, y servirle de ejemplo vivo.
Ahora se encontraba en aquella ciénaga y lo que iba a contemplar jamás lo olvidaría.
Después de cavilar el mejor atino posible, trazaron el ataque;  ya la trampa urdida, solo quedaba esperar al momento preciso...

Los Aqwa sufrían una terrible transformación cuando sentían el acoso. Entonces su piel perdía el brillante verde claro para transformarse en ceniza, troncándose su temperamento sosegado y sonriente, hacia otro bravío como el más fiero de los jaguares.
Incluso sin ser ellos conscientes de un peligro cierto, la piel de los Aqwa transformaba sus preciadas tonalidades glaucas y ambarinas en un apagado ceniciento, dando aviso de esta manera de la proximidad del peligro no visto por ellos, pero si por su instinto protector...

El pequeño y su madre se encontraban en una pequeña isleta en mitad del pantano, sintiendo con profundo agrado como el baño de barro que habían tomado estaba haciendo su efecto, su compañero estaba sumergido por algún lugar cercano.
Mientras se encontraban ella en la orilla con los pies en el agua y, su hijo dormitando a escasos pasos sobre el lomo de su caimán favorito con un brazo bajo el agua.
Advirtió la madre, como un incipiente desasosiego empezaba a invadirle,
notó asimismo una comezón en su piel -bajo el barro- que le puso alerta,
miró hacia su vástago, que en ese momento sacaba el brazo del agua y se lo rascaba,
al escurrirse el barro con el agua, observó que no tenía su fresco color habitual y su piel se mostraba gris, oscura.
En ese mismo instante se dispuso a saltar a lomos del caimán para tomar a su hijo entre los brazos y
se incorporó con rapidez.
Vió como una flecha hacía blanco en uno de los ojos del caimán hundiéndose hasta perderse casi entera.
Al dar la primera zancada, y antes de incluso poder dar un grito de alarma, barruntó toda la trama en un instante,
Detrás de una segunda flecha que surcaba el aire hacia ella, contempló como aquella amazona esbozaba una sonrisa de triunfo, mientras temblaba su arco libre ya de tensión alguna.
Escuchó como como si fuera una expresión victoriosa -STUMP- al golpear e introducirse la flecha en mitad de su propio pecho hasta el mismo corazón, produciendo una pequeña nube de polvo de barro.
Otra amazona con una pequeña red en sus brazos, volaba cabeza abajo asida por las piernas a una liana, hacia el caimán -ya cadáver-
La madre gritó un aviso mientras daba unas pocas zancadas intentando entorpecer la maniobra de la amazona voladora, pero las piernas no le respondieron con la suficiente energía.
Con el pecho atravesado y palpitando la flecha al compás del corazón que se resistía a dejar de estremecerse, cayó sobre el barro mientras veía como su compañero emergía del agua -como si fuera un gran pez- volando hacia su cría.
Pero un instante antes la red se cerró con habilidad sobre el pequeño, y prosiguió su vuelo hacia la tercera amazona que esperaba en la copa de otro árbol y después de depositarlo en los brazos de la receptora, volvió para ayudar a su compañera.
La tercera amazona por medio de un ingenio fabricado con una fina liz, soltaría el nudo de la liana en la que le llegó el niño, evitando vía alguna de acercamiento a ellos, y de seguido proseguir la huida en otra liana que le transportaría hasta otro árbol en la que esperaba la pequeña aprendiz, que no olvidaría jamás lo que estaba presenciando.
Sin siquiera acercarse a la hembra herida de muerte, el Aqwa varón perseguía inútilmente la sombra en fuga, dando formidables saltos.
Intentó trepar a el árbol en el que se encontraba la tercera amazona, pero una flecha buscó y encontró uno de sus talones, y otra segunda le perforó con tiento una de sus muñecas,
Fueron la dos últimas que lanzaría Nan, sabedora que estaría muerta en unos instantes, al observar como la hembra Aqwa le arrojaba un canto rodado en un último intento de beneficiar a su compañero -una pedrada de cualquier Aqwa, era siempre de una potencia brutal y certera-
Ambas quedaron muertas, la una con su sonrisa de triunfo destrozada, la otra viendo las postreras palpitaciones de su poderoso corazón, reflejadas en el movimiento del penacho de la flecha.
Pero aún no estaba decidido que se consumase el secuestro. Si bien los dos certeros flechazos lo interrumpieron por el momento, el Aqwa ya se libraba de las flechas y las heridas no fueron suficientes para evitar que prosiguiera su persecución con grandes saltos por las copas de los árboles, -el poderío que contenía y su voluntad era inmenso-
También esto estaba previsto por Nan, y la segunda amazona se presentó prendida de su liana con su cuchillo, que hundió hasta la cacha en su espalda.
Después la tercera amazona se meció con el niño hasta la pequeña, que permanecía contemplándolo todo petrificada,
Sabía que si las cosas se complicaban demasiado -como sucedió- ella tendría que hacerse cargo del pequeño y utilizar sola la última liana que atada a un árbol lejano les transportaría a los dos deslizándose por ella; la amazona zaguera esperaría a que llegara a su destino, para después cortar la soga y ayudar a su compañera...
Sin siquiera sacar de la red al contenido, con un siseo comenzaron a deslizarse sobre una tabla que a modo de asiento, sujeta a la larga soga les alejó del lugar de la lucha.
Al llegar al final del recorrido, la cuerda cayó cortada por el otro extremo.
La niña y el pequeño se encontraron solos ante la aventura que les deparaba el destino un atardecer sangrante que pintarrajeaba con delicada intensidad las copas del "Corazón verde"
Los cantos de la noche contenían en el mismo ramo oscuro, amenazas y sueños, un largo viaje esperaba a los dos pequeños, uno recién secuestrado, la otra llorando la muerte de la que antaño la secuestró a ella.
No había tiempo que perder, todos los conocimientos que le proporcionó Nan se le presentaron claros y protectores, en ese momento dejó de ser una niña, para convertirse en una amazona.
Desentraño la red y le sorprendió que el pequeñín estuviera tranquilo mirándola fijamente a sus ojos negros, había recuperado el fantástico pigmento de su piel.
Estaba tranquilo, era precioso.
Se pusieron en marcha...


EL ASALTO

El jefe mercenario llamado Gurasapo, y los piratas -fuertes en aquella plaza-, antes de entrar en conflicto concertaron una tregua.
Acabado el periodo combatirían unos por mantener y otros hacerse con aquel lugar perdido.
Gusarapo no era conocido por aquellos lugares, pero llegaron referencias de que era belicoso pero sincero, y que su palabra era tan firme -dijeron- como las manos que sujetaban sus armas.
Desde diversos puntos acudieron en varios barcos hacia la isla -que después de los acontecimientos que sucedieron, se daría por llamar:“Encuentro”-, familias y amigos de piratas y mercenarios.
En “Encuentro” -que distaba a un tiro de cañón de la fortaleza pirata- se juntaron todos en lo que aparentaba ser buen avenir. Por dos días con sus noches, según lo pactado: uno de los días piratas, y el otro mercenarios, disfrutarían de la compañía de los suyos, para después enfrentarse por aquel alejado lugar de todo.
Al segundo día, en el que por el trato pactado sería el turno de los defensores, al acudir a la playa los que decidieron disfrutar y despedirse de los suyos, se encontraron con que todo era una farsa para disminuir la defensa de los piratas. Llegados a tierra, vieron como familiares y amigos estaban bien amarrados todos; los supuestos allegados de los mercenarios, no eran más que prostitutas y chiquillos -que abundaban en todos los arrabales de los puertos- todos secuestrados, y mercenarios disfrazados, que se hicieron pronto con la situación sin percatarse hasta entonces los piratas del engaño.
Con aquel plantel retenido como material de chantaje, conminó el “Gusarapo” a abrir el puerto para el desembarco de sus hombres. Los dejarían despedirse una vez presados de pies y manos, para después ejecutarlos allí mismo y en presencia de sus familiares a los que respetarían -prometieron- la vida y regreso a sus hogares. El escarmiento así resultaría bien efectivo, pensaba Gusarapo.
Este lugar estaba perfectamente amurallado y sus guardianes, eran fogosos, bien entrenados y dirigidos por un experimentado personaje conocido como “Lagarto”.
Por lo visto no se las sabía todas, y fue engañado como un pardillo. La argucia dio resultado y menos algunos barcos que se hicieron a la mar sin combatir ni defender la plaza para no interferir en los acontecimientos, el resto se entregaron ante la amenaza de los mercenarios y lo único que cumplió Gusarapo de sus promesas fue pasar a cuchillo a los piratas que se entregaron; con sus familias se ensañaron después. Así se pensaban que intimidarían a cualquier cercano de aquellas tierras y aguas para quedarse tranquilos y cobrar una ingente recompensa sin padecer riesgo ninguno. El miedo confiaba que lo estabilizaría todo.
Pero pocos días después aparecieron los evadidos y muchos más, que unos piratas y otros no, les enardeció tamaña traición. No era bueno que aquellos mercenarios y menos sus contratantes se pensasen que aquello era una jauja y podían hacer atrocidades de semejante calibre sin costo alguno.
Los piratas no eran santos ni ángeles desde luego, pero aquel despliegue de perfidia y cobardía no podía quedar impune. Incluso unos cuantos de los soldados de fortuna que se vieron a su pesar implicados en aquel siniestro, abandonaron la plaza para unirse a los piratas. Y es que Gusarapo y sus acólitos más cercanos engañaron a todos los que de un bando u otro, creyeron en su supuesta nobleza...
Pasaron unos días y no, lo que no engañaba nada eran las intenciones de aquellos barcos que en la línea del horizonte se recortaron a los pocos días del suceso.
Poco después se desató una tormenta con el tronar de cañones y el destellar del metal de los sables.
Así se relataron los hechos después en las tabernas:
“Humo, polvo, gritos de miedo, de ferocidad y dolor, heridas en las que la sangre que brotaba, convertía pronto su rojo en negros o pardos. Avances y retiradas, héroes y cobardes ensartados por pecho o espalda. La misma persona en un momento osado y al siguiente huyendo con el rabo entre las piernas para volver a empezar de nuevo. Nadie pudo evitar el tener que empuñar un arma entre sus manos y herir, sajar, golpear para atacar o defenderse y si perdían las manos los hierros, coger cualquier cosa bien una cadena o una tabla o piedra o hasta el brazo cortado de un muerto valía para golpear y en el último caso hacerlo con los puños cerrados rompiéndose las manos.
Fue recordado como “el asalto de las lágrimas secas”
A cada pirata le quedó por unas horas a unos, días a otros e incluso de por vida, dos sombras con forma de gota bajo sus ojos. Dos marcas que permanecieron en el lugar donde brotaron dos lágrimas de esfuerzo, miedo, dolor o vete a saber de qué, a cada uno de los que participaron en aquella batalla.
Los defensores de la plaza se batieron con valor y bien organizados, pero aquellos piratas acudidos en 17 barcos que aparecieron por la madrugada con el primer sol brillando en sangre, augurando lo que se prestaba a acontecer. Se dirigieron  hacia la costa en abanico con todas las velas desplegadas, combatieron a conciencia. A pesar de ser recibidos con retumbares de cañones y una lluvia de balas, desembarcaron y acudieron a combate…los que no se quemaron en sus barcos incendiados o por saltar de ellos murieron ahogados.
Dos días de combate sin treguas. Dos amaneceres y otros dos ocasos, en los que se mostraron todas las gamas del rojo en las cubiertas de los barcos, en las murallas, en la arena y sus piedras, manchando los árboles, las hierbas y flores silvestres, en los cuerpos de unos y otros, en las culatas y mangos de las pistolas y sables, en las aguas dulces y saladas…Era como si amanecer y el ocaso quedasen unidos por un festín de sangre que lo pintarrajeó todo durante las dos jornadas.
Dos días sin dormir, en una pesadilla. Dos lágrimas secas en sus caras para recordárselo todo.
Ningún defensor quedó con vida, ninguna casa sin fuego, todo fue arrasado, todo. Allí no se acudió a robar, sino a destruir y saciar venganzas.
Terminada la brega, los barcos que todavía flotaban se largaron de allí con viento fresco.
Todos menos uno…el Maribeltz.


EL MONJE (2)

La confesión que le hiciera el que el consideraba como padre suyo, le trastocó por completo. Aquel hombre con tantos años sobre sus espaldas, como cicatrices su desnudez mostraba, poco antes de morir se le dijo todo dando molde a su origen encubierto, y entonces comenzó a calibrar cómo volver a sus orígenes.
Al cabo de muchas peripecias, un día se encontró allí, solo, viendo como la pequeña embarcación en la que recaló en aquel maravilloso lugar, descansaba sobre la arena de la playa después de la larga travesía.
Mientras asaba allí su primera cena tuvo bien claro que su pasado como mercenario concluía en aquel lugar, por primera vez desde niño se sentía tranquilo.
Según fueron pasando soles, lunas y nubes, observó como para su sorpresa su piel mudaba al igual que la de los reptiles, cayendo en escamas el triste color gris ceniciento que le tiznó un atardecer casi perdido en su memoria.
Para su deleite y emoción, la geografía de sus poros se recubrieron de maravillosos matices de fulgores verdes, cruzados por vetas del luminoso color del cuarzo, mientras revolvía a el la propuesta de su sentir limpio, directo y delicado; todo rezumaba a su breve infancia.
Por una parte se reencontraba, pero por otra se veía más perdido que lo que nunca había estado. Si, decidido a dejarlo todo, pero ¿hacia donde dirigirse?, ¿donde estaban sus raíces, su casa? ¡que poco sabía de si mismo!
Un puñado de recuerdos afloraron en su memoria. En ellos, evocaba unas pocas imágenes confusas de una desmedida intensidad que cambiaron su incipiente vida.
Pero con el color esmeralda le fue invadiendo la paz desde hacía tanto tiempo perdida,
y con la paz, comenzó a recobrar la memoria,
y en la memoria se hizo luz su infancia,
y recordó como aquellas mujeres cazadoras de hombres le capturaron...







MIZAR

La cabaña que construyó, era pequeña pero suficiente. Estaba bien anclada en un pequeño promontorio, ni cerca, ni lejos de el río que desembocaba en una pequeña cala que se divisaba por una de las ventanas donde pasaba bastantes horas dibujando encima de una mesa.
Tenía un pequeño habitáculo que le servía de almacén donde guardaba pertrechos que fue fabricando poco a poco. También acumulaba allí alimentos curados, en salazón y ahumados. Así mismo excavó una cueva que le servía de fresquera y criadero de setas. Construyó un pequeño embarcadero bien protegido, y allí mismo se fue haciendo con una cantidad de madera, que preparada en las formas precisas necesarias se convertirían en el material necesario para la construcción de un pequeño velero suficiente para navegar cómodo y con seguridad.
Mizar aprendió mucho con aquellos monjes, como fabricar los artilugios marinos básicos y otras muchas cosas que siendo el hábil y con mucha paciencia e ingenio, le procuraron en el tiempo que llevaba allí una estancia muy activa que le proporcionó un entorno seguro y hermoso.
Igual fabricaba una brújula seca con forma de pez para su futuro velero, que construía una flauta por la que las aves y otros animales como las grandes tortugas, se arrimaban a escuchar su música.
Poco a poco se iba construyendo un pequeño paraíso...en el paraíso.
Además de la cabaña en tierra, entramó una plataforma con un pequeño cobijo en lo alto de un gran árbol, en el cual pasaba las horas contemplando el tránsito del día y noche mientras intentaba ir borrando uno a uno, los dolorosos recuerdos que lo lastraban. Cuando se sentía inquieto por alguno de ellos, trepaba allí y hasta que no lo borraba de su alma no descendía, ni comía, ni bebía ni dormía hora alguna...hasta que al final lo conseguía; mucho tenía que alejarlo de el, pero sentía que desde que de pequeño lo secuestraron y comerciaron con el, dejó de ser un Aqwa.
AQWA, AQWA, AQWA...TU ERES AQWA Y PERTENECES AL CORAZÓN VERDE, era de las pocas frases que recordaba y comprendía, en el idioma que nunca llegó a aprender.
Se veía arropado por sus padres en la copa de un gran árbol, contemplando los tres en silencio abrazados al Sol, sumergirse en el ocaso en aquel inmenso manto verde, con un postrero fulgor crepuscular encarnado que depositaba caricias en ellos.
Al instante siguiente, una vez oculto el astro, fosforecían los tres al ser alcanzada su piel por un último rayo ahora de un fascinante color verde-esmeralda, que se zambullía en su piel fundiéndose con ellos...
En estas estaba Mizar, cuando contempló la columna de humo que se elevaba del otro lado de la isla.
Se dirigió con rapidez allí, y vio como varios barcos se reunían para desembarcar todos entre un tremendo jolgorio.
Salieron de la espesura los mercenarios, que después de eliminar la poca resistencia que encontraron, amarraron a todos los desembarcados...
Mizar contempló todos los hechos que siguieron con gran preocupación. Fueron dos días durante los que volvieron a el multitud de pesadillas que le hicieron dudar de que existiera el mundo que creía haber reencontrado desde que desertó de su modo de vida pasado.
Para su espanto volvió a comenzar a invadir poco a poco su piel, el color muerto del plomo.
No se entrometió en aquel conflicto, aunque su dureza por una parte le aterraba, y por otra le atraía; así era para su pesar, tantos años como monje-mercenario no los tuvo en balde, y aunque no fuera esa su naturaleza original, restallaban dentro de el muchos fragores de espadas, pólvora y gritos de lucha. Temía enloquecer por ellos y volver a aquella lujuria de brutal ferocidad en la que tantos años estuvo inmerso.
Pero se mantuvo al margen, aunque dispuesto a defender su choza, el lugar donde ansiaba fundar su aldea, la patria en la que quería vivir para lo que le restaba, su pequeño corazón verde, lejos de aquel mundo enloquecido en que le tocó vivir hasta entonces. 


ENCUENTRO

Habían tenido mucha suerte, y a pesar de la tamaña refriega en la que se habían visto envueltos, la nave se encontraba razonablemente en buenas condiciones.
Trumoia decidió fondear en la pequeña playa bien protegida de vientos y corrientes de agua. En aquel lugar no se había producido escaramuza alguna, y mantenía intacta su hermosura.
A "Encuentro" la coronada una magnífica atalaya desde la que se divisaba mucha agua y el cielo se encontraba bien despejado, por una vez Monkey cambiaría su cofa por aquella torre natural, desde la que en caso de avistar naves enemigas tendrían tiempo de sobra para abandonar aquel lugar.
Una vez llegados y fondeado el barco, largaron un bote y bogaron hacia la arena.
Llegando a la orilla, se les apareció una figura cubierta de cabeza a cintura con un manto oscuro, cubría sus largas piernas con unas polainas que le llegaban hasta la cintura, unos guantes de badana tan fina que casi transparentaba, recubrían sus grandes manos ramilleteadas por unos dedos largos y vigorosos, que sujetaban: una brillante espada la diestra, y la otra un enorme pistolón, con un cañón con una boca tan negra y ancha que impresionaría al mismo diablo.
Ambas armas eran como extensiones perfectamente integradas en el cuerpo del encapuchado, el personaje imponía, pero a aquellas alturas y después de pasar lo que habían pasado no había monje ni monja que evitara que tomaran tierra, con Trumoia y los habituales Neco y Musa, acompañados esta vez también por Monkey.
Llegaron a la arena,
desembarcaron, alegrando a sus doloridos y cansados cuerpos con el frescor del agua,
Trumoia, ordenó a Monkey, Neco y Musa, que permanecieran junto al bote,
se dirigió el solo al personaje que ni se movía,
antes de acercarse demasiado se detuvo y se presentó diciendo lo siguiente:
Me llamo Trumoia y comando la Maribeltz.
Como habrás visto hemos sobrevivido a la batalla en la que no me importa si has participado o no; la sangre está ya seca, es cosa pasada.
Queremos pasar aquí unos días para realizar algunas reparaciones y aprovisionarnos,
diré a los tres hombres que me acompañan que suban a aquella la atalaya, para echar un vistazo, y si todo está bien mandaré desembarcar.
No vamos a importunarte y si no lo quieres no precisamos de tu compañía.
Explicada nuestra presencia y propósitos aquí, te ofrezco una de estas: o mi palma abierta, o el brazo de mi espada, o la distancia que nos separa...
Escuchado el mensaje, el isleño demostró claramente cuál era su postura enseñando tres de sus dedos y darse la vuelta para dirigirse a su cabaña...

Transcurrieron cuatro apacibles días con sus iluminadas noches de luna, durante los cuales se procedió a aprovisionarse de agua, fruta, caza y pescado; no eran urgentes la mayoría de los arreglos.
El monje no se acercó a los venidos en ningún momento y los piratas hicieron lo propio observando desde lejos su hogar, su actividad en el huerto, pescando y trajinando en sus cosas; era muy hábil y dentro de su manera sosegada se intuía que no se le escapaba una.
Les llamó la atención sus ademanes ágiles y silenciosos así como  que en todo momento se encontrara cubierto por la oscura capucha.
Ellos estuvieron a lo suyo y al tercer día procedieron a embarcar y preparar la partida, que harían a la mañana siguiente aprovechando unos aires que circulaban por aquellos mares cerca del mediodía...
Al día siguiente Trumoia acudió a despedirse plantándose a escasa distancia de la cabaña, mientras el barco con toda la tripulación embarcada -menos Neco y Musa que le esperaban junto al bote, en la orilla- esperaban su regreso para partir aprovechando los aires del final de la mañana que se presentaban decididos y calurosos.
Ninguno de los dos conocían la cara del otro, ya que no se quitaron ni uno su caperuza, ni el otro su turbante mientras estuvieron al aire libre.
El monje se acercó a Trumoia al verle cerca de su cabaña -esta vez no portaba ni pistolón ni espada- y el pirata le deseó con unas pocas palabras salud y suerte, a lo que el monje contestó con tres gestos: agachando la cabeza y llevando sus manos al pecho, para después alargarlas hacia el mostrando sus palmas, transmitiendo sus intenciones.
El aire era intenso y hacía ya mucho calor,
entre ambos la distancia apenas era de un par de docena de metros,
el capitán pirata empezó a sentir como a su ojo albino le iba invadiendo un leve burbujeo,
la dirección del viento era de tierra a mar, en donde se encontraba el Maribeltz que lo tomaría de popa.
En ese momento Trumoia lo recibía de cara,
sopló una ráfaga algo más rabiosa, que hizo que el turbante de Trumoia cayera hacia su espalda descubriendo por ello su cara, y en ella la marca de su cara compartiendo protagonismo con el ojo que seguía burbujeando.
La reacción del encapuchado fue instintiva y rápida como no podría haber imaginado nunca ni Trumoia, ni sus acompañantes: como impulsado por un silencioso muelle se abalanzó con increíbles zancadas y al hacerlo descubrió a su vez rostro y torso, que ante la sorpresa de los ojos que le miraban, estaba coloreado con una gama entre gris plomizo y verdes de matices brillantes sajado de blancos de una desmedida pureza.
Antes de que se produjera la reacción necesaria para contrarrestar el fulgurante ataque, el agresor ya se encontraba en la cercanía suficiente para que la amenaza del puñal que apareció en uno de sus brazos, no encontrara adecuada respuesta del pirata.
En ese momento una flecha se introdujo en su pecho, unos dedos por encima de su corazón.
Se detuvo,
de seguido otra segunda flecha con una piedra cubierta de cáscara de coco, le sacudió en mitad de la frente tumbándolo sobre la arena...


DUA

¡Cómo eran las cosas!, aquella bella mujer, después de lanzar en su busca dos de sus flechas, ahora nadaba hacia la playa con un objetivo claro: curar al que acababa ensartar y tumbar, y esperar a que el Maribeltz se perdiera por la línea del horizonte.
Daba fin a su intensa vida como filibustera que llevó desde que se embarcó en el Maribeltz desde su pelea con la Náyade.
Ella, la que cada vez que los impulsos por parte de cualquier tripulante del Maribeltz de acercarse como hombre que se arrima a mujer, era recibido por una mirada dura y fría que con nitidez comunicaba: -desdeña tus intenciones o lo lamentarás-. Aquella mujer lo abandonaba ahora todo, hasta su preciado arco que tantos pechos flechó.
Admiraban a la bella morena que ahora veían alejarse nadando. La echarían mucho en falta y a todos sorprendió que abandonase su carcaj y arco, ¿sería una declaración de intenciones o lo dejaba en señal de gratitud hacia el respeto que le tuvieron ellos?
La recordarían como una avispa disparando mortales aguijones en el combate, siempre les admiró como nunca achicaba riesgos y como se hacía bien notoria, profiriendo exaltados alaridos cada vez que ensartaba a algún contrincante, sin importarle bledo alguno convertirse por estas maneras en el blanco preferido de tripulaciones contrarias.
Amaba pelear, jugarse la vida, y mostrar a todo el mundo sus poderes de cazadora de hombres, rugía su mirada ante el pavor que causaban sus dardos y en el cuerpo a cuerpo se convertía en una fascinante fiera, peligrosa como nadie.
Aquella bella salvaje, aún proviniendo de la tupida selva, pronto aprendió a saborear como el espacio vacío que ante los ojos se presenta en la mar, se hace cuna y hogar de pensamientos. Si, aquella mujer que ya cultivaba algunas canas y que en su cara, una a una se iban marcando arrugas, había intuido que en aquel lugar y en el monje oculto bajo capucha, se encontraba lo que le deslumbró siendo una niña cuando secuestraron el niño Aqwa en aquel pantanal en el centro de la inmensa selva.
Dua, cuando pudo pudo ver la cara de Mizar gracias al golpe de viento destapó su cara, le vino como por un ramalazo un recuerdo de su infancia que nunca le abandonó.
Recordó siempre el rostro del niño aqwa que secuestraron, cuando lo tomó en sus brazos el monje que lo compró, recordó como la miraba sorprendido cuando la alejaron de ella. Y como a su vez tuvieron que sujetarla a ella cuando los separaron...

Después de ser secuestrado, y ya los dos solos en mitad de la selva lejos de protección alguna, Dua y el pequeño se compenetraron para a pesar de su poca edad, salir airosos de los peligros que se encontraron en la espesura.
Dua siempre supo que el niño la tomó en su inocencia, como su salvadora, y la apoyó desde el primer momento en el que se quedaron solos después del secuestro. La verdad es que ella, aún no se sentía una auténtica amazona. No había pasado demasiado tiempo desde que a su vez fuera secuestrada, y para ella, el niño aqwa hizo que se desescombraran los recuerdos recientes de su robo del barco en el que viajaba.
Los incipientes poderes del pequeño resultaron vitales para su supervivencia. Así cuando por ejemplo se sintieron amenazados por un grupo de perros salvajes cazadores, que astutamente esperaron a que se encontraran en un claro de la selva -lejos de los árboles salvadores- para acosarlos, fue el pequeño el que los puso en fuga y con el rabo entre las piernas al imitar a la perfección la llamada de auxilio de un cachorro de jaguar, y la rápida contestación de madre y padre del pequeño, ante lo cual pareció que iba a faltar distancia que correr para los cánidos.
El sentido de orientación del niño, también fue vital para sobrevivir, cuando Dua se sentía perdida, tenía que subir a lo alto de un árbol para buscar la estrella que le orientaba. El pequeño advirtió que cada vez que sucedía esto, tomaba un rumbo preciso y comenzó a indicar sin dudar -como si fuera una veleta viviente-, la dirección correcta cada vez que se desorientaba. Pero lo más notable fue como al penetrar en los ríos o pantanos que se encontraron en su camino, tanto los caimanes, como las grandes serpientes anacondas los respetaron e incluso ayudaron en aguas profundas.
La travesía constituyó una aventura para ambos que se convirtió en leyenda entre la tribu de las mujeres y durante ella, el pequeño confió y apoyó en todo momento con la firmeza de su mirada y la total ausencia de lloros o queja alguna a Dua, por lo que al separarla de ella trazó una expresión de incredulidad en los ojos del pequeño, que le hizo soltar unas lágrimas que dibujaron un camino de intenso brillo verdoso, mientras que caían al suelo...

Y ahora se reencontraban allí, en la isla "Encuentro", tantos años después. Algo en el desde el primer momento le resultó familiar, sobre todo cuando Monkey le contó como en los crepúsculos aparecía allí para contemplar los últimos momentos del día extasiado, e irradiando una sensación de absoluta paz.
Hubo más cosas que se le hicieron reconocibles, pero lo que le aclaró del todo, fue el hecho que al mostrar Trumoia su cara, su marca, reaccionara de esa manera, y al hacerlo mostrara el color de su piel.
Dua, sabía la historia de la marca de las 7 islas, por Trumoia, y por voz uno de los monjes que ensartó con una de sus flechas, vengándose muchos años después de lo relatado, y moribundo le contó el porqué de aquella marca y el conflicto entre los que la portaban por naturaleza, y los que la imitaban: los monjes-guerreros.
Pero no es el momento de relatarlo...

sábado, 27 de diciembre de 2014

DIMONDI "Il voladore" y CRIS-CRIS


Era increíble como aquel cuerpo largo y destartalado pudiera hacer semejantes piruetas en el aire, entremetiéndose por las geometrías que formaban las mástiles, jarcias y cabos del aparejo que domaba a las grandes velas del Maribeltz.
Cada vez que el viento desaparecía, Dimondi pedía a Trumoia que arriase las velas para tener espacio libre en el que ejercer sus piruetas, y así todos se disponían a contemplar el espectáculo que aquel desgarbado personaje dibujaba entre la arboladura despejada, haciendo que la calma en la que se encontraban por la ausencia de los bufidos de Eolo, se convirtiera en una amalgama de exclamaciones de admiración, silbidos, voces de apoyo, y en general cualquier síntoma de aceptación ante las cabriolas del arlequinado personaje conocido como: Felice Dimondi "Il voladore"
Dimondi, se tomaba muy en serio su trabajo y antes de piruetear, siempre musicaba una especie de oración con una voz, que aunque no fuera especialmente agraciada, dado lo ceremonial que resultaban los prolegómenos que ejecutaba antes de cada actuación, se escuchaba en respetuoso silencio. ¡La vida se la jugaba en pos del dibujo de sus imposibles acrobacias, para beneficio de sus espíritus!
El explicaba de tal manera lo que constituirían sus ya dispuestas cabriolas con exactitud en su alegre lengua. Describía con ocurrentes definiciones, las cabriolas, contorsiones, vueltas y revueltas, sus imposibles ascensiones por el intrincado laberinto de la arboladura, y danzas sostenidas en el aire, que constituiría el evento.
Pero no siempre se cumplían con precisión sus deseos, ya que no poseía Dimondi precisamente un cuerpo adecuado para tales artes, y en ocasiones algún despiste hacía que su vida corriera peligro. Pero estos deslices se le perdonaban con facilidad, y la manera de la que salía airoso de ellos al quedarse enganchado de cualquier jarcia, o aferrado con brazos y piernas a cualquier verga salvadora, daba un añadido de emoción verdadera que hacía reventar a los asistentes en risas y aplausos de alivio, al comprobar como en un último instante Dimondi evitaba el topetazo contra la cubierta que le esperaba sólida y callada.
Dimondi no era físicamente agraciado; no era de constitución atlética; nadie le enseñó los trucos del oficio sino su propio ingenio y férrea voluntad; Dimondi ni siquiera era marino pero sus representaciones las realizaba a bordo de los barcos que le transportaban de un sitio a otro de una manera continua y sin orden; Dimondi era un hombre aparentemente sin destino, pero eso era lo que parecía, ya que el si que buscaba algo, o mejor dicho a alguien.
Un día le preguntaron el porqué de tanto viaje sin destino aparente, ese día estaba feliz a la mayor, por haber conseguido una cabriola complicada que llevaba persiguiendo con insistencia. Normalmente el arlequinadado era parlanchín y muy sincero, pero esta vez se puso serio y se quedó pensativo como dudando de contestar...

Durante más de una semana, los días y sus noches habían sido de abundados vientos que hicieron flamear las lonas mostrándolas de continuo henchidas, para en un tris abandonar cualquier atisbo de brisa repentinamente en una media mañana, que resultó bien venida para la exhausta tripulación ya ahíta y consumida de tanto esfuerzo sostenido.
¡Que magnífica se había comportado la Maribeltz!, ¡con que desparpajo aproaba las pendientes en uno y otro sentido de cualquier ola que se presentase ante ella!, ¡como después de sumergir a Naydet -su mascarón de proa- en el seno de una, emergía empapada su cara para comenzar a ascender hasta hacer cima en la cresta de la siguiente, irrumpiendo al coronarla entre la espuma mostrando su rostro radiante¡, ¡como sus mástiles soportaban la inmensa fuerza que ejercía el velamen cuando navegaban con buenos vientos y a todo trapo, sin casi quejarse las fibras de su madera!, ¡como tras un gran bandazo, se volvía a estabilizar la nave -terca ella-, sin perder ni medio nudo!, ¡como las salpicaduras y embarques de agua en cubierta, al deslizarse por los cabos y maderas musicaban con los sonidos de sus escurridas al topar contra la cubierta!...si, navegar en pos de nada, a toda vela y sobre un buen barco rápido y fiable, con la tripulación ducha y entusiasmada, era como vivir al par dos veces: la vida real, y la soñada.

Demandó Dimondi a Trumoia arriar el velamen, para así dar rienda suelta, al deseo de exponer su arriesgada función ante sus compinches fatigados.
Trumoia dió orden de abatirlas después de que Monkey revisara a conciencia el horizonte, en atención a algún atisbo de presencia náutica, con negativo resultado.
La navegada había sido muy satisfactoria, y contemplar el espectáculo de Dimondi para después preparar un buen ágape y una posterior descansada que diera paso a contar historias, cuentos y mentiras ante el descorche y vaciado de -una tras otra-, las sucesivas botellas de licor que a buen ritmo saldrían de la catacumba de la bodega, para perecer en el gaznate de los piratas -tal como sucumbirían los cristianos en las bocas de las fieras de los circos romanos- si, era un justo premio para todos; se rumiaba ya en los gañotes el afogado discurrir del contenido de las botellas.
Pero primero contemplarían con deleite la función del desmadejado arlequín.
Y de nuevo se aupó Felice Dimondi "Il voladore" por la escala de cofa hasta lo mas alto para jugarse la vida como en el mas expuesto de los abordajes...
Al poco, los pies de Dimondi no soportaban ya peso alguno.
Dimondi voló,
los brillantes colores de sus paños se convirtieron en revoloteante bandera,
su mal bendecida figura, pintó de piruetas el cielo,
los imposibles giros, cabriolas y contorsiones, se presentaron una vez más, ante los atónitos espectadores,
la acechante muerte por porrazo, fue una vez más burlada,
hacia proa o popa, a babor y estribor, desde lo más alto, hasta palmear el agua, por entre la mayor, trinquete y bauprés...por todos los espacios transitó Dimondi realizando imposibles geometrías...

Finiquitada la exhibición, llegó el tiempo del reposo. Se preparó una buena jamada, y ya todos formando un círculo en cubierta, se dispusieron a escuchar lo que Dimondi tenía que decir sobre la razón que le impulsaba a semejante afición a los viajes sin tregua, y a su riesgosa ocupación como trapecista.
Lo que les contó Dimondi, no lo hizo cantando, no. No fue una mera descripción, ni una creencia absurda. El no hablaba por hablar, y lo que perseguía no se le evadía con facilidad.
Además, los tripulantes de la Maribeltz habían vivido situaciones imposibles, y contemplado seres inverosímiles; y estas ambas  cuestiones -que no les complacía describirlas a gañanes, ni absurdos iluminados-, se las tomaban muy en serio según quién la describiera; y a "Il voladore", se le tenía muy en serio.
Así cuando el curioso Miracielos le preguntó: ¿Porqué viajas tu sin ningún albedrío? ¿Qué buscas? Después de dudar, en un largo lapso en el que todos callaban, y ante la insistencia del silencio de sus bocas y miradas, Dimondi les contestó: "bien, os contaré algo, que creáis o no, un día sucederá; y cuando así se cumpla, me encontrará preparado"
Y de esta manera, buscando una buena postura, volviendo a ocupar el espacio vacío de sus vasos, e intuyendo que lo que iban a escuchar del arlequinado no iba a ser superfluo ni ordinario se dispusieron a escuchar la historia.

Las últimas luces tomaban ya camino al descanso,
la Maribeltz descansaba sin balanceos,
algún cabo gemía de cuando en cuando,
la noche se prometía estrellada,
un receptivo blanco invadía las mentes de los piratas,
unas pocas candelas se fueron encendiendo iluminando pequeños entornos dibujando caras y objetos,
el absoluto contenido del mundo, ahora se concentraba allí,
a lo lejos no sucedía nada...
y Felice Dimondi "Il voladore", empezó a relatar su fascinante historia.


      

Os contaré primero, los siguientes sucedidos anteriores a mi nacimiento:
Provengo de un villorrio de tintadores y bordadores de la seda.
Mi padre se retiró bastante maduro de su antiguo oficio, para después invertir los ahorros de su azarosa vida, que fuera al par entre el corso y el pirateo.
Conoció a mi madre y pronto se enamoraron decidiéndose a formar familia, después de construir casa y taller de tinte y bordados; ya algunos trajines sobre el oficio se conocían.
Debido a la competencia desatada por unos más expertos extranjeros aparecidos en varios pueblos cercanos que en poco tiempo acapararon el mencionado comercio, se encontraron los naturales al canto del precipicio donde la ruina se vislumbró sin atisbo de duda.
Al contemplar mi padre la fosa, decidió intentar lo imposible: viajar a el mismo origen de la seda con los más arrojados, para secuestrar a artesanos duchos en los laboreos de los valiosos rasos orientales.
No hicieron caso a quienes les recordaban, como el secreto de todo lo referente a las sedas se guardaba con celo, e incluso por orden imperial se penaba con la muerte cualquier barrunto de que tales artes, se propagasen afuera de sus fronteras.
Pero algo había que hacer y por tal motivo se decidieron hacia tamaña aventura; si consiguieran adquirir los conocimientos necesarios para tutear a aquellos competidores, retomarían con multiplicado esmero su brega; si no era así, estaban condenados.
Entre los todos los vecinos del pueblo, cada cual en su medida contribuyó a conseguir un recaudo para construir un buen barco que comandaría mi padre -no en vano era conocida la anterior ocupación: la de patrón corsario y pirata-, y la ruta que ya se empleaba para entonces hacia el lejano imperio, era habitualmente la marítima.
Así que un día partió el bajel al que se bautizó como "Sedal", y la tripulación con las ilusiones puestas capitaneado por Giuseppe, mi padre, hacia la que debía de ser su última aventura.
Se hicieron pues a la mar hacia el oriente, y tras mucho riesgo y penuria arribaron a aquellas tierras. Resumiré diciéndoos que secuestraron a capacitados tintadores, bordadores, y lo más importante: un criador de gusanos. Ese fue un grandísimo error por el que fueron maldecidos, y posterior castigados, al hacer mella en ellos los conjuros del poderoso chamán oriental, propietario de los esclavos secuestrados.
Por los mencionados ensalmos, las muchas orugas que portaban, pasaron de convertirse de inofensivas criaturas, a voraces devoradoras de madera, mucho más tragonas que el propio molusco de la "broma", y a la postre casi consiguieron dar al traste con la embarcación.
Solucionaron tal contratiempo arrojando por la borda al criador, al saber por su propia boca el porqué de la transformación de los gusanos, -cuestión que les comunicó entre risas y burlas-. Y de tal manera el personaje pasó de criar gusanos, a servir de pasto de peces y moluscos; perdieron al criador, pero con el resto de secuestrados el botín continuaba siendo notable.

Pero no es esto lo que hoy os relataré, si no la causa de mi apego a volar por entre los aparejos.

Volvían ya de su aventura a su tierra en el barco herido, pero el triunfo los aguardaba, o por lo menos eso era lo esperado.
Antes de abordar el último tramo que les haría concluir su empresa, hicieron acopio de víveres y aguada en un puerto desconocido para mi padre. Si que se lo habían mentado en una ocasión, describiéndole a sus habitantes como lunáticos y fantasiosos. También era sabido que era una zona en la que numerosos barcos desaparecían.
Arribaron pues al mencionado atracadero con numerosas vías de agua resultadas del apetito de los gusanos -que sorprendentemente siguieron el camino de su granjero al ser este arrojado al agua-
Se hicieron las oportunas transacciones, y dudando entre hacer reparaciones en el maltrecho "Sedal" y por ello pasar una temporada en el lugar, o realizar unos pocos apaños y continuar con la travesía, se decidieron por lo segundo.
La noche anterior a su partida se organizó una despedida convidados con los que resultaron ser unos magníficos anfitriones. En el transcurso de ella, aquel que parecía ser el que mayor conocimiento tenía de aquellas aguas llamado Minardo, les comunicó algo que si bien por una parte lo tomaron a chota (habida cuenta de la fama de fabulistas que se les suponía a aquellas gentes), también les produjo inquietud lo comunicado; no parecía el relator charlatán, ni farandulero.
Les advirtió, que en caso de encontrarse con malas condiciones de mar, desconfiaran si para su sorpresa encontraran en pleno ojo de la tormenta, aguas plácidas y brillantes, que no las navegaran si tenían a bien continuar su ruta, y si en el caso de que las abordaran lo hicieran siempre por sus extremos, sin aproar por ningún motivo hacia sus adentros -así en caso de peligro tendrían tiempo de abandonarlas, aunque ello les supusiera volver a enfrentarse de nuevo a las aguas bravías-.
Mi padre, Giuseppe, le preguntó el porqué de tal advertencia, y cual era el supuesto peligro.
Minardo le comunicó que aquel fenómeno se daba antes de hacer aparición por entre las nubes una Melaniria de nombre Cris-cris.
Un reguero de frío recorrió el espinazo de mi padre entonces. Aunque en las caras de los que habían escuchado las palabras de Minardo, aparecieron gestos de incredulidad, mi padre había oído hablar a personas de confianza relatos sobre tales seres y por ningún motivo se lo tomó a chanza. Por ello le preguntó cual era el actuar de Cris-cris si se diera la situación mencionada.
Esto fue lo que dijo:
-A Cris-cris, se le designa como "La trapecista de las estrellas". Ella aparece en ocasiones, cuando corren nubes sueltas por el cielo, tanto por el día, como por la noche. Siempre lo hace por el paraje que se presenta sorprendentemente calmado, en medio de huracanes, tempestades, tormentas...
Ella gusta de jugar mostrando sus habilidades, intrincándose entre las nubes en las que se forman larguísimas trenzas blancas que cuelgan de ellas, y de las que se vale para ejecutar fabulosas acrobacias. También, asida a ellas y a extraordinarias velocidades, planea sobre la superficie del agua engendrando grandes olas en variados sentidos. Son tan peligrosas como espectaculares las cruces de mar que se producen, al chocar unas contras otras las olas.
Para Cris-cris, si una embarcación se presenta allí, siendo para ella nada más que un inocente juego, envía por su popa las olas, que le harán tomar desmedidas velocidades.
Los barcos no pueden resistir mucho sus diversiones, y al final casi siempre terminan criando caracolas.
Hay veces en que cambia de juego y continua brincando de nuevo por las nubes, y si para entonces el barco no ha sido ya tronchado puede seguir su navegación sin contratiempos; pero estas son las menos.
Los que han conseguido sobrevivir a sus alegrías, dicen que el espectáculo de sus maneras es lo más fantástico que puede persona alguna jamás contemplar. Y afirman que cuando su aparición tiene lugar durante la noche, llega un momento en la que se le ve ascender sin límite hasta las mismas estrellas; toda ella es como de pura luz asemejándose a un cometa: su cara, sus vestidos, su pelo, el rastro que deja tras ella...
Para terminar os diré, que existen Melanirias semi-humanas, y Cris-cris es una de ellas. Estas, aún teniendo capacidades comunes a las de sus madres, tienen una existencia limitada y pueden llegar a reproducirse en algunas ocasiones, teniendo sus descendientes parecidas facultades que van disminuyendo según se mezclan más y más veces con los humanos. Esto se da, ya que en contadas ocasiones y por motivos muy concretos, traban relación con alguna persona humana, y hacen que esta les acompañe.
Le preguntó mi padre entonces: ¿cual crees que podría ser la razón por la que Cris-cris se hiciera acompañar de una persona normal?
Minardo contestó sin dudar, que un buen trapecista sería del gusto de ella. Sabía que en varias ocasiones se la había visto contemplar desde el agua -ellas nunca hollaban tierra, ni surcaban sus cielos- una muy importante celebración que se producía no lejos de allí, y en la que acróbatas de todos los lugares se juntaban cada decenio para exhibir sus logros; eran la crema de todo tipo de volatineros.
Se decía que ella lloraba al contemplar a los escogidos personajes, tal como lo haría una madre al contemplar los primeros pasos de un vástago suyo...

Se intuía ya el final de la historia,
Dimondi se embutió en un largo silencio, durante el cual escarbó en sus recuerdos.
Ardían las velas fundiendo la cera para terminar amontonándose sobre las vetas de la madera,
no se oía ni una carraspeo, ni un chapoteo, ni un quejido de fibra alguna ni de esparto, ni de tabla,
era un momento de esos, en el que el respeto para con la persona que desnudaba sus creencias, sus recuerdos, deseos y pensamientos, superaba al deseo de que terminara de contar su relato...

¡Si!, dijo casi en un susurro al fin "Il voladore", sucedió lo que imagináis: hubo un gran temporal durante el viaje. Encontraron aquellas plácidas aguas y por miedo a naufragar se refugiaron en ellas, habían embarcado mucha agua y el casco atacado por los gusanos al no haber sido suficientemente reparado, fue razón para navegar por el corazón de aquel insólito espacio.
Apareció Cris-cris y comenzó a juguetear con el Sedal...y se fue a pique.

Mi madre y todos los que esperaban con ansia a los navegantes, se arruinaron y pasaron a ser sirvientes de los aparecidos orfebres.
A los meses nací yo, y pasé una aciaga niñez.
Pero cuando aún no llegaban mis ojos a la altura del ombligo de Gallatia, mi madre. un día sucedió algo:
Se presentó un hombre en nuestro pueblo, y se instaló en la posada. Merodeaba sin prisas los alrededores, y era dado a entablar conversaciones durante los pocos ratos libres que disponíamos. Una noche, se dirigió a mi madre a ocultas de sus amos, y le contó algo que si bien le produjo mucha tristeza, le liberó de el deseo de conocer el final o destino -que nunca se pierde-, de cuando alguien allegado desaparece en la mar sin dejar rastro alguno.
Le confesó como hubo un superviviente del naufragio del Sedal, fue rescatado. Aquella persona le contó con todo detalle, la fatídica jornada durante la cual Cris-cris apareció prendiéndose de una nube tras otra, asida a las deslumbrantes y larguísimas trenzas blancas que de ellas pendían.
Luego, como planeó sobre sus pies sobre las plácidas aguas, provocando olas en todas direcciones. Estas cada vez fueron mayores, y ya por fin envió una enorme masa de agua por la popa del Sedal, impulsándolo en su seno sin perder nunca la proa, en la dirección tomada.
Llegó un momento -después de un largo espacio de tiempo-, en el que parecía que saldrían de aquel lugar, para llegar de nuevo a las abandonadas aguas. ¡Era inconcebible que eso fuera lo que toda la tripulación deseara, volver a adentrarse en la tormenta!; y eso fue lo que sucedió...y allí naufragaron.
Aquel hombre le describió como el suceso sucedió ya la noche bien entrada, y como mientras el barco se hundía, la vieron subir y subir hacia las alturas, dejando un rastro blanco como de polvo de estrellas.
Le contó como la increíble belleza de sus gozosos juegos, hizo que todos ellos quedaran extasiados a pesar de que intuían que aquellos hechos terminarían con ellos, aunque la Melaniria no tuviera interés en causarles daño alguno, ¡únicamente jugaba!
Le contó como cuando navegaron propulsados por la enorme ola, un pasillo de purísima luz, se formó ante ellos en mitad de la oscuridad, y como también dejaba un rastro níveo por la popa que gradualmente se consumía.
Como las nubes de las que Cris-cris se prendía para sus acrobacias, se iluminaban aún más, de un blanco plateado cada vez que colgaba de ellas, mientras las trenzas emitían un fantástico siseo con el balanceo.
Como al chocar una contra otra las olas que Cris-cris fabricaba, generaban grandiosas montañas de refulgente espuma que ascendían hasta alturas inimaginables.
Como mientras ella emitía regocijantes sonidos de alegría a cada momento.
Pero sobre todo, aquel final que contemplaron, como Cris-cris ascendió dejando aquella crin radiante hasta llegar su estela hasta las mismas estrellas...aquella visión lo compensó todo.
A los pocos minutos, el Sedal se hundió, y solo sobrevivió aquel tripulante.
Minardo -aquel que les advirtió de lo que después les sucedería-, lo rescató de entre los restos del Sedal.
La persona que nos relató los hechos, conoció a Minardo y fue el que le refirió el motivo de aquel viaje, y como encontrar el origen de aquellos naufragados.
Aquel único superviviente, todo aquel tiempo que estuvo en compañía de Minardo, se dedicó a lo que mejor sabía hacer, tejer y tintar piezas de seda, ya que resultó ser uno de los secuestrados.
Pronto fueron aprendiendo de el, y aquel puerto se convirtió en referencia para el comercio de la seda.
Amir, que era el nombre del esclavo secuestrado, de ascendencia sasánida, pasó de vivir como esclavo a dirigir a aquellos que teniendo fama de mente ligera, resultaron tener gran capacidad para tratar las sedas.
El, en el fondo estaba agradecido de que Giuseppe y sus hombres, lo hubieran liberado de las garras del chamán que durante tanto tiempo los explotó. Sus ascendientes también fueron esclavos, desde hacía varias generaciones, y ahora era libre y rico; así que decidió compensar a los familiares de los que acabaron con tantos años de miserias padecidas.
El extranjero aparecido, era portador de una gran cantidad de dinero, y un magnífico barco, en el que transportaría hacia el que ahora llamaban "Muelle de los Iluminados", -ya no solo por su carácter, sino también por la calidad y acabado de sus sedas-, para continuar allí su oficio y retomar un provechoso destino.
De Cris-cris nunca más se supo por aquellas latitudes, aunque si que de cuando en cuando, había personas que la mentaron en distintos mares.

Después de otro silencio, Dimondi concluyó de esta manera su relato:
Todos estos hechos los escuche del extranjero, y a la vez que oía el suspiro que exhaló mi madre al final, supe cual sería mi destino en adelante, hacerme encontrar por Cris-cris y volar con ella hasta las estrellas.






















domingo, 28 de septiembre de 2014

SIDDI AL BATI y NAVAJITA

Cuando dibujé a el siguiente personaje, una vez terminado pensé: ¡Anda, si se parece a Bati!
Bati es el apodo de un amigo, que tiene una manera de escribir, que puede parecer caótica y desordenada, y puede que así sea... o no. No sé.
Podéis comprobarlo si lo buscáis en Facebook, por el nombre de "Siddi al Bati".
Le pedí que colaboráramos en el texto de esta entrada, y el resultado fue el siguiente:



Si la aparición de Gastón en el barco supuso un pasmo para todos, ¡que decir de la de Siddi al Bati!
En el Maribeltz te acostumbrabas a que sucedieran cosa extrañas, pero aquella arribada fue uno de los  sucedidos más desconcertantes.
Así acaeció su llegada:
Nos hallábamos varios barcos celebrando el secuestro de la que sería a partir de entonces nuestra cirujana. Habíamos oído hablar muchas veces de las buenas artes que se le atribuían, y conseguimos hacernos con ella por las duras; se llamaba "Navajita"








Nos encontrábamos cerca de la costa de un mar norteño bien frío, y allí nos apiñábamos todos dispuestos a celebrarlo. Además de aquella india, conseguimos hacernos también con un gran tonel de ron oscuro y disponíamos dar cuenta de el para combatir el frío y celebrar el acontecimiento de tener a Navajita a bordo. 
Alrededor de la barrica nos reuníamos agolpados, tras el carpintero que se afanaba en terminar de quitar entera la tapa para que cada uno con su cazo el  pudiera servirse a granel el apreciado caldo.
Terminado el destape, Trumoia se disponía a inaugurar el bebercio en el centro del corro, y tras de el esperábamos impacientes batiendo los cazos contra las hebillas de nuestros cinturones, produciendo un alegre repiqueteo.
Así estaba la cosa cuando algo cayó dentro del tonel ocasionandonos una buena remojada, a la par de una enorme sorpresa; el zurriburri que se formó fue más que considerable.
Fue Navajita, nuestra nueva tripulante, la única que no se inmutó lo más mínimo. Se limitó a sacar la lengua, como si de una serpiente se tratase, para relamerse los morros con precisa rapidez y habilidad.
Y con todos los ojos puestos en la boca de la barrica, emergió tras las burbujas, Siddi al Bati.
Ahí empezó su discurso incomprensible, que como vimos desde el principio, era prácticamente continuo. Pronto comprobaríamos que ni siquiera dormido dejaba de atenderse su abstruso parloteo.
Como estatuas de piedra nos quedamos todos, cuando vimos emerger la cabeza.
Esta fue su primera retahíla:

"Caído y emergido en tal suntuoso potingue, proclamo mi arribo suficientemente oficiado por los mortales frescos que me acontecen, dando puerta abierta a mi estadía en esta cascarona de apropiada nomenclatura, e indico mi disposición sincera a damasquinar el podrido barandal del puente, a objeto de documentar mi forzado exilio a corriente y barlovento de la infamia, para proclamar falaz mi inserción en la filibustería. Pronto el pabellón de Siddi al Bati helará de nuevo la sangre en las venas de la Gente de Orden. Hágome cargo pues de la posesión de la bella Maribeltz. Así que: ¡alcen sus escudillas y beban hasta que hierban sus gaznates!"


Cuando terminó, nos miramos todos alelados. Permanecimos callados prestando oídos, pero nadie entendió nada. Pero estábamos a lo que estábamos, ansiosos de darle al jarro, así que después de concluido el chachareo dejaron de sonar los jarros, y bebimos. Sin dejar siquiera que el tal Bati saliera de la barrica, bebimos y bebimos aquel excelente ron que nos izo recordar otras latitudes mucho más cálidas.
Según le íbamos dando al jarro nos acostumbrábamos a la presencia del inquilino que se alojaba en la barrica, que por cierto no se le veía ni incómodo, ni deseoso de abandonar el lugar. 

Parecía que el palique del intruso estaba finiquitado, pero el tal silencio no iba a durar mucho tiempo; la mudez y Siddi era como aceite en agua, y ahora ya bien remojado en ron, estalló de nuevo para donarnos su segunda ristra de incomprensiones.
Esto fue lo que farfulló su lengua, ahora más entrapada:

"Pobres gentuzas que no sois capaces de diferenciar el hablar del pensar, porque ignoráis como oír los pensamientos...aunque tampoco las palabras".
-Ahí estaba el, chulo como la muerte, erguido como la desgracia, y recordando quién era, quién fue, mientras el silencio volvía con sus ecos-
"Hoy, aquí, soy Siddi al Bati, termita de Allah, profeta del sorbete de alma indistinta, cíclope entre medusas, Dios de las cucarachas...qué hostias miráis so gilipollas???
...capitáaaan, con la venia organizas una fiesta para hoy, con la chusma plana, el viento no llega, juaaaaajajajaja, pudiendo ser de Venus...vine a caer de Plutón...denso y frío de Mercurio, travestido en rojo, desinfectado, muerto o vivo y aún ocupado...es que no podré nunca descansar de miiii???... hoy invito yo!!! ron y chicas en Quelonia...
¡La muerte es tan poco chistosa...y la vida tan de fuera!..."

Después de interpretar ésta segunda arenga a su manera y sintiéndose ofendido, Neco se dispuso a degollar al intruso, para así continuar con la celebración sin más interrupciones, pero ya con el cuchillo refulgiendo y ante la indiferencia de todos...el enjuto cuerpo de Miracielos se interpuso entre los dos. 
-Espera- le dijo a Neco y mirando al forastero le preguntó: ¿de donde vienes?

- Bati le miró con fijeza y contestó: -de adonde no llegaron el humo de tus hogueras-

El antiguo inquisidor se quedó consternado ante la respuesta. Y después de unos momentos, cuando recobró el habla le contestó:
-Mucho frío traerás entonces, no me extraña que no tengas prisa en salir de nuestro tonel, pero ya es hora de ello-

Como el aparecido ya no estaba para moverse mucho, y no se sentía precisamente a disgusto dentro de la barrica, lo sacaron de allí, y sin ninguna delicadeza lo arrojaron a cubierta.
No estando nada claro que aquel intruso se debiera incorporar, o no, con la aceptación necesaria de la tripulación, éstos empezaron a mirarse entre ellos como si debatieran la cuestión en silencio.
Aquel aparente desprecio a ellos tenía fácil solución; el agua recibía por igual a cualquiera, y si flotara lo suficiente para llegar con vida a la costa o no, no era cuestión importante para ellos, ¡y menos para Neco!, al que se le había metido entre ceja y ceja probar el filo de su cuchillo en el gaznate de aquel desconocido. Navajita zanjó el asunto ayudándolo a incorporarse y advirtiendo con su primera voz desde que pisó la cubierta con estas palabras:
"Se te ve deseoso de dar uso a tu cuchillo blanquinegro" -dijo a Neco mientras se hacía paso con firmeza hacia el-, hazlo pues sin esperar consentimiento.
Trumoia no solía inmiscuirse en asuntos menores, si Siddi al Bati tenía la mala baba de presentarse y comportarse de aquella manera, era cosa suya de salir del charco como pudiera. De tal manera, ni se inmutó ante lo que estaba a punto de suceder, y como espectador, esperó intrigado los acontecimientos que vinieran.
Si en un primer momento, Miracielos se interesó en saber del singular personaje, ahora, después de turbarse y sobre todo sorprenderse ante lo escueta y sangrante de su respuesta, se desmarcó también del asunto. De tal manera, entre las intenciones de Neco y su cuchillo -que ya terminaba de salir del abrigo de la badana- , solo se interponía la pequeña cirujana.
Decidió Neco pues, arrojar a aquel  blancucho por la borda, pero antes le daría varias sajadas; no era de su gusto despertar a su puñal "para nada". Y se dirigió hacia Siddi decidido ya, e ignorando las palabras de Navajita.
Cuando ya el cuchillo de Neco, se disponía a mostrar sangres, ocurrió lo impensable: con endiablada rapidez y precisión, Navajita sacó sus dos manos de debajo de la manta en la que se envolvía; en cada una de ellas blandía dos pequeños escalpelos, que en unos segundos hicieron contra en el cuchillo de Neco, y se oyó como éste cayó en varios pedazos troceado a sus pies, ante la incredulidad de todos.
Después ella comentó como sin dar importancia: "mis estiletes curan, mis estiletes matan ".
¡Lo inverosímil era que ambos se mostraban intactos después de haber troceado como manteca el gran cuchillo de Neco!
Y para concluir zanjó el asunto con estas palabras: "hoy vivirá, hoy por lo menos. Muy mala ventura daría, que el primer arreglo mío aquí, acabara en muerto".
Eso convenció a todo el mundo, y volvieron a lo que estaban: una cogorza monumental se fraguaba, y era momento de seguir en ello...

Las horas siguientes Siddi y Navajita prácticamente no se separaron. La india parecía entender todo lo que decía el forastero ante la envidia de Miracielos, que curioso por naturaleza, intentaba descifrar las locuciones de Siddi sin mucho resultado. Deseaba entablar conversación con el y así fue su segundo intento:
Se encontraba Siddi absorto con las hebras de un cabo, las miraba, acariciaba, lamía, e incluso les murmuraba.
Tratando Miracielos de simpatizar con el le preguntó:
- ¡Otra vez en Marte Siddi, y se está bien por lo visto!.
Antes de que le diera a el interrogador firmar la pregunta con una sonrisa, respondió Siddi:

- ¿Y a ti que carajo te importa? Vendería mil martes y hasta un  miércoles si me pidieras la Luna denegada y pretenciosa de un lunes. Y una vez que llegaras al hueso de su sombra, que sorbieras el tuétano de su luz, y la enterraras entre arrugas de rencor, chuleada entre carcajadas sin pasado ni futuro, omnipresente en su constante desesperanza, comida y defecada en mil millares de cuentos de hadas de todas las hijas de los muertos, al final de todos, contados y no olvidados, por la sacerdotisa nocturna; una vez y en ese momento: ¿la amarrarías con este cabo para evitar que su fulgor eterno, brindara a las estaciones sobre los siete pelos de tu cabeza?-
Por segunda vez Miracielos se volvió a quedar estupefacto intentando descifrar el sentido de sus palabras, pero no concluyó nada.







Pasaron los días, y Siddi si bien en sus primeros días en el Maribeltz se mostró singular y arrogante, comenzó a incrustar en sus constantes charloteos, cuñas de silencios que se fueron ampliando y aumentando, en tiempo y en frecuencia.
Hasta entonces, Trumoia no se se había dirigido a el para mucho. Admitió que se quedara a bordo, como los demás, sin pensar el como, para qué y porqué se encontraba allí; Trumoia no era en exceso curioso, pero se preguntaba si la melancolía que parecía ir invadiendo a Siddi, haría de el un sujeto molesto.
Desde que llegó, de aquella misteriosa manera como "caído del cielo", había transcurrido el tiempo sin saber nada de el, ni entender nada de lo que decía. Solo Navajita se comunicaba con el, y parecía comprender sus inexplicables comentarios; hacían una extraña pareja.
Hasta ahora, Trumoia había dejado pasar tal situación al comprobar como Navajita desarrollaba con buena disposición sus tareas como médica cirujana del barco. Poseía una habilidad extraordinaria y era un espectáculo ver como operaba a los enfermos y heridos. Además, Siddi le asistía con eficiencia mientras, eso si, parloteaba sin parar mientras tanto.
Pero ahora quería saber algo más de el; veía necesario su integración en el grupo, o por lo menos su no tan constante hostilidad. Si no fuera de tal manera lo abandonaría en cualquier lugar y pronto iban a pisar tierra.
Lo encontró junto a el ancla, cometiendo otra de sus extravagancias: la abrazaba y besaba, mientras le hablaba de esta manera:

-Lo que está, doncella de hierro, es que atravieso una severa crisis -en sentido griego-; una aburrida tormenta que arrasará mi identidad irreversiblemente. "Colaborar con lo inevitable" llegó a mascullar, sólo que "lo inevitable" es de natural tacaño y agrio, y seguir ésta máxima crearía un erial sobre un infierno, cubierto de acidez de ceniza sucia-...
¡Que poco queda en mi de Siddi al Bati, el hijo escupido del ron y la cogorza! Aquel que del vicio licuado y su olor culpable ruidoso, supo parir la sorpresa en "el otro", dando sentido al conjunto de datos pulverizados en saliva analfabeta para digestión de vosotros, seres a medio camino entre bebé y cadáver, pero igualmente consciente que ambos...terminó sentenciando.

Trumoia lo miró oblicuo a través de sus rendijas de serpiente vieja; de lado.
No soportaba las arrogancias, y menos los desprecios, pero no estaba seguro de que aquel hombre estuviera en sus cabales, y era cobarde y traía muy mal fario, castigar a los enfermos.
Pero la decisión ya estaba tomada, lo dejarían en tierra si no cambiaba radicalmente en los días que quedaban hasta llegar a ella; pero a Navajita no, ella se quedaría a las duras, si era necesario, con ellos; y así se lo comunicó:
-Siddi al Bati, te quedarás con nosotros si quieres hacerlo, pero aún que pases el resto de tu estancia en la Maribeltz bajo la lluvia de tus chácharas, como vuelvas a vomitar desprecios de sujetaré una novia del mismo hierro que ahora abrazas y visitarás con ella el fondo marino. No quiero que causes más discordias, así que escoge: o desembarcas, o mantendré lo dicho, si es que antes no te rebana el cuello alguien.
Siddi se quedó meditando una pizca antes de contestarle.
-Lo sabía, todo ha conducía inexorablemente a terminaría como ellos, hablando mucho, diciendo nada, malgastando su única riqueza, malvendiendo o tirando precisamente la única fortuna que poseía. Si, realmente era una posesión, pues la propiedad -si es que realmente alguien era dueño de aquello- excedía cualquier comprensión. No se puede comprender aquello que no te cabe, y jamás se puede amar lo que comprendes -el pensamiento le asaltó formulado-, por eso las derivadas jamás se enamoran de las ecuaciones, y nunca sintió probable, en realidad ni siquiera posible en términos prácticos, que un solo elemento como él supiera mantenerse "él" entre la apabullante grisura de una idiotez sin matices, que se alimentaba de...¿nada?-
Pero sucedía que no se hacía la idea de transitar por ese mundo lo que le quedara, sin estar en compañía de Navajita. Se imaginaba, -y Trumoia se lo confirmó- que Navajita se había hecho imprescindible en la Maribeltz; y con mucha razón no le permitirían abandonar la nave por ningún motivo. Además había descubierto que allí también residían otros entes no tan visibles, que aunque tampoco entendían sus peroratas, se le hacían apetitosas de trabar relación con ellas, como, por ejemplo, aquella doncella de hierro que ellos llamaban "ancla".
También estaba la Náyade en la proa, con la que mantenía vivas discusiones, los mil ratones y ratas tan alegres y chistosos, las velas que se sonrojaban con las últimas luces del día, y chismorreaban de todo y todos a conciencia, las olas que creaba el casco al navegar, que al ser molestadas, juraban de una manera tan divertida, que se pasaba horas y horas desternillándose (tanto que a veces se le desencajaba la mandíbula) de sus quejas y provocando así otros mayores juramentos que solo el podía entender...y cada vez más cosas, si. Estaba empezando a apreciar aquellos contrapesos a su mala disposición para con los humanos, y puede que consiguiera soportarlos lo suficiente, como para mantenerse junto a su indiecita, que tanto le quería, y que además le estaba enseñando a utilizar aquel cuerpo en el que se encontraba. 
Si, se le haría muy difícil mantenerse allí, pero contestó decidido:
-Se deshará lo que se pueda, lo que se pueda-..y siguió conversando con la doncella.


  


    





  




   


    

  




  
    



       

viernes, 18 de abril de 2014

LABIX

 LABIX

Angelas, genias, duendas, diablas...se les denominaba de varias formas, aunque entre ellas se llamaran de otra manera.
No se hablaba mucho de ellas. Siempre eran mujeres y se las temía.
No obstante podían también resultar muy beneficiosas.
Eran las salvajes Melanirias
Cuando surgía alguna de ellas en una conversación, estaba muy mal visto y castigado, mofarse o convertir a cualquiera de ellas en habladuría; más de una vez algún ligero de lengua, terminó raudo su chisme con una cicatriz firmada. Por contra, cuando era persona con crédito, el silencio atrapaba a los concurrentes para dar paso a sus palabras, y como no a tamborileos de manos, castañeos de dientes y otras pruebas que demostraban el temor que se les tenía.
Pero caídos en sus brazos, se las amaba como nunca podría amarse a nada.




Yago estaba feliz. Era ya mediodía y todos seguían dormidos. Ella también descansaba ahora.
Cando la vio llegar a lomos de su gran serpiente, fue el único que no se asustó. Al fin y al cabo, (ya lo dijo Neco) -Yago es un Djinn, afortunadamente bueno-
El intuyó con antelación que se acercaba algo alarmante, para eso era un Djinn, pero no estaba preocupado.
Estaba feliz porque ahora podría realizar sin trabas su eterna tarea: cambiar las cosas de sitio. Ellos, -los piratas-, no eran capaces de entenderlo, ¡Las cosas tenían que estar siempre en su lugar!, y que los sitios cambiaran de ubicación continuamente daba buena suerte les advertía, pero no le creían.
Después, cuando despertaran, volvería a explicárselo y esperaba que de una vez por todas lo comprendiesen.
Pero mientras iba a aprovechar que nadie le podía impedir que lo reordenara todo a conciencia. Y así mientras Labix retozaba con toda la tripulación dormida uno a uno, el comenzó a mover las cosas al emplazamiento que realmente les correspondía para ese día.
De cuando en cuando se cruzaba con ella y se sonreían, cada uno estaba centrado en su tarea y no se molestaban. Bueno, en realidad ella tuvo que apartarse varias veces con prontitud, al interponerse ella en el camino de Yago y sus muebles, aparejos, herramientas, bártulos y todo tipo de cachivaches. Por supuesto el no iba a esperar a que le dejara libre el camino, mientras ella se entretenía con el pirata de turno, ¡tenía que apartarse y rápido, el estaba trabajando y ella se divertía!, -pensaba el-.
Yago no sabía que lo que ella estaba haciendo era bien diferente.
Otra gran afición del Djiin era la comida, y con todo el mundo dormido, concluida su tarea se encamino al paraíso ¡la cocina! Pero antes se asomó por la borda, para admirar la gran serpiente sobre la que arribó aquella bellísima mujer. Cuando despertase le convencería para montarla los dos y dar un largo paseo. Pero eso sería después.
Pero dejemos a Yago para más adelante, y os contaré la peripecia completa en la que se vio envuelta la Maribeltz y los ahora durmientes, que hasta hace bien poco se sorprendían ante la aparición y posterior arribo, de aquella mujer de indecible belleza que desde muy lejos vieron navegar hacia ellos serpenteando y cabalgando las largas olas, interpuestas entre el horizonte del que surgió, y el brillante casco del Maribeltz.
Lekim, la serpiente de platas y agua, les persiguió sin descanso durante tres singladuras, con Labix cabalgándola enhiesta con sus piernas bien sujetas a su cuello, sin aflojar ni por un momento. La Maribeltz con todo el trapo al viento, surcaba rauda la mar con viento fuerte entrando por popa; todo le era favorable en su huida: viento, oleaje le acompañaban y la inmejorable disposición nave, comandada por un Trumoia experto y con toda la marinería entregada, hacía que el espectáculo resultara eléctrico. La Maribeltz pareciera una potra salvaje a galope tendido por un interminable campo de espigas que por su cabalgada arrojara semillas de resplandecientes gotas de agua, volaba cortándola con su proa como un alfanje bien afilado, las olas parecían azuzarla compitiendo con ella, como diciéndole ¡huye, huye, no te des tregua, huye!
Pero aquella maldita serpiente no cejaba ni por un instante su empeño, cada vez más grande, cada vez más cerca ondulaba experta entre las olas. Por la noche la luz de la Luna al rebotar en sus escamas, hacía cabrillear el agua indicando que ni se perdía, ni se rendía.
Al segundo mediodía la serpiente se puso al alcance de la pequeña pero mortal culebrina de popa, pero ante cada uno de los dos disparos que consiguió hacer, Lekim se sumergió veloz con Labix bien sujeta evitando la escupida; la serpiente ganó a la culebra.
Cuando se disponían ya a enfrentarse con todas sus armas a la amenaza exhaustos pero resueltos, esperando la segunda emergida...la serpiente y su amazona no aparecieron.

Les hablaron de Labix, les advirtieron de su peligro, sabían que era uno de esos temidos seres, pero a pesar de saber de la desaparición de varios barcos por aquellas fechas en las aguas que iban a surcar, no hicieron caso. Tenían algo muy decisivo que hacer después de el episodio en la isla de Marama. Muchas bolsas de perlas les esperaban y la avaricia se impuso y se arriesgaron. Ahora esperaban por turnos intentando no dormirse ante la aparición de Labix.
Pero el sopor los fue conquistando uno a uno, y los venció a todos.

Yago despertó a media mañana. Pidió ayuda a aquella mujer para arriar las velas, a lo que ella accedió. Entre los dos desaferraron las velas y cada uno se dispuso a sus tareas: uno a reubicar las cosas en sus nuevos lugares, y la otra a introducirse en los sueños de los dormidos.
De eso se trataba, Labix necesitaba de los sueños de los marinos.
En ella era como si habitaran dos entes unidos por los sueños, que se alternaban una y otra vez. El prodigioso y el humano.
Deseosa de experimentar el latir su pasado humano, Labix se introducía en el sueño de los dormidos, y así con las soñadas de ellos se hacía mujer carnal en sus sentimientos cerebrales; catarlos era como una droga para ella. Además en los sueños se recopilaban muchos de los temores ocultos, deseos insatisfechos, vivencias notorias, recuerdos, metas y logros, aciertos y errores, virtudes, pecados...eran la esencia de las personas vista de una manera fantástica y sin límite, sin ataduras ni freno; era su faceta espiritual y a ella le apasionaba vivirlos conectada a sus mentes.
A los invadidos, una vez superado el primer pavor que percibían en su inconsciencia, se dejaban explorar sin armadura, se iban relajando cada vez más profundo y lo mostraban todo.
Ya dentro, Labix separaba la paja del grano, y si bien se deleitaba con lo onírico de sus reposos, también apartaba pesadillas sin sentido y temores infundados siendo el resultado de ello bien provechoso. Todo tipo de locuras, trastornos, miedos ocultos... desaparecían
Lo malo era que no siempre despertaban.
Para hacerse hueco en su razón dormida, Labix se tenía que acercar y reposaba sobre ellos aspirando sus sueños, -era lo único que le interesaba de ellos-
Cuando llegó a Trumoia, al tenderse sobre el escuchó algo como un burbujeo, pero no le echó cuenta y se dispuso a contemplar sus pensamientos.
El ojo albino de Trumoia con el contacto aumentó su burbujeo. Aquella mujer (o lo que fuera), contenía dentro de ella conocimientos desconocidos, y no iba a dejar escapar su contenido.
Labix comenzó a notar sensaciones nuevas estando ya sobre el pirata. Intrigada lo observó un rato mientras se preguntaba: ¿que era lo que tenía de especial aquel hombre, para que dilatara en su habitual quehacer?
Estaba comenzando a sentirse diferente a siempre.
Se sentía especialmente contenta sobre el tuerto aquel y algo le iba invadiendo, apoderándose de ella una sensación desconocida.
Poco a poco empezó a jadear, entendiendo cada vez menos lo que le pasaba.
Labix sintió un deseo irrefrenable, que no había experimentado nunca, hacia aquel hombre.
Sin entender porqué, lo desnudó.
Ante la inadvertencia de ella, el ojo brumoso de Trumoia cada vez estaba más luminoso y caldeado.
Ella lo acarició, mesó sus cabellos, aspiró su respiración, lo besó, hurgó con su lengua en el interior de su boca acariciando a la suya, lo lamió, lo abrazó encendiéndose en el y notando que les envolvía a ambos una tibieza desconocida.
Sudaba por primera vez, y sentía como en su entrepierna algo le bullía y le dominaba.
Sin saber porqué lo hacía, liberó sus pechos y subió su falda.
Descendió otra vez hacia el, y sintió como "aquello", la penetraba produciéndola gozo.
Lo sujetó por las muñecas y entabló un ritmo sobre el cada vez más frenético mientras se humedecía cada vez más, y más, y más...
El ojo blanco bullía ahora, mientras Trumoia a su vez se encabritaba y la sacudía de abajo hacia arriba.
Con el traqueteo botaban sobre la madera sonando un cada vez más trepidante: tumbp, tumbp, tumbp......
A cada instante aumentaba el ritmo y la potencia de las sacudidas.
Para Trumoia era un sueño, para Labix una realidad -desconocida hasta entonces- delirante.
Le sudaban hasta las uñas, brillante y chorreando placer encima del pirata, sin tener noción de lo que veían sus ojos perdidos
Algo se fue haciendo cada vez mayor dentro de ella y advertía que reventaría de un momento a otro, era como si subiera al cielo a la carrera.
 ...y al llegar a la cima, estallaron los dos entre gritos y jadeos el, y con un alarido de ella larguísimo y penetrante, que inquietó tanto a su serpiente que izo que asomara su cabeza con agilidad por la borda dispuesta a defender a su ama, produciendo un inquietante balanceo.
Al ver su gran cabeza a su lado, justo pudo hacer un gesto mudo para calmarla, si bien se quedó ella observando erguida su cabeza en la cubierta un rato, escudriñando posibles peligros.

Yago, que dormía plácidamente después de haber rebuscado en la despensa, para con calma ir masticándolo todo, por el chillido final despertó y acudió a ellos. Al ver al la gran serpiente allí, una sonrisa inmensa se plantó en su cara. Se acercó a la escamada y se miró en ambos ojos; le hizo gracia la disposición lateral de ellos. Después manoseó su morro sin dejar de sonreír mientras resbalaban sus manos por las escamas. Con los dedos levantó una de ellas y al soltarla sonó un ¡clack! al volver a su posición original produciéndole sorpresa; mientras Lekim sacaba la lengua y le alenguaba con delicadeza, acción que produjo una alegría desbordante en el, minimizando sus párpados ya de por si rasgados. Le gustó aquel juego con las escamas y repitió la manera con muchas más de ellas, a cada vez seguía un ¡clack! nuevo, y a la serpiente parecía que le satisficiera, ya que continuaba cariñosa con sus lametones; se entendieron bien desde el comienzo.
Ahora la mujer aparecida también dormía, todo el mundo lo hacía menos el y la serpiente. Pensó Yago, en montar sobre ella para dar un buen paseo, estaba seguro que la serpiente se lo permitiría. Lo estuvo tramando, pero ¡podría ser que no le gustara a la Melaniria hacer esto sin su consentimiento! Como adivinado su pensamiento, Lekim se deslizó hacia el agua.
Pensó en como pasar el tiempo de otra manera mientras se despertara alguien, y después de hacerlo un escaso minuto decidió que haría: cambiaría de lugar más muebles.
Después de emplearse en la tarea, se fue a dormir. Eso igualmente le gustaba mucho y estaba fatigado.
Al despertar todo seguía casi igual, únicamente Labix estaba levantada, aún aturdida por algo que ella no recordaba bien. No entendía lo que había sucedido, siempre que abordaba un barco y en cuanto se empapaba de los sueños y pensamientos de los tripulantes, sin más lo abandonaba. Pero en aquella ocasión se había quedado como ellos ¡dormida!, además algo le pasaba ya que se encontraba algo débil y perdida. Soñó que retozaba gozando con aquel marino, mientras una gran esfera blanca giraba a su alrededor jaleando sus movimientos con el. Ese mismo proceder más habitual entre hombres y mujeres los conocía y nunca había podido entenderlo, ni siquiera en sus narcosis propias de todas las Melanirias.

Ya antes de divisar al Maribeltz, Labix sentía la presencia de un ser especial a bordo. Eso le incitó incluso más de lo habitual a emprender aquella persecución. Perseguía las presas, con objeto de atrapar los espejismos deslumbrantes de los sueños de los navegantes, pero también estaba intrigada de saber quién otro diferente navegaba con ellos. Cuando por fin los abordó, dejó para el final entablar con el Djinn conocimiento. Ahora era el momento aunque se encontrase extrañamente tan cansada.
El la esperaba junto a la serpiente -que asomaba por la borda-, con su perenne sonrisa y su pícara mirada, que alternaba entre ella y Lekim. Mientras, la acariciaba con su mano, y levantaba sus escamas para producir los sonidos que tanto placer le daban tanto a el como a la serpiente; Labix también sonrió. Se comunicaron con claridad entre ellos sin palabras. Yago quería no solo dar un paseo sobre su serpiente, sino que además había decidido irse con ella.
Desde que se hizo a la mar, siempre fue bien tratado y apreciado, pero sentía que su tiempo allí se acababa. Los recordaría con mucho afecto pero estaba decidido, y ¡quién sabía si volverían a encontrarse ! Por otra parte su instinto le indicó que acompañara a la Melaniria.
Labix se fatigaba dando signos de una cada vez mayor debilidad.
Algo había en aquel navío que la instaba a que se alejara de allí, y tanto el Djinn como Lekim lo advirtieron.
Labix desfalleció y cayó al suelo, ¡tenían que largarse de allí y bien rápido!
Yago la encajó en un hueco natural que tenía la serpiente en su lomo, y ya en el agua recostada sobre la cabeza, y sujeta por la larga lengua bífida se alejaron unos metros del casco y esperaron. Yago tomó una soga para sujetarse ambos a la gran serpiente por la boca y después de echar un vistazo, corrió a coger su esponja de la suerte, -aquella que cuando aprendió a sumergirse sin tragar agua, encontró bajo las cristalinas aguas de una cala-
La serpiente estaba impaciente, se cansaba de sujetar a Labix con la lengua y le entraba agua por las comisuras de la boca. El Dijnn saltó al agua y antes de incorporarse al lomo, y después de pasar la soga por la boca, sujetó bien a Labix por la espalda y manos.
Se encontraban a corta distancia de la proa, y mientras terminaba de anudar la soga, Yago sintió una mirada en la nuca.
Se volvió y supo la razón de el mal de Labix...
Naydet, protectora del Maribeltz había hecho su trabajo, alejar a la Melaniria de allí, aunque lo suyo le costó conseguirlo. Pero faltaba algo y se lo recordó al Djinn: la tripulación entera seguía dormida y no era seguro que despertaran.
Yago, condujo algo más lejos a la serpiente del casco por la soga, y después la colocó orientada a la proa, y mirando fijamente a uno de sus ojos le dijo: -espera-
Pensó como hacerle entender sus intención de volver para irse con ellos, y se le ocurrió dejar su "esponja de la suerte" entre dos de sus escamas de su morro, confiando que entendiera que era su objeto preferido y que lo perdería si se iban sin el; puede que fuera ser demasiado entender para una serpiente, pero no se le ocurría otra cosa, así que después de hacerlo nadó hacia el barco.

Varias embarcaciones desaparecieron por el hacer de Labix por esa zona. No era intención de ella que sucedieran estas cosas, pero así eran ellas las Melanirias. No buscaban causar calamidad, pero muchas veces lo perpetraban sin ser conscientes de ello.

Yago tenía que despertar a la tripulación que continuaba toda ella inmersa en sus sueños, con serias dudas que los abandonasen. Las alucinaciones causadas por la invasión de Labix en ellos, las gozaban tan vividas en sus adentros como lo demostraban sus rostros, que denotaban una total relajación y gozo.
Ya en cubierta y sin dejar de vigilar la espera de Lekim, pensó como despertarlos sin causarles sobresaltos y a su vez no pusieran pegas a su decisión de marchar en busca de otros rumbos diferentes a los suyos.
Y siendo pícaro por naturaleza sonrió al iluminársele la manera. Extrajo la pluma que portaba en su sombrero, y con ella, uno a uno les fue cosquilleando los pies, narices, orejas...
Mientras, Labix ya fuera del barco se iba reponiendo poco a poco y la serpiente esperaba algo más calmada.
Se entretuvo un poco si, pero veía que le esperaban, así que mientras los piratas comenzaban a abandonar su sopor, el se reía divertido con su juego.
Esa sería la imagen de el que mantendrían: una última broma, su perenne sonrisa y verle alejándose a lomos de la serpiente en compañía de Labix agitando hacia ellos su mano.
¿Que fuera asombroso que los despertara con una simple pluma? Bueno, al fin y al cabo, el era un Djinn.

Al abandonar el barco, la serpiente intuyó que algo había cambiado en Labix. Su fino instinto le indicó que ella iba a necesitar un lugar tranquilo para reposar y por primera vez la desobedeció. Sabía de un lugar donde estaría tranquila y segura, y tomó aquella derrota sin obedecer la órdenes de su ama. No entendía el porqué, pero intuía cambios importantes para con ella, y que necesitaría de su total protección por un tiempo. Labix que era todo coraje y brío se haría indefensa, aunque también tendría la ayuda de el Djinn.
Ahora sin saberlo, le esperaba la preñez y el parto de la que sería hija suya, Stella. Por un tiempo se convertiría en una humana transitoria, aunque gestaría más rápido de lo habitual y a su vez Stella en sus primeros años se desarrollaría mucho más rápido de lo que dicta la naturaleza humana. Sería hija mestiza entre Hombre y Melaniria, pero no la única ni mucho menos. Así mismo Stella y Yago no se separarían nunca.
Pero no es momento de contarlo ahora.